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La herida sobre el labio

La devastación verbal sucede en esas calles anegadas de sangre, pero en el susurro de los libros se preserva otra Venezuela

Hugo Chávez, en la campaña electoral venezolana de 1998.
Hugo Chávez, en la campaña electoral venezolana de 1998. CORBIS / GETTY IMAGES

En 1997 viajaba entre Salamanca y Madrid. A mi lado se encontraba el poeta Eugenio Montejo, y al hilo de la conversación que manteníamos, murmuró: “El lenguaje en Venezuela se está deteriorando: estamos a las puertas de una gran catástrofe”. En ese momento era imposible atisbar el éxito electoral del chavismo. Supuse que Montejo hablaba de manera metafórica, pero en poco tiempo el país inició una de sus pesadillas más oscuras, una noche poblada por montañas de verborrea guerrerista, homicida. El chavismo irrumpió en la escena política como enfermedad del lenguaje. Palabras cuartelarias, modos imperativos, amenazas de freír en aceite a los adversarios políticos, recuperación de la discursividad militar decimonónica, desprecio a la capacidad de síntesis.

Pero en aquel 1997 no podíamos saberlo; pese a lo cual Montejo insistió: “Viene una gran tragedia; se nota en las palabras. Ya lo advirtió Rafaelito”, dijo señalando en el asiento delantero a Rafael Cadenas.

En efecto, Cadenas había publicado en 1984 En torno al lenguaje, ensayo en el que expresaba su preocupación por el deterioro de un mundo verbal que perdía fuerza, efectividad, lucidez; un libro del que rescato frases que pueden ser una foto inversa de lo que aguardaba en el terrible futuro: no ser excesivamente afirmativo, no estar demasiado seguro, no abroquelarse tras una idea, precondición de la receptividad y del inquirir al lenguaje. Lo opuesto precisamente al fanatismo.

El chavismo se reveló como lenguaje de la certeza y la afirmación. Desde la boca del caudillo todavía es posible explicar la totalidad del mundo. No hay tema desconocido, no hay posibilidad de error o espacio para la duda. Tanto es así que ni la muerte del “Comandante eterno” logró silenciarlo. Desde esa siniestra pintura de sus ojos que decora las paredes de las ciudades; desde el hocico vacilante de su heredero político, el gran líder sigue hablando, sigue pontificando y vigila que sus sangrientas palabras se cumplan. Hablo de una neolengua orwelliana que en su insufrible cursilería se ha extendido más allá de las fronteras, como cuando un oscuro político español balbuceó: “He amanecido con un Orinoco triste paseándose por mis ojos… Fuerza Hugo. Aguanta para ayudarnos a quitarnos este miedo de la soledad de cien años”. Una palabra irrebatible manifestada en ese programa de televisión donde el Comandante explicó durante mucho rato las conjugaciones del verbo “adquerir” (sic), antes de que alguno de sus colaboradores se atreviese a corregir su error.

Lo fundamental es que puede hablarse de una calidad profética en la que poetas venezolanos intuyeron la barbarie que nos acechaba, pero también del modo en que una palabra fresca, profunda, se ha preservado dentro de su escritura. Porque no refiero tan sólo la actitud ciudadana, en la que los escritores han mantenido de modo mayoritario una confrontación ética contra el régimen (incluso los aturdidos apoyos iniciales que obtuvo el militar se fueron vaciando en pocos años), sino del modo en que persiste una literatura venezolana que desde una alta exigencia estética protege y cuida el sabor de esa palabra que profundiza en una realidad desoladora hasta transformarla en aventura de la inteligencia, del resplandor.

Hay un país distinto que puede leerse en la narrativa de Alberto Barrera Tyszka, Rodrigo Blanco Calderón, Karina Sainz Borgo, Miguel Gomes, Ana Teresa Torres, Rubi Guerra, Juan Carlos Chirinos, Slavko Zupcic, Israel Centeno, Silda Cordoliani, Victoria de Stefano, Quintero, Mario Morenza, Lena Yau, Marcos Tarre Briceño y José Balza. Hay un fulgor de adolorida belleza que podemos encontrar en los poemas de Rafael Cadenas, Carmen Verde Arocha, Leonardo Padrón, Santos López, Igor Barreto, Luis Enrique Pérez Oramas, Patricia Guzmán, Blanca Strepponi, Oriette D’Angelo, Márgara Russotto y Yolanda Pantin.

La devastación venezolana es una evidencia. No sólo los asesinatos y las torturas acreditadas por el reciente informe de la ONU, sino la debacle económica que incluye sueldos de tres dólares al mes, la persecución de pueblos indígenas, el arrasamiento del arco minero en el Amazonas. Y por supuesto, la exaltación de un lenguaje excrementicio como lo definió con precisión Roberto Bolaño. Pero la lumbre de otra palabra continúa allí; en las manos sencillas, casi silenciosas de muchos escritores. Chispazos, sabores irrepetibles, texturas, sonidos perturbadores y musicales, imaginaciones desbordadas. La devastación verbal sucede en esas calles anegadas de dolor y sangre, pero en el susurro de los libros se preserva otra Venezuela: reflexiva, empática, bellamente áspera. Ya lo dijo Octavio Paz: “A una sociedad escindida corresponde una poesía en rebelión”.

La literatura no salva, pero al menos alivia. Por eso, al leer y releer en busca del país extraviado, resulta imposible no estremecerse cuando escribe Yolanda Pantin (premio Federico García Lorca 2020): “Usted tiene que obedecerme, le dijo la madre al niño / … Yo miraba todo y sentía / la herida sobre el labio que ahora sangra”.

Juan Carlos Méndez Guédez es escritor venezolano. Autor de ‘La diosa de agua’.