Peter Weir, un Oscar honorífico que sabe a poco para el director de ‘Master and Commander’ o ‘El show de Truman’

El director de ‘El año que vivimos peligrosamente’, ‘La costa de los mosquitos’, ‘El club de los poetas muertos’ o ‘Gallipoli’ solo ha necesitado una docena de películas para labrar una filmografía rebosante de calidad y eclecticismo

Peter Weir, en el festival de Sitges en octubre de 2018.
Peter Weir, en el festival de Sitges en octubre de 2018.NurPhoto (Getty Images)

Llevó a los espectadores a una de las grandes batallas de la I Guerra Mundial, al puente de mando de la fragata HMS Surprise durante las guerras napoleónicas, a un pueblo estadounidense amish y a un amor prohibido, o a un inmenso plató televisivo en el que un ingenuo vivía sin descubrir el trampantojo. Hizo que el público acompañara a un grupo de presos en su huida en 1941 desde un gulag siberiano a la India atravesando el Himalaya, que se sintiera un alumno más en un estricto internado al que llega un profesor distinto, o que formara parte de una familia que viaja a Sudamérica a construir su propia utopía. De todos esos viajes es responsable el cineasta australiano Peter Weir, que el próximo 19 de noviembre recibirá un Oscar honorífico, tras haber sido candidato seis veces al premio de la academia de Hollywood, y nunca haberlo ganado.

Weir (Sídney, 77 años) solo ha dirigido 12 largometrajes, un mediometraje y un puñado de cortos. Media docena de los largos los hizo en los años ochenta, en el que sería su momento vital más prolífico. Aunque si algo tiene el cine de Weir, que lleva sin dirigir desde 2010, es que nunca ha bajado su calidad. Ni su eclecticismo. Ni su capacidad de enganchar al público: sus filmes han sido tan de autor como taquilleros. Y, con todo, vuelta al inicio: solo ha dirigido 12. “Necesito sentirme consumido por la historia. Que me consuma”, aseguraba en Sitges en 2018. “Debes estar vacío y aburrido para poder crear”, aseguraba. Como muchos otros artistas, su obra bebe de su infancia, un tiempo en su caso feliz y gobernado por su prolífica imaginación: “Fue una niñez pretelevisión, vivía trepando a los árboles o pescando con arpón en el puerto de Sídney. Era el héroe de mis propias imaginaciones, todas alimentadas por libros y películas”. Hasta que con 12 años, en 1956, llegó un televisor a su casa: “Cada sábado por la tarde estaba lleno del sonido de los tiroteos y de los gritos de guerra de los indios. Todo ese tiempo yo no sabía que las películas de vaqueros eran un género, ni tampoco mis otras favoritas, las de terror”.

Después de estudiar Derecho y Arte en la Universidad de Sídney, Weir empezó a quedar con otros universitarios aficionados al cine y con los que conformaría a mediados de los años sesenta Ubu Films, un grupo de creadores cercanos a la experimentación fílmica: allí, junto a Weir, estaban Bruce Beresford (Conduciendo a Miss Daisy), Phillip Noyce (El coleccionista de huesos) o el productor Matt Carroll. En el caso de Weir, además, para ganar dinero y experiencia empezó a trabajar en diversas cadenas de televisión, donde dirigiría cortos, documentales o especiales navideños. Y así le llegó su oportunidad: Los coches que devoraron París, en 1974, una comedia negra de ínfimo presupuesto protagonizada por los habitantes de un pequeño pueblo —el París del título— que se dedican a provocar accidentes de coche y a vivir de lo que lleven sus ocupantes. La película tuvo suficiente éxito en el circuito de autocines australiano como para permitirle subir de escalafón, contar con más dinero y filmar Picnic en Hanging Rock (1975), en la que narra la desaparición en una excursión el día de San Valentín de 1900 de un grupo de chicas de un exclusivo colegio femenino. “Me encantaba el libro, el hecho de que no hubiera solución al misterio. Ese era a la vez su atractivo y su peligro. Ofrecer una historia de misterio sin solución siempre ha sido un reto. Por eso la hice soñadora, alucinatoria, tratando de alcanzar un punto en el que la audiencia no quisiera que se rompiera la atmósfera con un desenlace convencional”, decía Weir en 2018.

Entrada al Palacio de Festivales de Cannes con el cartel homenaje a 'El show de Truman' en la fachada, el pasado mes de mayo.
Entrada al Palacio de Festivales de Cannes con el cartel homenaje a 'El show de Truman' en la fachada, el pasado mes de mayo.GUILLAUME HORCAJUELO (EFE)

Aquellos primeros títulos sirven como guía de lo que será una constante en su carrera: protagonistas que encaran crisis vitales después de encontrarse separados, incluso aislados de la sociedad. De ahí la complejidad de sus personajes, nunca buenos o malos, sea cual sea el mundo en el que se desarrollen sus tramas. Con Mel Gibson hizo Gallipoli y El año que vivimos peligrosamente; con Harrison Ford, Único testigo (inicio de su filmografía estadounidense) y La costa de los mosquitos; con Robin Williams, al que se encontró un día sentado en la playa enfrente de su casa en Sídney, El club de los poetas muertos: en los años ochenta no dejó de trabajar. “La naturaleza evoca nuestros sentimientos. Me interesa la naturaleza como drama. No hay nada como un bosque. No hay nada como un desierto. Y cada uno de esos paisajes explica quiénes somos”, contaba en Madrid en 2010, sobre esta proliferación de dramas en muy distintos ecosistemas.

Incluso en sus películas más amables, como la comedia romántica Matrimonio de conveniencia (1990), Weir tomaba riesgos: en este caso, contratar a Gérard Depardieu en su primer papel en inglés y emparejarlo con Andie McDowell. Fue un taquillazo, aunque no tuvo buen recibimiento crítico. Todo lo contrario que Sin miedo a la vida (1993). Con El show de Truman (1998) volvió a sincronizar el éxito entre el público, los premios y la crítica. Sobre ella, en el certamen catalán, explicaba: “Era fantasía pura, ficción especulativa que parecía que nunca pudiera convertirse en realidad. Me fascina ver que la película sigue viva tantos años después, porque cuando la filmamos la hicimos para que fuera consumida en aquel momento”. La tecnología acabaría convirtiendo en profético aquel título que este año el festival de Cannes ha homenajeado en su cartel.

En el siglo XXI Weir solo ha dirigido dos filmes: Master and Commander: al otro lado del mundo (2003) y Camino a la libertad (2010). Son películas para un público adulto, justo el que se ha ido alejando de la gran pantalla. El australiano no logró reconectar con las grandes audiencias. En la presentación de la última en Madrid, premonitorio, el cineasta explicó: “Solo sé que no puedo perder el amor por el cine, y eso es lo más complicado. No quiero perder la fascinación por lo que hago. Necesito estar totalmente conectado con mi trabajo. [...] Lo que quiero es que cada nueva película sea como la primera. Y si por ello estoy condenado a hacer menos, pues haré aún menos”. Hasta hoy, así ha sido.

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Sobre la firma

Gregorio Belinchón

Es redactor de la sección de Cultura, especializado en cine. En el diario trabajó antes en Babelia, El Espectador y Tentaciones. Empezó en radios locales de Madrid, y ha colaborado en diversas publicaciones cinematográficas como Cinemanía o Academia. Es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense y Máster en Relaciones Internacionales.

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