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Celibidache, el director de orquesta que odiaba los micrófonos, se reencarna en John Malkovich

La estrella de cine da vida al obsesivo y exigente maestro rumano en ‘The Yellow Tie’, dirigida por el hijo del músico que lideró a la Filarmónica de Berlín tras la caída del Tercer Reich

John Malkovich, en el papel de Sergiu Celibidache en la película 'The Yellow Tie'.

En la letra pequeña de la escasísima discografía de Sergiu Celibidache podemos leer, a modo de advertencia, que el registro se realizó en contra de los deseos expresos del director. La fama del músico rumano comenzó en 1945, cuando con 33 años sustituyó a Wilhelm Furtwängler al frente de la Filarmónica de Berlín, pero su leyenda descansa sobre su férrea e inquebrantable negativa a dejarse grabar. Para Celibidache escuchar una sinfonía de Bruckner en cualquier soporte comercial equivalía, y así lo dejó dicho, “a hacer el amor con una fotografía de Marilyn Monroe”. Y a fin de evitar el simulacro de las grabaciones piratas, que en su caso alcanzaron proporciones de culto, antes de cada concierto mandaba revisar los floreros, los pliegues de las cortinas y hasta los bajos de las butacas.

El primer biopic sobre Celibidache, que se proyecta este viernes en Madrid y el domingo en Oviedo, comienza precisamente con la anécdota real de una mujer del público a la que le descubren un micrófono escondido bajo un peinado imposible a lo Marge Simpson. “Mi padre tenía muy buenas razones para defender la verdad del directo, todo eso que sucede entre las notas, ese instante irrepetible que no se puede registrar de ningún modo”, cuenta el director de la película y único hijo del maestro, Sergiu Ioan Celibidache (París, 57 años), más conocido como Miki. “Pero al mismo tiempo no puedo estar sino agradecido a quienes desobedecieron sus órdenes, pues gran parte de su legado procede de esas grabaciones clandestinas que él tanto detestaba”.

Con 10 años Miki empezó a anotar en una libreta las aventuras que su padre le contaba. En 1997, un año después de la muerte del director, recuperó algunas cintas caseras en Súper 8 para el documental Le jardin de Celibidache, filmado en la casa familiar de La Neuville-sur-Essonne, en Francia, donde su padre impartió clases de fenomenología musical. “Poco después contacté con varias productoras de Hollywood interesadas en la vida de mi padre, pero enseguida me di cuenta de que un biopic al uso habría traicionado su memoria. Así que el proyecto permaneció en un cajón mucho tiempo hasta que, con la ayuda de mi mujer, conseguimos financiación en Rumania, donde finalmente rodamos lo que siempre quise que fuera: una odisea universal sobre el dolor”.

The Yellow Tie revela la cara B de un hombre tan “profundamente frágil” como reacio a hablar de sus sentimientos. “Mucha gente veía a mi padre como un mito indestructible, una figura fuerte, inaccesible, incluso temible, pero al escribir el guion me di cuenta de que detrás del mito había un hombre vulnerable, marcado por el exilio y la pérdida”. La corbata amarilla a la que hace referencia el título funciona como el rosebud de una vida marcada por un obsesivo concepto de la exigencia. “Mi abuelo se la regaló cuando era adolescente pensando que llegaría a ser el primer ministro de Rumania, pero mi padre tenía otros planes”. En 1933, con 21 años, abandonó su Roman natal para trabajar como pianista en un bar de Bucarest antes de dar el salto a Berlín como alumno de Heinz Tiessen.

Celibidache ingresó en la Hochschule für Musik con la idea de convertirse en compositor. “El delirio nazi y el horror de la guerra le hicieron cambiar de opinión”, relata Miki. “Le resultaba obsceno escribir música cuando la gente se moría de hambre”. Celibidache tomó de forma interina las riendas de la Filarmónica de Berlín con la ciudad devastada y sin apenas recursos. “Tocaban en medio de las ruinas, pero con gente haciendo cola en la calle. Los músicos lo adoraban porque sentían que les estaba devolviendo la dignidad”. O como dice el propio Celibidache en la película: “Cuando no hay nada la música lo es todo”. Por eso nunca superó que, en 1954, la orquesta lo reemplazara por un director que representaba exactamente lo contrario de lo que él había defendido.

Aquel hombre respondía al nombre de Herbert. “Mi padre no lo odiaba, pero consideraba que Karajan buscaba el sonido perfecto mientras él aspiraba a la música verdadera”. Llegaron a rodar una escena con el káiser que luego eliminaron. “No quería problemas con los derechos de imagen, ni demandas, ni mucho menos que su aparición distrajera al espectador”. Durante dos años, Celibidache se exilió en Buenos Aires, Montevideo y Caracas. “Fue una época muy dura, pero también enriquecedora, pues le permitió perfeccionar la técnica de la dirección y recuperar la fe en la experiencia humana de la música”. De regreso a Europa, solo aceptó cargos en orquestas de radiodifusión sin compromisos discográficos, incluido un breve periodo en la RTVE de Madrid.

En la película el actor Ben Schnetzer se ocupa de los años de juventud de Celi hasta el conocido como el concierto-milagro de la Basílica de San Marcos de Venecia, en 1956, mientras que John Malkovich se cala una peluca plateada para interpretar al ya veterano, irascible, encantador y siempre polémico director en su última etapa como titular de la Filarmónica de Múnich y profesor zen en su casa-molino a orillas del Essonne. “Tanto Schnetzer como Malkovich recibieron tres meses de clases de Konrad von Abel, uno de los antiguos alumnos de mi padre”, explica. “Cuando llegamos al rodaje les pedí que se olvidaran de todo lo aprendido y que se imaginaran pedaleando sobre una bicicleta. Quiero un hombre lleno de energía, les dije, un director que respire con la orquesta”.

Toda la música que suena en la película, desde la Séptima de Bruckner a El pájaro de fuego de Stravinski (durante la audición con los Berliner), pasando por la obertura de Egmont de Beethoven y una partitura inédita del propio Celibidache, fue grabada expresamente por la Filarmónica Enescu y la Nacional de Rumania. “En cada decisión que he tomado escuchaba la voz de mi padre: ‘¡Ya te dije que esto era una estupidez!’. A lo que yo le respondía: ‘Confía en mí, ya verás”, confiesa Miki, que ha recibido decenas de propuestas para conmemorar el 30º aniversario de la muerte de su padre con material rescatado de los archivos. “Podría hacerse, pero solo si se cumplen ciertos criterios. Y sin olvidar que el disco resultante nunca sería un retrato fiel, tan solo una huella efímera”.

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