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Joyce DiDonato inaugura el Festival de Estrellas de la Ópera en el Teatro Real

Joyce DiDonato, junto con el pianista Craig Terry, durante la interpretación de 'Arianna a Naxos' de Haydn.
Joyce DiDonato, junto con el pianista Craig Terry, durante la interpretación de 'Arianna a Naxos' de Haydn.Javier del Real

Inasequible al desaliento, el Teatro Real sigue abriendo sus puertas, aunque el resto del mundo, e incluso el resto de la ciudad de Madrid, las mantenga cerradas a cal y canto. El domingo ofreció la última función de Don Giovanni como si tal cosa, con la ciudad conmocionada y sepultada bajo la nieve y el hielo. Y ayer, miércoles, dio comienzo a su Festival Estrellas de la Ópera, que va a reunir en Madrid en tres días consecutivos a la mezzosoprano Joyce DiDonato y los tenores Jonas Kaufmann y Javier Camarena. No es difícil imaginar las penalidades de los tres artistas para conseguir siquiera viajar hasta Madrid, pero tampoco conviene olvidar el mérito de los propios trabajadores del teatro y, por supuesto, el de los valientes que tuvieron el arrojo de allegarse hasta la Plaza de Oriente estando calles y calzadas como aún están. Ya que no había programa físico que entregarles, todos los espectadores deberían haber recibido al menos una medalla en reconocimiento a su valor.

Con una sala lógicamente desangelada, en la que hubo incluso al comienzo entrevistas televisivas a algunos miembros del público convertidos por un día en héroes anónimos, Joyce DiDonato intentó caldear el ambiente con un discurso inicial que desató ya, antes de que cantara, las primeras efusiones amorosas del público, correspondidas de inmediato con su simpatía natural por la diva estadounidense. Los recitales vocales de las grandes figuras tienen su peculiar ritual que, una vez más, se ha cumplido en Madrid punto por punto: los largos aplausos iniciales, cuya duración e intensidad sirven para calibrar el cariño y la admiración que se sienten por el artista en cuestión; el cambio de vestido de las cantantes en la segunda parte; un programa oficial más bien raquítico que se compensa luego con la munificencia mostrada en las propinas; y los aplausos y vítores finales con gran parte del público puesto en pie en medio de una atmósfera triunfal y exultante, completamente al margen de que el recital haya sido bueno, malo o regular. Y la primera opción es, por desgracia, la más inhabitual.

Como tantos de sus colegas, DiDonato apenas habrá podido cantar en público en los últimos meses, un descanso que estará siendo maná para muchas voces habitualmente sobreutilizadas, pero que también habrá hecho mella en las rutinas habituales y oxidado ciertas inercias. En la primera parte sonó la cantata para voz sola Arianna a Naxos de Haydn y las cinco canciones de Mahler sobre poemas de Friedrich Rückert, una combinación cuando menos pintoresca. Ambas obras remiten de inmediato a una de las mayores cantantes del siglo pasado, Janet Baker, que nos ha legado de ellas versiones cimeras y difícilmente superables, con Raymond Leppard al fortepiano y con John Barbirolli comandando la versión orquestal de los Lieder de Mahler. Una de las muchas cosas que nos ha robado la pandemia es la conversación que iban a haber mantenido ambas cantantes sobre un escenario el pasado verano en el Festival de Aldeburgh (cancelado en su totalidad) tras la proyección del reciente documental dedicado por la BBC a la genial mezzosoprano inglesa.

Pero la enorme admiración que DiDonato profesa por su colega no le hizo acercarse siquiera a los milagros operados en su día por la británica. La cantata de Haydn fue, de principio a fin, un dechado más de languidez que de dramatismo concentrado y monologado, con un acompañamiento casi siempre fuera de estilo del pianista Craig Terry y ostensibles desencajes entre voz y piano, consecuencia de las frecuentes libertades que se tomaban una y otro. Los recitativos no se diferenciaban gran cosa de las arias y, más que una heroína clásica, Ariadna parecía una romántica avant la lettre abandonada a su suerte en una Naxos decimonónica. El hecho de que, justo al final, DiDonato decidiera transportar a la octava superior el Fa que coincide con la última sílaba de “infedel” (Teseo, por supuesto), propiciando así el aplauso fácil, corroboró la idea desenfocada que tiene la cantante de esta extraordinaria e intimista miniatura de Haydn.

