Ir al contenido
_
_
_
_
50 ANIVERSARIO
Opinión

EL PAÍS y nosotros, los de entonces

‘La Época’ sufrió sucesivas crisis financieras, aun así vivió once años, la mayor parte de ellos agónicos, y se dio el lujo de ser el primer periódico chileno en Internet

Jóvenes leen el periódico EL PAÍS, en Madrid, el 8 de marzo del 2021.Julian Rojas

Los de entonces, más imberbes que aficionados, los que despertábamos al periodismo sin haber amanecido todavía en el mundo, oímos de la creación de EL PAÍS como de un suceso que ocurría no solo muy lejos, sino en una dimensión distinta, en una parte del universo donde ni siquiera se conocerían las penurias de la prensa chilena.

No cabía ser hispanófilo, porque en “la España lejana” imperaba Franco, el Caudillo al que tributaba la Junta Militar chilena, aunque en realidad el único nacional-católico era el almirante José Toribio Merino, no los tres restantes. Merino y Pinochet habían ido al funeral de Franco y confiaban en que el Caudillo hubiese dejado todo atado y bien atado, lo que sería otra expresión de su genio inagotable. Pero nosotros, los imberbes, no pensábamos en España, que, sumida como estaba en el oscuro reino del señor Saurón, era menos ejemplar que en los días de Fernando VII y Pepe Botella.

Y entonces apareció EL PAÍS. Un sacudón. Un diario en blanco y negro, sobrio, bien escrito, bien ilustrado. Un diario que nos ofrecía a nosotros, directamente a nosotros, todos los valores juntos. La defensa de la democracia -in absentia en España-, la lucha por la libertad, la promoción de la paz, la calidad profesional, el rigor analítico y el espíritu cosmopolita. ¿Qué más se podía pedir? EL PAÍS anunciaba que la geografía de España estaba cambiando: la primera frontera era el mundo, no el Jarama. Y si cambiaba España, cambiaba todo. Nadie nunca nos pudo decir por qué, pero después supimos que significaba que España entraba a Occidente, podía discutir si se sumaba a la OTAN y tal vez dejaba atrás la manía de la antigualla imperial para asomarse a la modernidad liberal.

En esos años, cuando no había prensa libre, ni perspectiva de que la hubiese, era insensato estudiar periodismo en Chile. A pesar de eso, cada año en todo el país se inscribían unos 60 aspirantes, que debían superar unos puntajes demencialmente exigentes en las pruebas de ingreso. Y, pasado ese punto, ya no se hablaba mucho de la realidad, porque las universidades estaban regidas por militares y las paredes tenían orejas. Sí se hablaba del periodismo. EL PAÍS engrosó el volumen de esa conversación.

En cierto modo, redefinió la noción de un periodismo de calidad. Ahora se trataba del buen decir, como siempre, pero también de ciertas exigencias que antes asociábamos con el periodismo anglosajón: la exactitud, la precisión, los datos, todo por encima de lo que nos gustase. El periodismo se desprendía del deseo, fuera los prejuicios, adiós a la “falsa conciencia”. Abrazaba la forma más ruda de la verdad, la evidencia. Y se guardaba para algunas páginas, las editoriales, la forma en que eso le venía a su estómago. Era una fórmula que no podía ser derrotada por ninguna dictadura, ni roja ni blanca.

La prueba crucial, por supuesto, vino después, cinco años después. Llegué a Madrid el 24 de febrero de 1981, cuando ya había concluido el asalto a las Cortes y todo lo que vibraba entre mis amigos era ese titular definitivo: “EL PAÍS, con la Constitución”. Pasamos días, quizá semanas, especulando cómo se habría decidido ese titular, esas cinco palabras, con esa coma tan precisa, que no describía los hechos y apelaba, en cambio, a la carta aprobada en 1978, que obviamente dejaría de importar en lo más mínimo si la asonada militar tenía éxito. Un golpe de Estado contra un golpe de idioma. Y con una huella apenas perceptible de miedo, hay que decirlo, porque sólo el miedo sostiene a un titular sin verbo, sin acción, sin suceso. Nosotros titulamos así la derrota de Pinochet en las urnas: “Amplio triunfo del No”. Sin verbo, sin acción, sin tiempo. Como en 1981, nadie sabía qué pasaría después.

Desde la aparición de EL PAÍS, debieron pasar diez años para que un tribunal permitiera fundar el primer diario disidente en Chile. La Época nació como una abierta imitación de EL PAÍS, con algunos injertos de Libération, The Guardian y Frankfurter Allgemeine Zeitung, pero con un público más veleidoso, quizás menos exigente, al que tal vez le importaba un pepino que hubiese diarios como esos en Europa. La Época sufrió sucesivas crisis financieras, aún así vivió once años, la mayor parte de ellos agónicos, y se dio el lujo de ser el primer periódico chileno en internet. Pero, para decirlo con algún rencor, nunca tuvo las condiciones materiales y ambientales para ser EL PAÍS de Sudamérica.

Los de entonces tampoco imaginábamos, allá y acá, que volveríamos a presenciar una oleada de profetas y predicadores, que se vestirían otra vez con la palabra “pueblo”, que estarían en guerra con todos, que se aferrarían al poder como lo enseñó el más leninista de los sudamericanos, el general Perón, y que harían la nueva apología del nacionalismo, el milenarismo, la orgullosa soledad ancestral. Creíamos que los de entonces seríamos los últimos en contemplar esa marcha anacrónica, premoderna, gastada. No pensábamos que regresarían, cabalgando sobre la ola digital y la ineducación.

Quizás el objetivo para los siguientes 50 años de EL PAÍS ya está aquí. Toca dar la lucha de nuevo, bendita sea.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_