¡Socorro! El triunfalismo del público y la connivencia presidencial pueden ser la puntilla para la fiesta de los toros

Tras dos años de pandemia, la generosidad extrema se abre paso frente al rigor inherente a la tauromaquia

La plaza de La Maestranza en tarde de la Feria de Abril de 2022.
La plaza de La Maestranza en tarde de la Feria de Abril de 2022.Eduardo Briones E Press

Se acabó el rigor y la exigencia, adiós a la seriedad. La tauromaquia de la normalidad está desconocida. No solo ha desaparecido la afición, sino que el público está seriamente contagiado por el virus del triunfalismo, que afecta, además, a los presidentes de los festejos, y entre unos y otros pueden inferir una gravísima cornada a la fiesta.

Algo muy serio y muy grave está sucediendo en estos primeros espectáculos de la temporada en Madrid y Sevilla, las dos plazas más importantes del mundo. Ya es extraño que a estas alturas de la película se haya abierto la Puerta Grande de Las Ventas en dos ocasiones para homenajear a dos novilleros, y cuatro la Puerta del Príncipe sevillana. Hasta esta mañana de viernes (y aún quedan tres corridas) se han cortado en la Feria de Abril 25 orejas, una cifra inédita en la historia de este ciclo.

Y lo que pudiera ser la muy grata noticia de la grandeza y la efervescencia de la fiesta no parece más que la nefasta consecuencia de la pandemia, la progresiva desaparición de aficionados, la ‘toma del poder’ por los espectadores, empeñados en destacar lo divertido que puede llegar a ser un festejo taurino cuando se rentabiliza el alto precio de las entradas con muchas orejas y salidas a hombros, y la colaboración imprescindible de los presidentes.

Los presidentes de Las Ventas y La Maestranza no pueden olvidar que sus decisiones determinan el devenir de la tauromaquia moderna.

La covid no solo ha dejado a la cuarta pregunta a muchos ganaderos, empresarios, toreros y gente del toro en general; a causa del virus han fallecido muchos y buenos aficionados, veteranos en su gran mayoría, y otros aún no han superado el miedo a volver a las plazas y mezclarse con la multitud de antaño. Y esa ausencia se nota, vaya que si se nota, en el desarrollo de los espectáculos y en el balance artístico final.

En la fiesta de los toros se muere de verdad, el dolor y la sangre son auténticos; y el esfuerzo, el sacrificio, las noches en vela, los sueños, el fracaso y la gloria determinan las vidas de esos locos que pretenden alcanzar la felicidad jugándose la existencia delante de un toro.

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Vestirse de luces es algo muy serio y puede ser hasta insensato; desde luego, no es una diversión, del mismo modo que la de torero no es una profesión al uso, sino una forma de ser y de sentir en la vida, una grandeza a la que solo tienen acceso unos pocos privilegiados.

La corrida de toros es un acontecimiento, un rito solemne que demanda de los espectadores una actitud severa y una exigencia generosa para engrandecer hasta el endiosamiento al ser humano capaz de salir triunfante en la lucha auténtica contra un toro. Por todo ello, perseguir la pureza, la integridad y seriedad de este espectáculo es respetar a quienes se visten de luces.

Los presidentes de La Maestranza junto a Ricardo Sánchez, en el centro, Delegado del Gobierno de la Junta de Andalucía en Sevilla.
Los presidentes de La Maestranza junto a Ricardo Sánchez, en el centro, Delegado del Gobierno de la Junta de Andalucía en Sevilla.

“Aquello de que a los toros hay que ir a divertirse es una falsedad”, escribía el maestro Joaquín Vidal. Y añadía: “A los toros hay que ir dispuesto a sufrir; provisto de lupa para comprobar la casta y fortaleza de las reses, la integridad de sus astas, el discurrir de la lidia, el mérito de los lidiadores, la calidad de los lances… Y si algo de todo esto falla, el aficionado conspicuo lo exigirá con la vehemencia que sea del caso; y si se cumple cabalmente, lo celebrará gozoso, e, incluso, puede que entre en trance y crea que se le ha aparecido la Virgen”.

Los tiempos han cambiado una barbaridad; la pasión ha dejado paso al regocijo, y la emoción al soso aburrimiento. Es verdad que son cada vez más infrecuentes las tardes de conmoción y arrebato, pero nada de ello justificaría que desaparezcan el rigor y la seriedad del espectáculo taurino.

Vamos a ver: aun teniéndose en cuenta el respeto a la subjetividad y a los gustos de cada cual, las Puertas Grandes de Madrid a los novilleros Víctor Hernández, el pasado 27 de marzo, y Diego García, el 1 de este mes, carecen de toda lógica; pero del mismo tenor han sido los resonantes triunfos sevillanos, a excepción del alcanzado por Daniel Luque.

¿Qué está pasando? Ojalá los novilleros Hernández y García demuestren que lo suyo no ha sido flor de un día; ojalá el rejoneador Guillermo Hermoso se acerque a la grandeza de su padre, Tomás Rufo alcance el sueño al que parece predestinado, y El Juli imparta nuevas lecciones magistrales, pero nada de ello justifica en modo alguno que se rebaje el nivel de la exigencia debida para desvirtuar la fiesta y ofrecer una falsa imagen de la realidad.

Sevilla ya no es Sevilla, ni Madrid es Madrid; el virus nos ha reblandecido a todos

Lo que sucede es que “el toreo de hoy es tan superficial como los tiempos que corren”. La frase también pertenece a Joaquín Vidal. Pero lo más preocupante es que estén contagiados también los presidentes de las plazas más importantes.

Hoy por hoy, son temibles los palcos de Madrid y Sevilla; hay que echarse a temblar cuando aparecen cuatro pañuelos en los tendidos. Los presidentes son tan políticamente correctos que no parecen dispuestos a aguantar una bronca del respetable para defender el prestigio de una plaza. Saben, eso sí, que, en general, no serán respaldados por sus superiores políticos en caso de conflicto, porque los que mandan son más superficiales que el público en materia de integridad taurina.

Los presidentes no pueden olvidar que sus decisiones determinan el devenir de la tauromaquia moderna. Porque Madrid y Sevilla son los faros de la fiesta en el mundo. Ellas marcan para bien o para mal el rumbo del espectáculo.

No puede valer todo. Aunque el tendido aplauda a toros mansos en el arrastre, vitoree a picadores por no picar, solicite una oreja tras un sablazo y crea que está viendo a Manolete en una faena mediocre, alguien -el presidente- debe mantener el timón firme para que la fiesta no se vaya a la deriva.

La enfermedad ya había dado la cara antes, pero después de dos años de pandemia, hay que admitir que Sevilla ya no es Sevilla, ni Madrid es Madrid. El virus nos ha reblandecido a todos, y ha permitido que se abra paso el triunfalismo populista, que es la antesala de la degeneración.

“Hoy vivimos en la perfección total”, insistía el maestro Vidal, “el limbo”.

Pues, anda que…


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