Escultores

Barbara Hepworth, la brillante escultora de los agujeros

La artista británica, autora de más de seiscientas obras, es considerada una de las más importantes del siglo XX

Barbara Hepworth con una de sus obras en la Tate Gallery de Londres en 1953.
Barbara Hepworth con una de sus obras en la Tate Gallery de Londres en 1953.Getty Images

La vocación y la obra de cualquier artista vienen marcadas siempre por su infancia, y la de Barbara Hepworth tuvo dos elementos que decantaron su pasión por la escultura desde niña: los paseos con su padre por la campiña inglesa y una clase de arte egipcio que recibió en el colegio y de la que dijo que “había sido como una bomba”.

A partir de aquí: estudios de arte, becas para viajar al extranjero y la influencia de un gran compañero y amigo desde el inicio de sus estudios, Henry Moore, quien influyó y a quien influyó en su trayectoria. Hepworth viajó a París, Roma, Florencia y Siena, se casó y se divorció dos veces, tuvo cuatro hijos -trillizos con su segunda pareja-, superó la Segunda Guerra Mundial y, a pesar de los vaivenes y reveses que también sufrió en la vida, su apariencia siempre fue la de una mujer feliz, capaz de transmitir paz en su rostro.

Las más de seiscientas esculturas que Hepworth realizó a lo largo de su carrera continúan siendo un legado del poder único que posee el arte para reflejar los valores atemporales del humanismo y la belleza natural con la sencillez de las formas y su armonía con el entorno natural, donde están ubicadas la mayoría.

Jocelyn Barbara Hepworth nació el 10 de enero de 1903 en Wakefield, en el condado británico de West Yorkshire. Fue la hija mayor de Herbert, un ingeniero civil que en 1921 se convirtió en inspector del condado, y de Gertrude. De niña disfrutaba en los viajes en coche que realizaba su padre por todo el condado de Yorkshire debido a su trabajo y, como luego reconocería, el contacto con la naturaleza y los paisajes la marcó profundamente su vocación y el estilo de su obra.

Asistió a la escuela secundaria de niñas de Wakefield, donde logró una beca de música en 1915. Allí le impactó una clase de arte egipcio que recibió y que le hizo optar por el arte y, concretamente, por la escultura. Al graduarse se matriculó en la Escuela de Arte de Leeds, donde conoció a Henry Moore, compañero de estudios con quien fraguó una gran amistad, y a veces también rivalidad profesional.

Entre 1921 y 1924 Barbara Hepworth se especializó en escultura en el Colegio Real de Arte de Londres. A pesar de su juventud, junto a Moore y otros estudiantes del colegio, realizó viajes ocasionales a París, donde se empapó de las tendencias de la época. Barbara obtuvo su diploma de Arte en el verano de 1923, pero decidió quedarse un año más para competir por el Prix de Roma, en el que John Skeaping, a la postre su primer marido, resulta ganador.

Barbara obtuvo una beca de un año en el extranjero y viajó a Italia. Se estableció en Florencia, donde pasó los primeros meses estudiando arte y arquitectura romana y del Renacimiento, pero también viajó a Siena y a Roma. En el Palazzo Veccio de Florencia se casó con el escultor John Skeaping en mayo de 1925. La pareja se trasladó a vivir en la Escuela Británica de Roma, donde Skeaping era un estudioso de escultura en Roma, y Hepworth aprendió a tallar mármol con el maestro Giovanni Ardini. Sin embargo, regresaron a Londres un año después debido a la mala salud de Skeaping.

Las exposiciones conjuntas de la pareja empezaron a ser habituales y los coleccionistas comenzaron a adquirir sus obras. Pero en los siguientes años, dos acontecimientos cambiaron la vida de Barbara. En 1929 nació su primer hijo, Paul Skeaping, y en 1931 conoció al pintor Ben Nicholson, de quien se enamoró y con quien tuvo trillizos tras divorciarse de su primer marido. Sin embargo, no fue hasta 1938 cuando contrajo matrimonio con él.

