Olivia Newton-John: la cantante todoterreno

La fallecida triunfó tanto en las emisoras de ‘country’ como en las pistas de discoteca y prolongó hasta el final su actividad creativa

Olivia Newton-John, en un concierto en Hong Kong en agosto de 2000.Foto: REUTERS

Olivia Newton-John (1948-2022) tuvo una carrera más que rotunda, en un tiempo en que el modelo dominante entre sus coetáneas era Carole King, Joni Mitchell y otras cantautoras confesionales. Ella, sin embargo, estaba hecha de una pasta especial: se negaba a hundirse y, después de cada desastre, salía a la superficie y lo intentaba de nuevo.

Y algunos de sus pinchazos tuvieron dimensiones épicas. Fue contratada en 1970 por el empresario neoyorquino Don Kirshner para formar parte de Toomorrow, un grupo prefabricado para el consumo teenager. Kirshner tenía experiencia en esos productos —The Monkees, The Archies—, se conocía el paño y quería una banda tan obediente en el estudio como disciplinada en su vida diaria. Pactó filmar tres películas con Harry Saltzman, el productor de la primera tanda de títulos protagonizados por James Bond, pero los dos magnates no se entendieron y solo se hizo la primera, Toomorrow, una cinta tan desdichada que apenas se llegó a exhibir.

Mientras que el resto de sus compañeros se hundía en el anonimato, Olivia puso en práctica su plan b. Mantenía una sólida amistad con John Farrar, un polivalente músico australiano que incluso había grabado en Abbey Road con varios de los legendarios The Shadows. Farrar veía que Olivia tenía chispa en sus directos y flexibilidad estilística; como su productor, buscó material apropiado. Grabaron composiciones accesibles de Bob Dylan y George Harrison, hasta que hallaron el filón de las baladas pop que se colaron en las radios country y, de rebote, en las emisoras generalistas. En Nashville, capital de la industria de la música vaquera, Olivia fue considerada una intrusa pero se llevó todos los premios de la industria, ante la indignación de Loretta Lynn y otras cantantes históricas.

Dolly Parton quiso quitar hierro al conflicto y Olivia intentó hacer las paces grabando el álbum Don’t Stop Believin’ (1976) en Nashville. Una tempestad en un vaso de agua: su trayectoria profesional dio un giro radical al fichar como estrella de la versión cinematográfica de Grease, exitoso musical de Broadway. Como el galán masculino, John Travolta, tenía 10 años más que la supuesta edad de Sandy (y en ambos casos ¡se notaba!). No importó: fue un pelotazo mundial, aparte de un fenómeno cultural que ayudó a rescatar la moda y la música de la década de los cincuenta.

Muy hábilmente, Farrar y Roger Davies (otro australiano listo, que ejercía de manager de Olivia) apostaron por devolverla a su edad real, recurriendo a ropas ajustadas y un repertorio sexy, con Physical como bandera. Hasta entonces, Olivia había estado compitiendo con Helen Reddy o Anne Murray, cantantes modositas que hacían leves guiños al feminismo, pero su energía australiana barrió con la competencia. El vídeo correspondiente destacaba por su humor y su complicidad con la cultura gay. En algunas latitudes se castigaron algunas de sus audacias: fue censurada en la Sudáfrica del apartheid.

En el fondo, parecía latir un intento de lanzarla también como una diva de las pistas de baile. Pero en 1980 ya se notaba una saturación de disco music y el vehículo para llegar a ese mercado fue calamitoso: Xanadu partía de la idea de que la Electric Light Orchestra podía reinventarse como los Bee Gees en Fiebre del sábado noche. Y no. En 1983 hubo otro intento de recrear una probada fórmula de éxito, al juntarla con John Travolta en Tal para cual. Como en Xanadu, funcionó mejor la banda sonora que la película en sí.

Mujer valiente, llevó a los tribunales a su discográfica, MCA, todopoderosa multinacional conectada además con la mafia neoyorquina, para escaparse de una cláusula especialmente onerosa, que exigía que siguiera entregando nuevos discos en fechas fijas, a pesar de sus compromisos cinematográficos. Con el tiempo, la fórmula propuesta por Olivia se aceptaría como estándar en el mundo discográfico.

En 1993, Newton-John anunció que tenía cáncer, una enfermedad que combatió tenazmente pero reaparecería a lo largo de su vida. Dedicó buena parte de su tiempo a obras benéficas, al mismo tiempo que grababa discos conceptuales, incluyendo los dedicados a la Navidad, las canciones infantiles, las autoras femeninas; todo sin desatender al conservador público country. Usó su popularidad para implicarse en causas ecológicas y defender el uso medicinal del cannabis.

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