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Cunqueiro, el encantador de palabras

Una antología recopila 200 artículos publicados en medio centenar de cabeceras por el escritor gallego durante medio siglo

Cunqueiro, en su casa de Mondoñedo, en una imagen de 1959.
Cunqueiro, en su casa de Mondoñedo, en una imagen de 1959.

Con solo dos dedos, a toda velocidad en su máquina Smith Premier y sin hacer correcciones. Así escribía Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, Lugo, 1911-Vigo, 1981) sus artículos para prensa, en los que desplegó los muchos universos que visitaba el autor gallego: de los grandes poetas a los paisajes de Galicia, de las leyendas marinas que contaba alguien que no sabía nadar al gusto por detallar dónde se podían comer los mejores bacalaos lusitanos o las variedades de empanada… Estas y otras mil historias surcaron los 50 años del Cunqueiro periodista, el que con su peculiar visión del oficio de reportero afirmaba que “las noticias verdaderas son las que tienen trescientos años […] las noticias modernas son falsas”. La antología Al pasar de los años, publicada por la Fundación José Antonio de Castro, ha recolectado 200 de sus artículos, seleccionados por el periodista Miguel González Somovilla, cuyos cálculos sitúan el corpus del Cunqueiro articulista (1930-1981) en unos 20.000 textos distribuidos en medio centenar de cabeceras.

“Este libro está dirigido a un tipo de lector que a lo mejor no ha conocido mucho la obra de Cunqueiro y que da una visión panorámica de él”, señala César Cunqueiro, hijo del escritor. “Ayuda a entender su personalidad, la de un escritor sin género”, completa Somovilla. O un escritor que era un género en sí mismo. “A mis lectores cuento mi sorpresa o preocupación del día, el recuerdo del último viaje […] y de todo ello quiero deducir y mostrar que la vida es inmensamente rica y que el aburrimiento es una traición”, escribió en mayo de 1964 en el Faro de Vigo, el periódico en el que más colaboró y que dirigió cinco años (1965-1970). Cunqueiro se permitía algo impensable en la prensa de hoy: colaborar a la vez en medios rivales.

El libro que acaba de publicarse está dividido en 10 áreas y se abre con el primer escrito de Cunqueiro, un soneto titulado De un libro, publicado en un semanario de su ciudad y escrito en gallego. “Él siempre decía que su lengua materna y esencial para expresarse era el gallego, pero como profesional escribía también en castellano porque así llegaba a más gente”, añade Somovilla. Como ocurre con el Cunqueiro novelista de Merlín y familia y Las crónicas del sochantre, su escritura periodística es una delicia, aunque “a veces puedan parecer sus frases endiabladas, por tantas subordinadas e incisos y las citas de santos y personajes históricos”, admite Somovilla. “Ante todo, él se consideraba poeta, hay artículos que podrían ser poemas en prosa”, añade. Y el primer verso sería el título: Tierras que fueron, Historias con sirena dentro, Volando con el trueno… El punto de partida, en boca del propio Cunqueiro, era siempre el mismo: “Hacer cotidiano lo fantástico, aun a costa de teñir de fantástico lo real”.

Este tipo de afirmaciones ha llevado quizás a “una lectura tópica de Cunqueiro”, apunta su hijo. “Que toda su obra es imaginación y fantasía, un análisis que ya me aburre. Hoy cabe una visión más profunda, la de que sus obras son un inmenso diario, con una visión del mundo compleja”. Esa bruma entre lo real y lo fabuloso  de sus escritos la traduce su hijo en “textos liberados de espacio y tiempo, en los que todo se transforma”.

Último carnet de prensa de Cunqueiro.
Último carnet de prensa de Cunqueiro.

Por encima de estas consideraciones, es palmario que “en toda su obra Galicia era el paisaje de fondo, aunque hablase de Simbad el Marino”, añade el antólogo. Y unido a Galicia, el Camino de Santiago, “una de las venas mayores de Europa”, decía. Al pasar de los años incluye 17 artículos de su ruta jacobea, de Roncesvalles a Santiago, que realizó en coche y le dejó un tanto desolado. Era, a comienzos de los sesenta, un Camino en el que apenas había peregrinos y las condiciones del recorrido no les ayudaban nada.

De las cuitas del alma a las del cuerpo. Solo alguien como él podía escribir sobre curanderos y sanadores en revistas científicas, como Tribuna médica y Jano, donde dio cuenta de las diferencias entre amuletos y talismanes y de la especuloterapia o curación por espejos. Y probó de estas medicinas haciendo pronósticos de los partidos de fútbol de los equipos gallegos con una vieja baraja de tarot. En un giro típicamente cunqueiriano, publicaba sus vaticinios en el Faro de Vigo y los explicaba en El Progreso de Lugo.

Esta recopilación de artículos incluye una cronología en la que se señalan dos puntos controvertidos de su vida. Pasó, de joven, de proclamarse galleguista y republicano a, con la Guerra Civil, convertirse en adepto al régimen, hasta llegar a subdirector de Vértice, publicación de Falange. “Empezada la guerra, envió una carta a un amigo periodista, Augusto Assía, en la que se ve que tiene dudas…”, señala Somovilla. “Él era una persona conservadora, católico, respetaba las tradiciones… Creo que intervino el instinto de supervivencia”. Ambivalente, dejó dos declaraciones: “Nunca fui franquista. Fui escéptico ante el [franquismo]” y “soy antimarxista visceral”.

Sin embargo, Cunqueiro “cayó en sus contradicciones y acabó siendo víctima del franquismo”. Se refiere a los dos sucesos “de picaresca” por los que fue, primero, expulsado de Falange “por un episodio de venta fraudulenta”, decía la solicitud, y más adelante, del registro de periodistas “por cobrar un adelanto de un trabajo que no realizó”. Somovilla cuenta que el proceso “se hizo con saña, se envió una nota a los medios para que dieran cuenta en portada, en ese papel estaba tachada la palabra ‘expulsado’ por ‘eliminado”.

Rehabilitado en 1962, Cunqueiro fue periodista hasta el último parpadeo. “Lo recuerdo casi ciego dictando artículos gracias a su memoria”, rememora su hijo. El mindoniense se fue un 28 de febrero de hace 39 años. Se publicaron tres artículos póstumos y las campanas de la catedral de Mondoñedo doblaban en honor de quien aseguraba que su intención como escritor era “encantar con la palabra, como el encantador de serpientes con la flauta”.

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