La temporada taurina de 2023 está cuajada de interrogantes y no menos preocupaciones

La fiesta de los toros, reconvertida hoy en la de los toreros, está necesitada de emoción, elemento imprescindible para que se mantenga con vida

Roca Rey, el pasado 13 de julio en los Sanfermines de Pamplona.
Roca Rey, el pasado 13 de julio en los Sanfermines de Pamplona.Rodrigo Jiménez. Efe

¿Qué nos deparará la temporada taurina de este 2023?

¿Qué sorpresa nos tendrán guardadas los avezados empresarios a los que se les supone con los cerebros como ollas a presión en la búsqueda de carteles que movilicen a las masas?

¿Habrá alguna figura veterana que decida poner fin a su exitosa carrera, convencida de que su tarro de esencias está vacío y que ya está bien de estirar el chicle de la generosa paciencia de la afición?

¿Habrá, acaso, otras que se líen la manta a la cabeza y se avengan a protagonizar una gesta de esas que se califican como ‘histórica’ para remover el espíritu de quienes añoran un ramalazo de emoción?

¿Algún otro torero ya retirado y preso de algún extraño vahído soñará con volver a los ruedos a pesar de que nadie haya reclamado su presencia?

¿Volverá el público a las plazas o continuará la sangría que el año pasado encendió todas las alarmas a pesar de la venda que impidió que muchos (periodistas, sobre todo) constataran la evidencia de los tendidos vacíos con carteles de postín en las paredes?

¿Permitirá el sistema abrir las puertas de la oportunidad a esa hornada de toreros nuevos a los que se les niega sistemáticamente la posibilidad de optar a la gloria si no logran un fuerte aldabonazo en Las Ventas, donde la suerte es un factor más determinante que las aptitudes de cada cual?

¿Volverá el público a las plazas o continuará la sangría que el año pasado encendió todas las alarmas?

¿Saldrá por los chiqueros algún toro con documentación nueva, de esos que solo muestran su identidad en las calles de los festejos populares, porque por su origen están vetados por los taurinos y, en consecuencia, desaparecido a los ojos de la afición?

¿Aparecerá en algún cartel más allá de las fronteras de Madrid el nombre de Fernando Robleño, el autor de la faena del año en la plaza de Las Ventas, el pasado 18 de septiembre, a un toro de José Escolar?

¿Será posible, quizá, que los distintos sectores taurinos comprendan de una vez por todas que solo unidos se podrá salvar la fiesta?

¿Surgirá alguna vez un taurino que rompa con la mafia imperante y se atreva a liderar una revolución?

Quizá, no sean necesarias más preguntas.

No hay que devanarse los sesos sobre lo que sucederá este año en las plazas de toros: habrá más de lo mismo.

Aspecto de un tendido de la plaza de Bilbao el pasado 22 de agosto.
Aspecto de un tendido de la plaza de Bilbao el pasado 22 de agosto.Fernando Domingo-Aldama

Las llamadas figuras impondrán sus exigencias, coparán las ferias las ganaderías comerciales, los empresarios/apoderados seguirán intercambiando los cromos con las caras de sus toreros (ya dijo hace algún tiempo en este mismo blog Alberto García que solo con las comisiones de un torero puede ganar dinero un empresario como él); seguirá mandando Matilla (¡qué personaje…! siempre en la sombra, agazapado detrás de un descolorido burladero, pero con los hilos del negocio asidos a su muy poderosa influencia); muchos toreros se sentirán vetados y obligados a triunfar en sueños ante la imposibilidad de intentarlo delante de un toro…

¿Y los espectadores?

¿Habrá algún motivo razonable para llenar las plazas más allá de algunas tardes en Sevilla, Madrid y Pamplona?

En otras palabras, ¿qué toreros del escalafón actual interesan de verdad al público? (Nótese que se habla de ‘público’ y no de afición, cada vez más exigua e irrelevante).

La temporada pasada quedó claro que es Roca Rey el único torero que garantiza el lleno —y no siempre—, por lo que se podría colegir que, después de él ‘nadie’, lo que plantea un gravísimo problema a la fiesta de los toros a pesar de que el sector al completo prefiera ignorar esta circunstancia, nada baladí por otra parte.

¿Qué toreros del escalafón actual de matadores interesan de verdad a los espectadores?

La tauromaquia del siglo XXI no la puede sostener el torero peruano en solitario.

¿Qué hacen los taurinos para hacer frente a esta situación? Si alguien sabe algo, que lo diga, porque la impresión reinante es que se conforman con exprimir hasta la extenuación el huevo de la gallina hasta que se rompa y toda la escenografía salte por los aires.

Es peligrosísimo que se siga haciendo lo mismo de siempre cuando a la vista está que la fiesta de los toros se desangra temporada tras temporada, y no solo por el desamparo de los políticos, sino porque la sociedad española se aleja cada vez más de este espectáculo a pesar de lo que propaguen algunos voceros que se niegan a ver la realidad.

La fiesta de los toros, reconvertida hoy en la de los toreros (no hay más que echar un vistazo al cartel anunciador de la feria de Castellón, en el que solo destacan los nombres de los que se visten de luces, como si no existiese el gran protagonista del espectáculo), está necesitada de emoción, porque esa es la sangre imprescindible para que se mantenga con vida; y la emoción, a la vista está, con las excepciones de una exigua baraja de toreros, reside en el toro. Pero no en el toro tonto, aborregado y de semblante cansino y acochinado, sino en el de verdad, ese que se hace el amo de la pista por su deslumbrante aspecto y mirada retadora, su fortaleza y bravura, no exenta de encastada nobleza. Ese es el toro que puede contribuir a que la fiesta despierte de su letargo.

¿Qué pasará en la temporada de 2023? “Lo siento, pero tengo averiada la bola de cristal”, decía hace unos días un tertuliano radiofónico cuando le preguntaron por el año político.

No se sabe porque el toro es un misterio, pero se atisba en el horizonte que las perspectivas son las mismas de temporadas anteriores.

Como muestra, un botón: los carteles de la Feria de San Isidro se presentarán el 1 de febrero, es decir antes de las ferias de Castellón, Valencia y Sevilla.

Los empresarios de Madrid, los padrinos del toreo (junto a Matilla, no se olvide), han decidido acabar de un plumazo con una de las tradiciones básicas de esta profesión, cuál es la competencia y la recompensa al esfuerzo y el triunfo, y prefieren elaborar una feria de diseño con un solo objetivo aparente: cobrar los abonos en febrero para una feria que comenzará en mayo.

¿Qué nos deparará la temporada taurina de este 2023?

Virgencita, Virgencita…, que me quede como estoy.

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