Polonia, tierra de grandes impostores

El director Jan Komasa, figura emergente del cine europeo, indaga en ‘Corpus Christi’, candidata al Oscar, y en ‘Hater’, éxito en Netflix, en farsantes en política y religión

Jan Komasa, en el rodaje de ‘Corpus Christi’. A la izquierda, de perfil, el actor protagonista, Bartosz Bielenia. En el vídeo, tráiler de la película.

Con su primera y segunda películas hizo más taquilla en su país natal, Polonia, que su compatriota Pawel Pawlikowski con Ida y Cold War. Con la tercera, Corpus Christi, llegó al quinteto finalista del último Oscar a mejor película internacional... pero era el año de Parásitos. Y la cuarta, Hater, ha sido un exitazo en Netflix. “Sobre todo en los países de habla latina. Ahora que la plataforma hace públicos sus datos, he visto que he estado el top 10 durante semanas en España, Brasil, México y Argentina”, cuenta orgulloso por Zoom. Jan Komasa (Poznan, 38 años), que así se llama el nuevo puntal del cine polaco y figura ascendente en el cine de autor europeo, charla con EL PAÍS a dos días del estreno comercial en España -el pasado viernes- de Corpus Christi, la película que le ha abierto las puertas de la industria mundial. “Tenía claro un proyecto en inglés antes de la primera ola de la pandemia. Sigue en pie, pero sigo abierto a rodar en cualquier idioma. Tengo un guion en español. Me gustan los retos”, aclara. “Mi esposa habla italiano y yo chapurreo español, porque estudié en el Cervantes de aquí”, explica en inglés. Y como ejemplo habla de su pasión por Pedro Almodóvar, mal vista por los profesores que le dieron clase en la escuela de cine de Varsovia “que le consideran un heterodoxo". “Justo lo que a mí me encanta”, remata. Komasa estuvo “charlando y charlando” -lo dice en español- con el director de Dolor y gloria en Los Ángeles en los días previos a los Oscar. “Y creció mi admiración por él”. Y lo demuestra con un discurso sobre sexualidad y sociedad en la filmografía del español.

Corpus Christi empieza y acaba con sendas secuencias demoledoras, salvajes, que acotan a su protagonista, un chaval de un reformatorio con cierto interés religioso que en una curiosa carambola acaba confundido en una aldea con un cura y ejerciendo como párroco durante cuatro meses. En Hater Komasa repite parecido personaje protagonista: un chaval maestro de las fake news, arribista y amoral que se cuela -y asciende- en el organigrama de un partido político de izquierdas a punto de ganar las elecciones. Además de cimentar un retrato desolador de la Polonia actual, los dos impostores. “No hago mi propio psicoanálisis, pero estoy fascinado con las personas que cambian de identidad”, comenta. “Mi padre es actor, yo mismo fui actor infantil, mi hermano es cantante de ópera, mi hermana es también cantante... Vengo de una familia de intérpretes, acostumbrados a estas variaciones de identidad para seducir al público. Me hipnotiza la gente que se dedica a engañar a otros, personas con gran habilidad social. Porque demuestran con sus mentiras que las comunidades no son sólidas. El simple hecho de llevar una sotana lo convierte en otra persona: ¡qué absurda y paradójica es la sociedad". Estos dos farsantes además timan en dos aspectos a priori férreos en la mente humana: la religión y la política. “Ahora son sentimientos frágiles, más en los tiempos actuales, donde todo está politizado y los países vivimos polarizados ideológicamente. Nunca había visto nada igual: la política lo devora todo, incluso si llevas mascarilla o no”.

En Polonia han sido bastante habituales en los últimos tiempos los falsos curas. “Bueno, lo hacen por dinero. Yo encontré esta noticia en un periódico y llama la atención en un país católico como el mío. O España”, explica antes de aclarar: “Lo que no quería era rodar una película centrada en uno de ellos. Porque el mundo cambia, y a veces esas historias devienen en anécdotas. Los filmes necesitan perdurar, aunque sirvan de reflejo de la sociedad del tiempo en que se filmaron”. Por eso le interesaba la Iglesia Católica: “Ellos tienen muchos esqueletos en el armario [ríe]. Y no olvidemos que durante el comunismo, las iglesias eran los únicos lugares en los que los polacos podían sentirse independientes. Allí leías poesía o proyectabas películas”.

Del rodaje recuerda los impedimentos de la Iglesia Católica polaca para rodar. Y cómo viajó lejos de la localización principal de la película para filmar dentro de una iglesia. “El guion lo leyeron dos mandatarios eclesiásticos y lo calificaron de blasfemia. Así que nos fuimos a otro lado y no enseñamos el libreto. Lo curioso es que los del nuevo pueblo insistieron mucho en saber si el nombre de la localidad aparecería en pantalla, porque era imposible allí tamaño engaño. Les aseguramos que no... y después descubrí que habían tenido un cura falso dos años”. ¿Y la Iglesia Católica qué dice? “No les hacen gracia, y lo esconden”.

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