CRÍTICA | THE BEASTCrítica
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Un ‘thriller’ grandilocuente surcoreano

Ambientada en el submundo del narcotráfico y la policía de Seúl, la película se centra en la rivalidad de dos veteranos agentes de policía

Ambientada en el submundo del narcotráfico y la policía de Seúl, The Beast es un thriller surcoreano centrado en la rivalidad de dos veteranos agentes enfrentados a un nuevo caso: encontrar al asesino de una adolescente que ha sido torturada de forma brutal durante días. Violenta y con una estética sucia y urbana, la trama se va complicando e intensificando con un coro de matones, prostitutas y venganzas que contribuyen al ambiente sórdido y canalla que retrata el filme. Nada muy original. The Beast está inscrita en una cinematografía que conoce bien los códigos comerciales de un género que no deja de dar vueltas sobre sí mismo para repetir patrones similares.

Aunque está basada, además de en un suceso real que conmovió Corea del Sur, en la película francesa de 2004 Asuntos Pendientes, el director Lee Jun-Ho lleva a su terreno un despliegue que funciona bien en las secuencias de mayor acción (como la del asalto a la casa del principal sospechoso), pero resulta mecánica en el retrato de sus personajes principales. Uno de ellos es el típico policía sucio, auténtico y atormentado; el otro, el típico pulcro, falso e indeseable. Están interpretados respectivamente por Lee Sung-min y Yoo Jae-myung, dos actores curtidos en el cine y las series de su país.

En cualquier caso, y pese al poderío de la industria surcoreana, la película resulta a ratos demasiado enfática y grandilocuente, como cuando uno de los dos agentes rivales (el que sufre) suelta con la mirada fija a un snack de pretzels que los policías como él han sido “criminales en otra vida, y esa es nuestra penitencia”. Tan convencional como resultona, The Beast se mueve en territorios trillados donde la acción va acompañada de una banda sonora machacona y atosigante, los neones verdes y los colores nocturnos dan paso a una violencia cansina y la sordidez de crímenes atroces solo parece una mera excusa para lograr una catarsis final que acaba por importar más bien poco.

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