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‘Tiempo’, terror existencial en la playa

El hábil director de ‘El sexto sentido’ rueda una reflexión sobre el ciclo de la vida con desenlace un tanto simplón

Imagen de 'Tiempo', de M. Night Shyamalan. En el vídeo, el tráiler.

La nueva película de M. Night Shyamalan es un oscuro mecanismo de terror existencial al sol de la playa que circula con un ritmo tan frenético como el envejecimiento acelerado que sufren sus personajes. La premisa puede sonar ridícula: unos turistas descubren en medio de un paraje paradisíaco que su tiempo se acelera de forma irrevocable. Pero el hábil director de El sexto sentido sabe vestirlo de experiencia intensa sobre el ciclo de la vida.

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Una pareja en crisis interpretada por Gael García Bernal y Vicky Krieps aterrizan junto a su hijo de seis años y a su hija de 11 en el hotel de una isla idílica. Allí, intentando desconectar de la rutina y camuflar la erosión del tiempo en su relación, se apuntarán a una excursión para pasar el día en una cala espectacular. No son la única familia, Shyamalan presenta un cuadro humano de varias generaciones que le permite mostrar a través de la piel y del cuerpo los estragos de la vida. De una anciana a un bebé, todo pasa bajo la sombrilla de un día perfecto.

Adaptación de la novela gráfica Castillo de arena (Astiberri, 2010), de Pierre Oscar Lévy y Frederik Peeters, Shyamalan explora a través de un relato de ciencia ficción uno de los terrores más insondables de la naturaleza humana. Sin ponerse enfático ni pretencioso, con vetas de humor (en un guiño al espectador, el propio director interpreta un omnipresente personaje secundario), la película se construye sobre un espectáculo psicológico que afecta de forma muy directa a una sociedad obsesionada con detener el curso de la vida. Desde el primer diálogo entre la familia protagonista al reloj de colores del hijo que pasa de niño a adulto en apenas unas horas, Shyamalan enfrenta al espectador a su propia relación defectuosa con el paso del tiempo. En los rostros de García Bernal y Krieps se concentran todos los miedos: ver a los hijos crecer demasiado rápido hasta no tener respuestas para sus propios dilemas o el pánico a la enfermedad y a la involución física de la vejez.

Sin la fuerza final de las mejores películas de su director, Tiempo se acaba resolviendo de una forma un tanto simplona. Aunque por el camino queda no solo una angustiosa mirada al cronómetro biológico sino también algún minuto emocionante, como el de la última conversación entre la pareja protagonista, en la que descubrirán al fin la feliz epifanía de vivir solo en el presente.

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