Columna
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Una lágrima por Luis de Pablo

Fue uno de los grandes compositores de nuestro tiempo y un creador de una curiosidad intelectual ilimitada

Luis de Pablo, en su domicilio de Madrid en 2015.
Luis de Pablo, en su domicilio de Madrid en 2015.JULIAN ROJAS/EL PAIS

Adiós, Luis.

[El compositor Luis de Pablo falleció este domingo en Madrid a los 91 años].

Llevabas noventa y un años de vida, y más de sesenta de carrera creativa. Muy pronto te diste cuenta de que la música era tu ámbito y, dentro de él, te interesó la línea creativa: no necesitaste dominar ningún instrumento, pero aprendiste las posibilidades de cada uno de ellos para explotarlos en tus partituras. Llegó la música electroacústica ―electrónica, decíamos en los sesenta― y miraste sus posibilidades sonoras y expresivas de la misma manera que habías hecho, por ejemplo, con el clarinete o con el contrabajo o con el xilófono. Se trataba de integrar, de acumular saberes para tenerlos siempre a mano. Y desde siempre has devorado con el oído a la orquesta, el instrumento total. Y siempre te ha interesado la voz, no solo como instrumento canoro, sino también como portadora de la palabra, de la fonética, de la dicción, de la articulación lingüística, base de la poesía y del teatro.

Había que vivir y, así, en los años cincuenta, pusiste tu capacidad de parir música al servicio de cineastas y productoras e hiciste bandas sonoras para tantas películas. Pero también sentiste como necesidad abrirte al conocimiento de otros países, de otras lenguas, de otras culturas; y emprendiste viajes y estancias en Francia, Alemania, Argentina, Estados Unidos, Canadá, Italia... para ampliar tu formación y, sobre todo, los límites de tus miras intelectuales y artísticas. Y estudiaste la música de culturas no occidentales.

Con tal bagaje y un reconocimiento ya internacional, te afincaste en Madrid, aunque nunca habías dejado de visitarlo, de la misma manera que, a partir de tu establecimiento, nunca has dejado de hacer “excursiones”. Te empeñaste, con esfuerzo no siempre coronado por el éxito, en dedicarte en exclusiva a la composición. Pero, una vez más, había que vivir y, en consecuencia, no has podido ni has querido (¿?) aislarte en tu estudio, y has impartido cursos y clases magistrales ―en España y tantos países de Europa y las Américas, más Japón― y has pronunciado conferencias y has escrito reflexiones y has concedido entrevistas y has recibido en casa a jóvenes compositores que demandaban orientación... a la vez que componías, componías, componías. Entre los encargos y tu necesidad de componer continuamente ―una necesidad intelectual, pero también casi física―, has sido autor prolífico, generoso, fecundo.

Tu aportación ha sido monumental, Luis, te lo dije muchas veces. Y tú lo sabías. Nunca abriste la cola de pavo real, pero lo sabías: entre las características fundamentales de tu profunda inteligencia, estaba la de saber desbrozar, y conocías en qué campo jugabas el partido de crear música en los siglos XX y XXI.

Adiós, maestro. Adiós, amigo.



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