El viaje posible
La vicelehendakari primera del País Vasco propone estudiar la factibilidad del traslado del ‘Guernica’ y pone como ejemplo el del Tapiz de Bayeux

Durante años se dijo que mover el Tapiz de Bayeux, un inmenso bordado del siglo XI, era imposible. Demasiado frágil, demasiado valioso, demasiado arriesgado. Informes técnicos, advertencias, límites para esta obra maestra del arte medieval. Y, sin embargo, se moverá y saldrá de Francia. Porque a veces lo que se presenta como imposible no es una cuestión técnica, sino una decisión política.
Casi mil años después de que Guillermo el Conquistador cruzara el Canal de la Mancha para cambiar el futuro de Europa, el tapiz que narra aquella historia emprenderá el camino inverso.
En sus casi 70 metros de hilos bordados aparecen reyes, soldados, barcos, animales y un cometa que cruza el cielo. Es el único gran relato visual de un acontecimiento que dividió la historia de Europa en dos. Guillermo no solo cambió el trono inglés: transformó la lengua, la arquitectura, el derecho y la cultura de Inglaterra de forma irreversible.
El traslado no es un gesto menor. El pasado 8 de julio de 2025, el presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro británico, Keir Starmer, anunciaron un acuerdo que permitirá que el tapiz sea expuesto en el British Museum entre septiembre de 2026 y el verano de 2027.
No es únicamente un préstamo museístico. Es ante todo un gesto de naturaleza política, diplomática y simbólica. Un gesto que expresa voluntad de entendimiento entre dos Estados que, aun habiendo atravesado desacuerdos relevantes en los últimos años, han optado por situar la cultura como un espacio de encuentro, de reconocimiento mutuo y de proyección compartida hacia el futuro.
En este contexto, el presidente francés subrayó que “durante mucho tiempo hemos hecho todo lo posible por explicar por qué era imposible, con informes de expertos y argumentos técnicos… y después hemos decidido que era posible”, evidenciando el papel determinante de la voluntad política en decisiones de esta naturaleza.

Ambos líderes coincidieron además en que permitir que el tapiz recorra el mismo camino que en 1066, en sentido inverso, constituye “una manera de escribir una nueva página de nuestra historia común”, mientras que Starmer lo definió como “un símbolo de nuestra historia compartida y de la relación duradera entre nuestros países”.
La decisión no ha estado exenta de polémica, también hay que decirlo. Más de 78.000 firmas en contra, advertencias sobre su fragilidad, debates técnicos complejos. Pero la decisión se ha tomado. Sin ignorar riesgos, asumiendo que estos pueden gestionarse. Porque las democracias maduras no son aquellas que evitan los conflictos, sino las que son capaces de gestionarlos y de tomar decisiones audaces que permiten superarlos y abrir nuevos marcos de relación y convivencia.
Y es aquí donde el espejo se vuelve incómodo.
La carga simbólica del Guernica no es menor que la del tapiz. Es memoria, es denuncia. Es, probablemente, una de las obras más universales del siglo XX. Y, sin embargo, hay quienes desean limitar el debate antes siquiera de explorar todas sus posibilidades.
Conviene decirlo con claridad: nadie —y desde luego no las instituciones vascas— plantearía su traslado en condiciones que pusieran en riesgo la obra. Su seguridad es la condición de partida. Siempre.
Lo que hemos planteado no es un traslado inmediato, impulsivo, sino la voluntad de estudiar su factibilidad, mediante un marco de cooperación interinstitucional, con participación de los mejores especialistas y con todas las garantías técnicas y económicas.
Cerrar la puerta sin explorar ese escenario no es una decisión técnica. Es una decisión política.
Además, el propio argumento del Museio Reina Sofía apunta en esa dirección: el Guernica es “la pieza capital” y “el corazón del museo”. Es decir, no solo se trata de conservación, sino de identidad. Y cuando el debate es identitario, deja de ser exclusivamente técnico.
No estamos pidiendo que se diga que sí sin más. Reclamamos que se abra la puerta a estudiarlo en un momento clave de la historia de Euskadi: el 90 aniversario del Gobierno Vasco y del bombardeo de Gernika.

El ejemplo del tapiz de Bayeux demuestra que la protección y el movimiento no son términos incompatibles. Es cierto que lo técnico establece límites, pero lo político decide si se exploran o no las condiciones para superarlos.
Francia y el Reino Unido no han dejado de lado la prudencia. Han decidido acompañarla con determinación. Esto mismo es lo que esperamos del Gobierno español, determinación y voluntad política para estudiar conjuntamente las condiciones técnicas que permitirían el traslado con todas las garantías para esta obra universal.
Podríamos quedarnos únicamente en si las obras son más o menos frágiles o si los contextos más o menos complejos. Pero la cuestión va de modelos de entender la política. Entre quienes utilizan la cultura como un espacio de encuentro y quienes la convierten en un territorio inmóvil.
El tapiz viajará. Lo hará protegido, estudiado y con todas las garantías. Y en ese trayecto no solo cruzará una frontera física, sino que abrirá una nueva página en la relación entre dos países. Esa es la lección que nos dejan Francia y Reino Unido.
Porque proteger no es inmovilizar. Y cuidar el patrimonio no debería significar renunciar a compartirlo. La pregunta, en el fondo, no es si el Guernica puede viajar. La pregunta es si existe la voluntad y la determinación política para hacerlo posible, o si, por el contrario, el Gobierno español volverá a escudarse en excusas técnicas, que en ningún caso zanjarán el debate y que trasladarán un mensaje muy poco edificante a la sociedad vasca.
Espero, honestamente, que estemos a la altura.
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