Murcia recupera la pintura de Ramón Gaya que acompañó al ‘Guernica’ en 1937 y que él quiso destruir

El museo dedicado al artista albergará en una muestra el lienzo que él mismo recortó con una tijera y que lleva 85 años sin exhibirse

Los tres cuadros expuestos en el museo Ramón Gaya que participaron en la exposición de París en 1937, el pasado 20 de septiembre en Murcia.
Los tres cuadros expuestos en el museo Ramón Gaya que participaron en la exposición de París en 1937, el pasado 20 de septiembre en Murcia.ALFONSO DURAN

El pintor Ramón Gaya pintó en 1937 tres cuadros para el Pabellón de la República en la Exposición Universal de París. Junto al ya icónico Guernica de Pablo Picasso se expusieron Bombardeo de Almería, un retrato sin título de su íntimo amigo el poeta Juan Gil-Albert y Niños de Málaga, del que solo se conserva un fragmento, ya que el pintor lo destruyó parcialmente. El museo dedicado al artista en la ciudad de Murcia ha sacado ahora a la luz este último por primera vez en 85 años, y ha recuperado un catálogo histórico con datos y una fotografía del lienzo completo.

A los tres cuadros se les perdió la pista durante años, pero el primer director del Museo Ramón Gaya, el galerista Manuel Fernández-Delgado, gran amigo personal del pintor, los localizó entre los fondos no expuestos del Museu Nacional D’Art de Catalunya (MNAC) e hizo las gestiones para recuperarlos. El día que llegaron al museo murciano, Gaya y su mujer, Isabel Verdejo, viajaron desde Valencia, donde residían, para verlos. Fernández-Delgado recuerda con nitidez cómo fue el momento: “Ramón vio los cuadros, dos estaban perfectos, pero el tercero no le gustó nada. Estaba retocado, quizás mal restaurado, había muchas pinceladas que se veía que no eran suyas. Cogió una tijera y empezó a cortarlo”, cuenta a EL PAÍS. Verdejo narra por teléfono una versión casi idéntica de ese momento: “Recuerdo el efecto que le hizo a Ramón ver ese cuadro pintarrajeado. Le pareció que era una mamarrachada, de ninguna manera quería tenerlo en el museo”, asegura.

Fue Fernández-Delgado el que intervino para salvar, al menos en parte, la obra, de tonos marrones y ocres, que representaba a dos niños pequeños abrazados. “Le dije que se fijara en la cabeza [de uno de los niños], que no estaba retocada, que era muy bella, que al menos se quedara con esa [parte]. Y él separó ese trozo y como su idea era tirar el cuadro, lo cogió y me lo regaló. Yo lo enmarqué, lo colgué en mi casa, y hasta hoy”, resume.

Fue la viuda del pintor la que contó la existencia del cuadro al actual director del museo, Rafael Fuster, cuando supo que preparaba una exposición sobre la obra de Gaya durante la Guerra Civil, e inmediatamente se convirtió en la pieza central, ya que el fragmento salvado no había vuelto a ser expuesto desde su paso por el Pabellón de París. No había ninguna información sobre el original, ni siquiera su título, pero una vez más, Verdejo ha sido clave para poder avanzar en su historia, ya que entre los centenares de libros, documentos y recuerdos que atesora del pintor, localizó un catálogo del año 1986 editado por el Ayuntamiento de Barcelona y dedicado a la Expo de París en el que aparece una fotografía del cuadro todavía sin romper, junto con sus medidas originales (100 por 73 centímetros), su técnica (óleo sobre tela) y su título: Niños de Málaga.

A pesar de que no son demasiados datos y de que la imagen, en blanco y negro y de pequeñas dimensiones, no es de muy buena calidad, Fuster considera que el catálogo ha sido “un hilo por el que empezar a tirar de la madeja” y un aliento para seguir adelante con la laboriosa tarea de catalogación de la obra de Gaya que está llevando a cabo el museo. “El trabajo de buscar cuadros inéditos, no catalogados o que no han sido expuestos, como este, nos está obligando a reescribir la historia, a cambiar la concepción y la idea que teníamos de algunas obras. Hacer un descubrimiento siempre abre la puerta a una nueva investigación, a buscar diferentes perspectivas de lo que para Gaya fue la guerra”, sostiene.

El pintor siempre rehuyó hablar de esos años, de los que “se alejó absolutamente, en el arte y en la vida”, asegura el escritor Andrés Trapiello, quien lo conoció profundamente y entabló una gran amistad con él. “Ramón muy raramente hablaba de la Guerra Civil, no quería saber nada de ese asunto. Fue para él un paréntesis traumático, una cosa dolorosa, personal (…). No se sentía muy orgulloso de lo que había pintado en esos años, era un hombre muy exigente y no le convencían muchas de sus obras de esa época, así que no les daba más importancia. Le quedaba todavía por hacer lo mejor de su obra”, cuenta por teléfono.

No se sorprende de que cortara este cuadro. Tampoco Verdejo ni Fernández-Delgado, que lo vieron deshacerse de obras que no le gustaban en diversas ocasiones. El exdirector del museo lo ilustra con una anécdota: “Me regalaba muchas cosas que pintaba, era una persona generosísima. Una noche que vino a cenar a mi casa me pidió que le enseñara todo lo que tenía suyo y allí mismo rompió seis dibujos y me dijo: ‘No te preocupes, que ya te haré otros”. Se los hizo, como a tantos amigos.

Fuster calcula que puede haber entre 4.000 y 6.000 obras pictóricas suyas, de las que el museo tiene en torno a 500, y otras tantas están en manos de Verdejo, que hace cesiones y donaciones constantes a ese centro artístico. El resto están repartidas por otros museos, como el Reina Sofía o el IVAM de Valencia, y en colecciones particulares (muchas en México, donde pasó el exilio), por lo que la labor de catalogación del museo es inmensa. Lejos de agobiarse pensando en ello, Fuster se muestra entusiasta, convencido de que “queda mucho Gaya por descubrir”.

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