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Blogs / Cultura
Del tirador a la ciudad
Coordinado por Anatxu Zabalbeascoa
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Hay otras ciudades, pero están en esta

El libro ‘La señorita Haas’ retrata la pluralidad de los barrios de París a partir de fragmentos de las vidas de una veintena de mujeres anónimas

Retrato de la matemática y escritora Michèle Audin.
Retrato de la matemática y escritora Michèle Audin.Periférica
Anatxu Zabalbeascoa

Como un mosaico, que solo funciona uniendo teselas, el libro de la matemática argelina Michèle Audin La señorita Haas (Periférica) es un ejercicio de geometría que reconstruye distintos barrios de París a partir de fragmentos en las vidas de señoritas Haas. Todas se llaman Haas, pero sus vidas, como las calles de una ciudad, son muchas veces opuestas.

Audin saltó a la fama hace unos años cuando en Una vida breve (Periférica) narró la detención, tortura y muerte de su padre, del Partido Comunista argelino, a manos del ejercito francés. El libro sirvió para que el actual presidente de la República pidiera perdón por el crimen. También La Señorita Haas tiene espíritu de rescate. Se recuperan aquí momentos vitales, investigados y buscados en archivos, periódicos, películas y hasta poemas, que son invisibles y, por lo tanto, ajenos a los libros de una historia que menosprecia los detalles. Conozcan a algunas de las 19 señoritas Haas.

Imagen de París.
Imagen de París.Wikipedia

La tarde del 6 de febrero de 1934 Catherine Haas se metió en el metro para ir al médico. Sabía que perdería su empleo si tenía un crío, ya que no estaba casada. Sabía también que los hombres legislan pero “siempre son las mujeres las que lo asumen”. No hacía falta decirlo. Pero es un buen comienzo. El azar va a jugar a su favor.

Poco después, el 10 de diciembre de ese mismo año, es Leopoldine Haas la que se sienta en un café del 63 del boulevard Saint-Michel. Se llama Leopoldine porque su madre leyó el poema de Victor Hugo Mañana, al alba, cuando el campo blanquee. Le gustó mucho y decidió ponerle a su propia hija el nombre de la hija muerta del poeta. Leopoldine sabe quién es su verdadero padre. La belleza de este relato es que la escritora guía y corrige al narrador. Y ese artificio, lejos de alejar, acerca. Nos lleva a la barra del café.

El 11 de marzo de 1938, ¿otra? Leopoldine Haas entra en una peluquería. “En la familia de la señora Augustin no recuerdan a nadie que no haya vivido en Belleville y no sea portera desde al menos tres generaciones. Ella misma heredó el puesto de su madre”. Antes de la guerra, la señora Augustin trabajaba en la fábrica de bombillas Osram. “Cogía una con la mano izquierda y con la derecha le aplicaba un tampón impregnado en ácido para escribir la marca”. A veces la bombilla explotaba. Como Augustin llevaba gafas, sus ojos nunca se dañaron. Pero sí su rostro: cubierto de innumerables cicatrices. “¿Qué esperamos para ser felices? Preguntan en este barrio de París”.

El 17 de julio de 1937 es Aline Haas la que camina por Les Halles. Como llueve y ha refrescado se toma una sopa de cebolla. “Eso es París: sopa de cebolla en Les Halles”. También es París la sala oval de la Biblioteca Nacional (la de entonces, estamos en 1937) y la tercera calle perpendicular al Sena, pasada la rue Danton, donde Picasso pintó el bombardeo de Guernica. Aline es periodista. Va a diario a la biblioteca a leer e investigar. Cuando sufre acoso y persecución, se ve forzada a abandonar sus horas de estudio en la Biblioteca Nacional. Se cambia de casa. Recorre la ciudad. Hay un fotógrafo de su mismo periódico obsesionado con ella o con su desamor. El tipo le compra caramelos a la madre de Aline para intentar sonsacarle dónde se ha mudado. Y ella atraviesa la ciudad. La ciudad cambia con los seudónimos que la propia Aline utiliza para encontrar cierta paz. “La gran ciudad o la selva tropical. ¿Cuál de las dos es metáfora de la otra?”. ¿Dónde puede uno esconderse o ser anónimo sin perder el alma?

Portada del libro de Michèle Audin 'La señorita Haas' (Editorial Periférica).
Portada del libro de Michèle Audin 'La señorita Haas' (Editorial Periférica).Periférica

Finalmente, en 1969, Francine Haas fotografía el París en el que vivió su madre. Tiene 17 años. Y consigue llevar el barro y el olor de los caballos a sus fotos. Averigua que los niños que salían de misa le tiraban piedras a su madre en 1937. Sabe que su madre había sido criada de su propia hermana. En eso consistió hacerse cargo de ella. Investiga cómo de allí pasó a coser en un taller de Belleville donde el ambiente era más bien comunista: “Íbamos más a los mítines que a la sinagoga”. “En el taller pringabas duro, pero conocías gente”. Aprendió que Georgette Renal diseñó, nada más terminar la guerra, los primeros uniformes de las azafatas de Air France. En 1937 consiguió la nacionalidad. Por eso le puso Francine a su hija, la que la buscó en 1969: “Porque Francine era un nombre auténticamente francés”.

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