Hepworth y Nicholson fueron miembros claves en el movimiento de arte abstracto inglés de la década de los años 30. Ambos revelaron su movimiento hacia el arte abstracto en exposiciones conjuntas que realizaron tanto en 1932 como en 1933, y donde Hepworth comenzó a experimentar con collages, fotogramas y grabados. Trabajaron los materiales tradicionales de manera clásica en un primer momento, para hacerlo de manera innovadora después, sobre todo la madera y la piedra. La progresión de su obra se caracteriza por los espacios huecos que introdujeron dentro de las esculturas. Para ellos, las propiedades naturales del material debían dar forma definitivamente a la obra.

Ella misma decía que “cada escultura debe ser tocada, es parte de la forma de hacerla y es realmente nuestra primera sensación, es el sentido del tacto, el primero que tenemos cuando nacemos. Creo que cada persona que mire una escultura debe utilizar su propio cuerpo. No puedes mirar una escultura si vas a permanecer rígido, debes caminar alrededor de ella, inclinarte sobre ella, tocarla y alejarte de ella”.

La mayoría de las obras de Barbara Hepworth adquiere un sentido voluble, en el que, a pesar de sus sencillas formas, el hueco que contiene se convierte en el pulmón de la escultura. La artista trabajaba sin esbozos previos, sino por la intuición que le transmitían los materiales, así que el resultado siempre fueron obras lisas, redondeadas, pulidas por los materiales usados de la piedra y la madera, que adquieren una gran armonía y belleza al juntarlos. Es lo que se conoce como talla directa, una técnica por la cual el proceso de escultura está influenciado por las cualidades de las materias primas más que por un modelo preconcebido de la obra.

A mediados de los años 30 Barbara conoce a grandes artistas, como Mondrian y Kandinsky, y viaja por numerosas capitales invitada a inaugurar exposiciones. Está interesada en ideas para obras a gran escala y muestra su simpatía por la causa antifascista que recorre Europa. Tal día como hoy, 25 de agosto, hace 81 años, en 1939, el matrimonio Nicholson-Hepworth y sus trillizos llegaron a St. Ives, una ciudad costera al sur de Inglaterra, donde se establecieron antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

En St. Ives estableció su estudio, donde continuó su carrera hasta su fallecimiento en 1975. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial Barbara se convirtió, junto a su colega y amigo Henry Moore, en una de las revelaciones más importantes de la escultura de su generación, y sus obras, con los años, fueron alcanzando mayor tamaño; por ejemplo, el monumento a Dag Hammarskjöld (1964) en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York (Estados Unidos), que es una de sus esculturas más reconocidas.

Uno de los golpes emocionales más duros que vivió Barbara en su vida fue la muerte de su hijo mayor, Paul, que falleció a los 19 años en un accidente de aviación de la Fuerza Aérea de Real cuando estaba destinado en Tailandia. La desgarradora muerte de su progenitor la impulsó a trabajar en la obra Madonna y el Niño, además de empujarla a realizar un viaje a Grecia en 1954.

Hepworth fue galardonada con el Gran Premio de la Bienal de São Paulo de 1959 y recibió dos títulos honoríficos: Insignia de Comendador del Imperio Británico (1958) y Dama del Imperio Británico (1965). Su trabajo continuó exhibiéndose por Europa siempre con gran éxito de crítica. También se le concedió el Premio a la Libertad de St. Ives en 1968 como reconocimiento a su importancia para la ciudad.

Barbara Hepworth murió allí, en St. Ives, el 20 de mayo de 1975, después de una larga batalla contra el cáncer y en un incendio en su casa. Tenía 72 años.

Su estudio se convirtió en 1976 en el Museo Barbara Hepworth y en la actualidad su obra está incluida en numerosas colecciones públicas y privadas de todo el mundo, entre las que se encuentran el Deutsche Bank y el Centro de Arte Británico de Yale.

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