CINE
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Gracias por todo, señor Newman

El actor permanecerá siempre en la memoria colectiva de sus espectadores, pero antes de largarse de este mundo decidió contar su propia vida a su íntimo amigo. Y de ahí salió un libro

El actor Paul Newman.Vídeo: HBO

Cuentan que al pedirle a Cary Grant su opinión sobre el actor de inmarchitable estrella Cary Grant, este respondió: “A mí también me gustaría ser como Cary Grant”. Su respuesta me parece genial. Y han existido astros a su altura legendaria, como un tal Paul Newman, alguien dotado de tal belleza, magnetismo y talento que cuando aparecía delante de la cámara enamoraba a infinitas mujeres con sentido del gusto y provocaba la envidia y la admiración en sus siempre entregados espectadores.

Su presencia en las películas, independientemente de la calidad del producto, garantizaba que la taquilla iba a estar muy contenta y explotaría ante determinados títulos. Newman permanecerá siempre en la memoria colectiva de sus espectadores, pero mucho antes de largarse de este mundo decidió contar su propia vida a su íntimo amigo, el guionista Stewart Stern, y que aparecieran los testimonios (a condición de que dijeran la verdad, por cruda que fuera esta) de su familia y de la gente con la que trabajó. El título de este libro es La extraordinaria vida de un hombre corriente. Intentan explicar lo de “corriente”, pero dudo de la exactitud del término.

Si él era corriente, ¿qué nos queda al resto de los hombres? Fue un ser extraordinario, complejo, con matices. Sospecho que también una persona legal. Él explica los motivos de iniciar aquellas memorias en 1986: “Este libro surgió de la batalla por intentar explicar todo a mis hijos. Quiero dejar algún tipo de registro que aclare las cosas, que rompa con la mitología que se ha generado a mi alrededor, que destruya algunas de las leyendas y que aleje a las pirañas. Algo que documente el tiempo que estuve en este planeta con alguna suerte de precisión”. Y lo consigue. No es una apología del héroe. Hay episodios desoladores, como la relación con su hijo, que a los 12 años esnifaba pegamento y la palma a los 28 con una sobredosis de heroína. Y es fascinante su larga historia de amor, con baches muy peligrosos y el alcoholismo de Newman a punto de destruirla, con esa mujer tan inteligente como memorable actriz llamada Joanne Woodward. Las dudas de Newman le hicieron quemar las casetes de todas las entrevistas en 1998. Pero en un armario de la casa familiar quedaron 5.000 folios con las transcripciones. Dos décadas después, volvieron a la luz.

La serie de HBO Las últimas estrellas de Hollywood utilizó antes el material que contiene el libro. No tiene desperdicio. La conduce desde el confinamiento de la pandemia el actor Ethan Hawke. Dispone de un exhaustivo festival de imágenes familiares de Newman y Woodward, las películas que rodaron juntos y por separado, las entrevistas que concedieron, el retrato que hacen de ellos personas que les trataron afectivamente y en el terreno profesional. George Clooney y Laura Linney prestan sus voces a la legendaria pareja. Y te resulta natural el fulgor que desprendían las auténticas estrellas (no sé si actualmente quedan algunas como ellos, a no ser que les hayan sustituido los protagonistas de la triunfante factoría Marvel), el efecto hipnótico que causaban en el público, la continua exhibición de verdadero talento.

Joanne Woodward y Paul Newman, en un retrato de promoción.
Joanne Woodward y Paul Newman, en un retrato de promoción.Cordon

Woodward siempre fue buena y en ocasiones conmovedora, como en Rachel, Rachel en la que fue dirigida por Newman. Y a él siempre me gusta mirarle y escucharle. El gran público siempre le recordará o volverá a disfrutar con él por dos modélicas películas que mezclan admirablemente la acción, la aventura y la comedia como son Dos hombres y un destino y El golpe, pero yo siempre le pondré un altar a dos sombrías obras maestras que protagonizó. Interpretando a dos perdedores dotados de talento, aunque a los que falló el carácter, a dos borrachos que conocerán el infierno, pero que recuperarán el respeto a sí mismos a costa de excesivo sufrimiento. Las separan varias decenas de años.

Una es El buscavidas; la otra, Veredicto final. Aquel arrogante y superdotado jugador de billar y el crepuscular y alcoholizado abogado al que nadie le ofrece trabajo son dos creaciones deslumbrantes de Newman. No le concedieron el Oscar por ninguna de ellas. Sí por la innecesaria y a ratos irritante continuación de El buscavidas que se atrevió a rodar Scorsese en El color del dinero.

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