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¡Qué marcharse!, ¡qué apagarse!

Hay un tipo de absurdo con el que es imposible no alinearse, porque te parece que lo explica todo mejor y más rápido que la lógica

Antonio Resines y Luis Ciges, en un fotograma de 'Amanece, que no es poco'.
Antonio Resines y Luis Ciges, en un fotograma de 'Amanece, que no es poco'.

José Luis Cuerda disfrutaba refutando a quienes sostenían que Amanece, que no es poco, carece de trama. “Son unos forasteros que llegan a un pueblo, en ese pueblo pasan cosas y después se van. En eso están basados los wésterns”, decía. Con trama o no, él hizo algo más que una película: hizo una película y la encerró en nuestra cabeza, sin llave. Y ahí sigue, con todos esos diálogos golpeándonos en el interior, igual que tornillos sueltos, y que replicamos en nuestras conversaciones como si fuesen la única forma de tener razón de vez en cuando. Hay un tipo de absurdo con el que es imposible no alinearse, porque te parece que lo explica todo mejor y más rápido que la lógica. Es el triunfo del chasquido sobre la argumentación.

No hay tantas películas capaces de formar para siempre parte de la vida de sus espectadores. Un día llegan y ya no se van. Ondean. Te ocupan. Se vuelven tu himno nacional. ¿Qué es la patria al lado de un filme cuyos personajes te hacen reír siempre, después de diez, veinte, cien pases? Hay frases que, periódicamente, resuenan sin venir a cuento, y de pronto te ves soltando lo de Faulkner, o lo de que a ti también te gustaría ser un intelectual, porque no tienes nada que perder. Eso es más de lo que puede ambicionar cualquier creador. A veces una sola película equivale a la inmortalidad.

Así que, aparte de sentirnos muy tristes porque Cuerda ha fallecido y porque su muerte parece que abre un enorme socavón en el salón de tu casa, gracias a Amanece, que no es poco estaremos siempre relativamente alegres, haciéndonos fuertes en el sinsentido. Hay una escena de la película en la que incluso la muerte, con lo que supone, pierde todo atisbo de tristeza, hasta volverse divertidísima, casi una fiesta. Cuerda, si pudiese, quizá la citase en su funeral, para alegrarnos. Es ese momento loquísimo en el que el médico del pueblo comenta al hijo de su paciente: “¡Se está muriendo divinamente, te lo juro! Tenía ganas de que vinieses para poder decírtelo. Puedes estar orgulloso, de verdad. De los años que llevo de médico nunca había visto a nadie morir tan bien como se está muriendo tu padre. ¡Qué marcharse!, ¡qué apagarse!, ¡qué parsimonia! Estoy disfrutando que no puedes ni imaginarte”. Y así, aunque Cuerda no esté, nosotros seguiremos riéndonos y recordándolo siempre como el cineasta que nos clavó una película en la cabeza.

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