El álbum familiar de Walter Benjamin

Una biografía coral ofrece nuevas lecturas sobre la vida del pensador. El libro se lee como una historia del siglo XX alemán

Pauline y Emil Benjamin con Walter, tres años, y Georg, seis meses, principios de 1896.
Pauline y Emil Benjamin con Walter, tres años, y Georg, seis meses, principios de 1896.
Georg y Walter, alrededor de 1902.
Georg y Walter, alrededor de 1902.

Sobre los artistas e intelectuales que protagonizaron hechos relevantes del siglo XX se ha escrito en abundancia, de sus ideas, de los grupos que frecuentaban y de quiénes eran sus amigos y adversarios, pero no tanto acerca de sus familiares directos y de su legado genético. En el mundo editorial alemán el formato de biografía coral que pone el foco en las personas más cercanas al sujeto que se estudia goza, no obstante, de cierta popularidad: ahí está el caso de la familia de Thomas Mann (tratados en conjunto por Tilmann Lahme en un ensayo publicado por Navona) o la miniserie documental centrada en ellos (Los Mann. La novela de un siglo, 2001). El entorno familiar de Walter Benjamin es la última saga en recibir esa clase de atención en la recién publicada Los Benjamin. Una familia alemana (Trotta), escrita por el periodista y exdiplomático alemán Uwe-Karsten Heye. En la profusa bibliografía sobre el pensador alemán, faltaba un acercamiento que ahondase en sus vínculos con las personas que le acompañaron durante su infancia y parte de su vida adulta, así como en quienes llevan su apellido.

El ensayo de Heye viene a colmar esa laguna al centrar su atención en la trayectoria vital e intelectual de los hermanos menores de Walter Benjamin, Dora, cuyo trabajo destacó en el campo del ensayo de crítica social, y Georg, escritor, crítico literario y filósofo fallecido en el campo de concentración de Mauthausen en 1942. Los tres, activos opositores al nacionalsocialismo, vivieron demasiado poco; Walter murió en Portbou en 1940 y Dora, en Zúrich, en 1946. El libro también se centra en la cuñada, Hilde Benjamin, la única de la familia que sobrevivió, gracias a que pudo proporcionar el certificado de arianidad que exigía el gobierno nazi para llevar una vida cotidiana exenta de obstáculos y prohibiciones. Hilde llegó a ser Ministra de Justicia de la RDA entre 1953 y 1957 y fue apodada “Hilde la sanguinaria” en la otra Alemania. Heye no olvida tampoco en su ensayo, que también se puede leer como un tratado sobre un siglo de la historia alemana, al sobrino de Walter, Michael (Mischa), hijo de su hermano Georg, ni al nieto de este último, apodado Grischa, a los que dedica gran parte de los últimos capítulos.

Walter Benjamin, 1933.
Walter Benjamin, 1933.

En Los Benjamin hay un deseo de rescatar del olvido a aquellos individuos que contribuyeron desde la retaguardia a la lucha contra el fascismo en Alemania, en concreto a las mujeres de las familias de los pesos pesados de la intelectualidad europea. “Este menoscabo de la hermana”, escribe Heye sobre Dora Benjamin, “es un lugar común que solo puede achacarse a los biógrafos, para los que Walter era el único centro de atención. Aparte de él, la única que ha llegado a la sala de lectura de las bibliotecas es la mujer de Georg, su cuñada Hilde.”

El autor, que fue jefe de prensa de Willy Brandt y, posteriormente, Secretario de Estado del canciller Gerhard Schröder, sigue luchando hoy activamente contra la xenofobia y las acciones vinculadas a la extrema derecha desde la que él denomina “la Quinta Alemania”. Por ello, Heye parece el autor idóneo para un texto como este, donde conviven las andanzas biográficas e intelectuales de sus protagonistas con un objetivo que vertebra el texto: denunciar la pasividad de la República Federal Alemana en sus primeros años de existencia a la hora de hacer justicia contra los crímenes nazis: “No fue hasta los años sesenta del pasado siglo cuando comenzó lo que podemos llamar una revisión del régimen hitleriano”, explica el escritor en una entrevista por correo electrónico. “Lo hizo la generación de los estudiantes de mayo del 68, que finalmente quiso que sus padres y abuelos respondiesen a sus preguntas acerca de cómo surgió el estado criminal del Tercer Reich.”

Dora Benjamin, documento de identidad francés, 1933.
Dora Benjamin, documento de identidad francés, 1933.

Heye ahonda también en el fracaso de la RDA como modelo utópico donde materializar esperanzas de justicia, libertad e igualdad, si bien al mismo tiempo considera incuestionable su rechazo sin contemplaciones al nazismo.

En Los Benjamin hacen sus cameos amistades y personas esenciales para la vida del filósofo alemán como Hannah Arendt, quien habla de él con gran preocupación en las cartas que le escribe a su común amigo el también filósofo judío Gershom Scholem. A este se dirige Arendt para hacerle ver la difícil situación económica de Walter Benjamin en París, pues solamente contaba con los subsidios del Instituto de Investigación Social, que ya se había trasladado a Nueva York huyendo del nazismo. Sorprende descubrir el lugar en el que Arendt, Walter Benjamin y su hermana Dora pasaron un tiempo en 1940 durante su exilio francés: Lourdes, localidad donde se encuentra el santuario dedicado a la famosa virgen. Allí, la discípula de Heiddeger y el menor de los Benjamin, a quien ella llamaba “Benji”, jugaban interminables partidas de ajedrez, tal como le cuenta a Scholem en una de sus cartas.

Hilde Benjamin con su nieta Simone y su nuera Ursula Benjamin frente a un busto de Georg Benjamin, alrededor de 1968.
Hilde Benjamin con su nieta Simone y su nuera Ursula Benjamin frente a un busto de Georg Benjamin, alrededor de 1968.

Otra figura esencial en los últimos días de la vida de Benjamin fue Lisa Fittko, la activista y escritora húngara que quiso ayudarle –a él y a otras muchas personas– a cruzar los Pirineos para huir de la Francia ocupada y dirigirse así hasta Portugal, donde podría tomar un barco rumbo a América. A este episodio final de la vida de Benjamin, Heye le dedica un capítulo entero, en el que además rememora su recorrido personal junto a su pareja y su hijo por la frontera entre España y Francia hasta llegar a Portbou y la emoción de encontrarse con el monumento en su memoria levantado por el artista israelí Dani Karavan. La que sigue perdida 80 años después es la maleta del filósofo, que contenía un importante manuscrito al que Benjamin se refirió en muchas ocasiones.

“En mi opinión, los hermanos Benjamin, por su cercanía fraternal y su apego e inteligencia, han contribuido de modo ejemplar a la cultura alemana”, considera Heye, que se entrevistó con los sobrinos-nietos del pensador para su libro. “Sin raíces judías esta difícilmente se hubiera desarrollado, porque para prosperar, de nuevo, fue necesario oponerse a los hombres superiores y a los teóricos de la raza”. Los Benjamin, una familia alemana, añade, pretende ser un recordatorio de esa idea.

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