Muere el dibujante francés Jean-Jacques Sempé, padre de ‘El pequeño Nicolás’

El artista francés captó con un trazo sencillo y solo en apariencia liviano la poesía de la infancia y de su tiempo

El dibujante francés Jean-Jacques Sempé, en su casa en París en 2015.
El dibujante francés Jean-Jacques Sempé, en su casa en París en 2015.STEPHANE DE SAKUTIN (AFP)

Jean-Jacques Sempé, el dibujante que con un trazo sencillo y preciso imaginó los rasgos de personajes eternos como El pequeño Nicolás, y que, con aparente liviandad, captó la poesía de la infancia y de la vida cotidiana en ciudades como París y Nueva York, murió este jueves a los 89 años, según informó su esposa, Martine Gossieaux Sempé, a la agencia France Presse. Su biógrafo, Marc Lecarpentier, precisó que se encontraba en su residencia de vacaciones, sin precisar el lugar, y que estaba “rodeado de su mujer y sus amigos más cercanos”. Una mirada superficial podría dar de Sempé la imagen de un ilustrador de revistas frívolas o elitistas, alguien ajeno a los tormentos de su época que nunca dejó de retratar siempre el mismo tipo de personajes y escenarios. Sería un error. Parecía ligero pero era profundo. Se tomaba poco en serio a sí mismo y muy en serio a los humanos. Bajo la superficie, vibraba el mundo, su mundo. “El hombre es un animal inconsolable y alegre”, rezaba su lema, como recuerda Le Figaro, y estas palabras son un resumen de su obra, más de cuarenta álbumes y centenares de ilustraciones y portadas para publicaciones como Paris Match y The New Yorker.

Sempé representaba un tipo de artista muy francés (algunos de sus dibujos parisienses casi eran demasiado franceses, y de ahí en parte su gran éxito entre el público culto de Nueva York ávido de la Francia más tópica) y, al mismo tiempo, muy poco francés, por su significativa alergia a la profundidad impostada, a la falsa trascendencia, que ha sido marca de la casa de muchos intelectuales y artistas de Francia. “No hay que tomarse demasiado en serio a uno mismo”, afirmaba en una entrevista en 2011. “Si no, es espantoso. Cada día nos enteramos de cosas catastróficas. ¿No ve la gente en la calle? Tienen un aspecto siniestro, agobiado, todo pesa, todo es difícil, y hay que continuar”, comentaba. De pocos de sus contemporáneos, en cualquier campo, se podrá decir que han dejado un personaje inscrito en la memoria colectiva de un país y de millones de lectores como Nicolás (e inspirador, por su nombre, de uno de los últimos ejemplos de la picaresca española), el chaval que, con texto de René Gosciny, le disparó a la fama.

El dibujante Sempé, delante de un dibujo de El pequeño Nicolás, en 2009 en París, con motivo del 50º aniversario del personaje.
El dibujante Sempé, delante de un dibujo de El pequeño Nicolás, en 2009 en París, con motivo del 50º aniversario del personaje. JOEL SAGET (AFP)

“Hay una parte de Nicolás en mí, el lado alborotador”, confesó en la citada entrevista, con el periodista François Busnel, en la cadena de radio France Inter. “Pero yo no era despreocupado como él”, añadía. Había algo agridulce en Sempé, humor y melancolía. Creció en una familia de clase media, plagada de agobios económicos en el Burdeos de los años treinta y cuarenta. Sus padres no se llevaban bien. Ya adulto, descubriría que monsieur Sempé, su padre oficial, no era su padre real. Sempé era lo que, en aquellos tiempos, se llamaba un “hijo natural”. Tras los años oscuros y tristes de la ocupación nazi, el fin de la Segunda Guerra Mundial fue una liberación. Para Francia y Europa, y también para él. Entonces descubrió la música americana y los cigarrillos. Dejó la escuela a los 14 años. Practicó mil oficios, desde chico de los recados para un comerciante de vino a monitor de colonias. Aprendió a observar. Uno de esos trabajos fue el de dibujante, y ese fue el definitivo. Le faltaba encontrar el modo de conquistar París. Se alistó voluntario para hacer el servicio militar a los 17 años, con destino en la capital. Nunca perdería el asombro por la gran ciudad y sus personajes, su magia. “De vez en cuando se ve una chica ligera, así, o un señor que, no sabemos por qué, bastante ligero y feliz, también. Por eso me gusta París”, explicó. “A veces veo un chaval pequeño por la calle que parece estar pensando en otra cosa que lo que le rodea, y me gustaría saber en qué piensa: hay algunos que se nota que están muy lejos, que todo esto no les importa, y que todo va bien, es así, esta ligereza, este insumisión lo que me seduce”.

Y estas palabras, que pronunció en la extensa entrevista con Busnel, parecen una traducción verbal de sus dibujos, y del más célebre de todos ellos, El pequeño Nicolás. Este nació como una ilustración, y con su amigo Gosciny, coautor de Astérix, entre otros, lo convirtió en una serie de libros, publicados entre finales de los años cincuenta y mediados de los sesenta, sobre la infancia de un niño burgués de la posguerra, ya anticuado seguramente para su época, pero que supo contar algo sobre la infancia, la escuela, las familias, que ha atravesado décadas, generaciones y países. No era estridente Sempé, ni ácido, ni se metía en política, y por eso quizás tenía la imagen de un conservador, un playboy algo pijo y bon vivant. Habría sido difícil imaginárselo en una publicación como Charlie Hebdo, o publicando viñetas de actualidad en la prensa política. No era eso, Sempé. Porque este dibujante que también colaboró con el Nobel Patrick Modiano e inventó a otros personajes, como Raoul Taburin o Monsieur Lambert, se situaba en otra tradición: más Françoise Sagan (o Boris Vian, o Jacques Prévert) que Jean-Paul Sartre. Niños, mujeres y hombres en la gran ciudad, excéntricos frágiles y felices. “El jazz, la tierna ironía, la delicadeza de la inteligencia”, le recordó el presidente Emmanuel Macron. Sempé logró algo raro para un artista: lo que inventó se ha hecho real. Hoy no es raro ver a un niño o una niña, o una escena urbana, un momento en la existencia, y decirse: parece un dibujo de Sempé.

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Sobre la firma

Marc Bassets

Es corresponsal de EL PAÍS en París y antes lo fue en Washington. Se incorporó a este diario en 2014 después de haber trabajado para 'La Vanguardia' en Bruselas, Berlín, Nueva York y Washington. Es autor del libro 'Otoño americano' (editorial Elba, 2017).

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