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Alberto Corazón, un mundo habitado por imágenes

Muchas de las obras del artista quedaron en el taller porque era tan prolífico que fue imposible exponerlas todas en vida

Alberto Corazón, en su estudio de Madrid en 2009.
Alberto Corazón, en su estudio de Madrid en 2009.Bernardo Pérez

Sobre la mesa del artista se extiende todo un universo: lápices, grafitos, pinceles, tubos de acrílico, barras de óleo de diversos colores, la espátula, la regla, un montón de hojas abocetadas, los últimos libros que ha comprado y los de Pound, Kavafis y Perse, que siempre permanecen a su lado. Y, ¡no podía faltar!, un cenicero repleto de colillas, la cajetilla de tabaco y el gin-tonic.

Cuando Alberto Corazón se enfrenta al lienzo en blanco, sin embargo, no echa mano de los bocetos, ni de los cuadernos, ni de las anotaciones que previamente ha escrito en un papel. No lo necesita. Su cerebro fluye y dirige su mano, que ejecuta la pintura. Como justifican sus títulos: todo ha quedado previamente registrado, “en un repliegue de la memoria”.

Boceto para el embarcadero de mineral.
Boceto para el embarcadero de mineral. Alberto Corazón

“Pintar me proporciona libertad”, afirmaba, “escribir me hace sufrir”. Las palabras salen dolorosamente de su interior, conectan con cuevas internas que no quiere recordar, mientras que los pinceles vuelan con libertad sobre el lienzo. Son pinceladas curvas y tortuosas, enérgicas y potentes, que construyen pinturas de vibrantes colores. No importa el tema: bodegones, acantilados o jardines de arena, toda la obra está impregnada por su estilo rotundo y característico. Es la suya una iconografía repetitiva y constante que reaparece a lo largo de los años, formulando preguntas sin respuesta que le obligan a seguir buscando.

Para esta exposición hemos seleccionado algunas obras inéditas, desconocidas para el público porque nunca han sido mostradas. La duda surge, inmediata. ¿Por qué quedaron en el taller? Para un artista tan prolífico, productor de tantas y tan diferentes disciplinas, es lógico que no todas hayan sido expuestas. Quién sabe la razón por la que nunca volvió a ellas, quizá fue mi culpa, ya que, una vez al semestre, despejaba la casa al grito de ¡vamos a ordenar! Entonces, Alberto temblaba, era lo que más odiaba, porque desaparecían sus cuadros, todos los que se amontonaban sobre la pared, convertidos en capas estratigráficas por el paso del tiempo. Era un hombre que se adueñaba de todos los espacios. Invadía la casa con sus obras. Como no le gustaba trabajar solo en su luminoso y amplio taller, disfrutaba compartiendo el mismo espacio físico y poblando nuestra casa con sus cuadros. Todo quedaba bajo su colonización: la mesa del jardín, la del comedor, las paredes del salón, las paredes del porche. No dejaba libre ni un metro cuadrado de nuestra vivienda, las pinturas se amontonaban y languidecían, apoyadas sobre cualquier pared.

'Embarcadero de mineral. Anochecer'.
'Embarcadero de mineral. Anochecer'. Alberto Corazón

Poco duraba mi operación, después de disfrutar del orden un par de días o tres, a lo sumo, las paredes volvían a desaparecer tras enormes lienzos en blanco, prestos a dejarse pintar. Si Alberto Corazón hubiera sido una persona ordenada y metódica, habría rescatado los recién trasladados al almacén. Pero no era ni lo uno ni lo otro, de modo que lo que no tenía a la vista, pasaba al olvido.

Los cuadros de esta exposición no son desechados, no son bocetos abandonados ni cuadros fallidos. Todo lo contrario. Son pinturas no terminadas que nos ofrecen la oportunidad de ver la génesis de sus obras, una radiografía de su proceso creativo. En todas ellas se pueden apreciar los trazos iniciales ejecutados con entusiasmo, con fuerte pulso vital, lienzos donde acota sus ideas. Al día siguiente, la obra cambiaba de lugar porque se le había ocurrido un nuevo proyecto, más potente que el de la noche anterior. Y comenzaba a pintar sobre el nuevo lienzo, que ya tapaba al anterior. Porque un rasgo de su personalidad era que consumía la vida a velocidad de vértigo y lo que no mantenía su ritmo, quedaba atrás para siempre.

En ellas vemos a un Alberto incansable, pletórico, lleno de fuerza y energía, rebosando imágenes. Tantas que, para no dejarlas escapar, se apresura a plasmarlas hasta en el reverso del lienzo, o en una tabla, o en un cartón. Cualquier soporte es útil para recordar.

Su mayor placer era pintar, y lo hacía sin cesar, ya que su capacidad de trabajo era sorprendente. Día y noche, nunca le vi sin trabajar. A la hora de seleccionar obras para las exposiciones, no era necesario recurrir al almacén. “¿Para qué?”, decía, “yo me encargo”. Y, con tranquilidad y entusiasmo, pintaba una exposición entera.

Noctámbulo empedernido, se entregaba a la oscuridad que lo acompañaba con su misterio, rodeado por el intenso olor del jardín, por las salamandras que trepaban la pared, por el ulular del búho y el sonido de las hojas de los árboles, siempre, añorando acantilados.

Ana Arrambari, viuda de Alberto Corazón, es escritora.

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