José María Guelbenzu, el hombre de letras
Su objetivo como crítico era ampliar el círculo de la conversación literaria, no cerrarlo en metamensajes y juegos caducos


En el principio están la lectura y la literatura, y en el final de José María Guelbenzu (Madrid, 1944-2025), también. Sobre su pasión por los libros y las historias que contienen, por las narraciones bien construidas, las tramas y los personajes, el editor, crítico y novelista labró su vida. La discreción, su amable sonrisa y ademán tímido le alejaban del perfil de gran provocador que alimenta el mito de los críticos y les vuelve a ellos también personajes. Pero su juicio bien argumentado, ameno, narrativo en el mejor sentido, serio y accesible logró subir el nivel, sin aspavientos, y fomentar el gusto por la narrativa extranjera.
Guelbenzu sabía perfectamente explicar por qué un libro merecía ser leído, y contagiar su entusiasmo en caso de que lo mereciera, por escrito o en vivo, pero siempre sin alzar la voz. Su credo parecía ser que al lector se le debe un respeto (y al escritor también), porque más allá de las modas está la potencia de contar una buena historia de la mejor manera posible en unas cuantas páginas, y ese afán merece ser reconocido.
Su objetivo como crítico era ampliar el círculo de la conversación literaria, no cerrarlo en metamensajes y juegos novedosamente caducos, para superar así el lastre de aquellos años del fin de la dictadura, y apostar a fondo para que esas nuevas lecturas mejorarán un país que salió de la censura y la pobreza intelectual. Le gustaba la crítica constructiva, no el ataque vanidoso, ni los fuegos artificiales. La experimentación propia de los sesenta y setenta la reservó para sus libros, que también fueron moviéndose hacia paisajes varios, desde la novela negra hasta la saga familiar. Publicó más de 30 novelas desde 1968 hasta esta primavera. Para Guelbenzu, la literatura era algo serio, y su entrega se encaminó a compartir ese entusiasmo por los grandes libros, entender la magia de ese impulso creativo que lleva a la escritura.
Nació un 14 de abril, apenas cinco años después de que terminara la Guerra Civil y ha muerto un 18 de julio. Su carrera empezó en Cuadernos para el diálogo. Su trabajo como crítico para EL PAÍS desde la fundación de este diario, vino precedido de su labor como editor, al frente de Taurus, primero, y de Alfaguara después. Allí trabajó con Ignacio Cardenal y sucedió al legendario Jaime Salinas, con quien ya había coincidido en Alianza y que le dejaba perplejo, rascándose la cabeza, contaba, cuando pronunciaba un nombre en un inglés que él no lograba descifrar (se trataba de Evelyn Waugh, como recordaba entre carcajadas al compartir la anécdota). Javier Pradera fue uno de sus grandes amigos de su etapa de editor y más allá; gracias a él llegó en Cantabria a Gandarilla y a La Helguera, la casa de campo donde, junto a su esposa, la editora Ana Rosa Semprún, y sus hijos, Nicolás y Alicia, encontró el refugio perfecto para la lectura y la escritura.
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