En sus incursiones liederísticas, la cantante de Kansas tampoco ha demostrado una afinidad especial por este repertorio, por más que recientemente se haya atrevido incluso con una de sus cimas: Winterreise de Schubert. Ella misma explicó en una de sus varias intervenciones habladas (en un muy comprensible castellano) que su primer acercamiento a Mahler se ha producido durante los meses de confinamiento. Su pianista tampoco estuvo aquí a la talla esperable y DiDonato se refugió en unos tempi lentísimos y en recursos vocales más propios de otro tipo de música para sortear las dificultades –mucho más expresivas que vocales– que presentan estas cinco canciones. En la interpretación faltó fluidez, arcos dinámicos completos y mejor definidos, precisión en la dicción, empatía con los diferentes estados anímicos plasmados en los poemas. Quizá rodándolas más en el futuro, y con un respaldo pianístico de más enjundia, DiDonato podrá hacerles mayor justicia y situarse mínimamente en la estela de Janet Baker.

Craig Terry y Joyce DiDonato, en un momento de la segunda parte de su recital.
Craig Terry y Joyce DiDonato, en un momento de la segunda parte de su recital.Javier del Real

En la segunda parte, el vestido rojo de DiDonato (en la primera combinó negro y rosa) anunciaba emociones más fuertes. Llegaron en parte en el aria final de Dido de Les Troyens de Berlioz, una de sus grandes especialidades, que ha cantado en teatro y grabado de forma admirable. Antes mostró, aunque lejos de su mejor forma, su bien conocida afinidad por las agilidades –otro de sus puntos fuertes– en un aria de Hasse y ratificó su amor por Handel con una versión de nuevo un tanto morosa de Piangerò la sorte mia. Y, tras Berlioz, empezó la parte informal y menos clásica del recital, que se acercó a lo que tenía previsto ofrecer originalmente junto a un quinteto de estirpe jazzística: otra víctima que añadir a la lista de bajas. Primero fue una versión modernizada de Caro mio ben (una música indisociable asimismo de Janet Baker), donde por fin Craig Terry hizo lo que mejor sabe hacer: tocar sin partitura semiimprovisando sus propios arreglos. Canciones de Parisotti y Salvator Rosa, esta última interrumpida por un extemporáneo “Brava!” de un aficionado tan entusiasta como incontinente, experimentaron la misma metamorfosis (cronológicamente, la ordenación del programa era un salto hacia delante y dos hacia atrás), pero fue en un tema clásico de Duke Ellington (Solitude) y en una versión bilingüe, en francés e inglés, de La vie en rose, donde DiDonato y Terry se entendieron por fin a las mil maravillas, sin chistes innecesarios (las supuestas caras de sorpresa de la cantante cuando el pianista introducía sus propias armonías en las piezas clásicas y las acercaba al mundo de Tin Pan Alley) y con disfrute auténtico por ambas partes.

Las propinas de rigor se sucedieron como manda la tradición, con la salvedad de que en la primera, Stardust, DiDonato no cantó, sino que se encargó de tocar los bajos al piano al lado de Craig Terry. Luego, por aquello de infundir esperanza en medio de la pandemia y la actual glaciación madrileña, cantó Somewhere over the rainbow, de Harold Arlen. A continuación, el aria de Cherubino Voi che sapete (las piruetas temporales, otra vez) y, para terminar, otro clásico del American Songbook: I love a piano, de Irving Berlin. “Madrid, te quiero mucho”, confesaba Di Donato llevándose la mano al corazón, y el público le correspondía generosamente su amor. Todo muy cálido y entrañable, pero luego había que volver a salir, eso sí, a sortear el hielo y las caídas.

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