Muere Jesús Pardo, un referente de la autoficción salvaje

El periodista y escritor, autor de ‘Autorretrato sin retoques’, fallece en Madrid a los 93 años

El escrito y periodista Jesús Pardo, en 2009.
El escrito y periodista Jesús Pardo, en 2009.Claudio Álvarez

La autoficción, ese género hoy absolutamente vigente que se mueve entre la escritura o la vida como límites suicidas, tuvo en español un referente de genio con la obra de Jesús Pardo. Murió el viernes en Madrid con 93 años y quizás lo hiciera como él mismo relató su hora final en Borrón y cuenta vieja (RBA), la última entrega de sus memorias: asesinado por sus libros en sueños.

Aunque el título que revoluciona en España el género es el primero, Autorretrato sin retoques (Anagrama, 1996). Le siguieron Memorias de memoria, más tarde Borrón y cuenta vieja, pero para entonces, casi sin querer, Pardo había logrado una cumbre en esos harakiris con palabras donde compiló su vida de forma cruel. Alzó un pico en que todo aquel que abordara sus experiencias en un libro debía mirarse.

Conocía en distintos niveles nada menos que 15 idiomas, incluidas lenguas muertas. Coleccionaba ediciones de la Divina comedia y resultó tan coherente en sus paradojas que, antes de morir, transitó el último círculo del infierno con la pandemia. Como el paraíso en Dante no es tan ideal como lo pintan, decidió bajarse, fiel a su vitola de autor maldito e imprevisible por voluntad propia.

Fue casi proscrito un tiempo en Santander, donde vivió desde que tenía dos años después de haber nacido en Torrelavega en 1927. Nunca se consideró santanderino, pero sí sardinerino, es decir, del barrio pegado al mar, del que trazó su propia arcadia ideal y terrible. La ciudad le sirvió de inspiración para muchas novelas, como Ahora es preciso morir, pero, tras Autorretrato sin retoques, debía acudir allí donde se crio bajo protección. Recibió el Premio Honorífico de las Letras, pero a mediados de los noventa, cuando apareció su libro, se pensaba mucho viajar al norte para una conferencia. Sufrió amenazas y avisos después de haber demolido a santones y familias —empezando por la suya— de una ciudad nada acostumbrada a dar que hablar en el sentido que Pardo lo hizo.

También pasó a formar parte de la lista negra de varios prebostes literarios, artísticos, políticos y sociales de los cincuenta y sesenta en España, a los que retrata en el Madrid que conoció al llegar con 21 años. Lo hizo con el único objetivo de convertirse en escritor, un oficio para el que comprendió que debía llevar su cuota de dandi cosmopolita y pendenciero al tiempo, pero también su bagaje de lector librófago.

Se apostó en el Café Gijón y, entre humo, hambre, frío y diatribas, lo logró. En la novela y el periodismo, que le permitió conocer el mundo como corresponsal de Pueblo, Madrid y de Efe. Ejerció como tal principalmente en Londres, pero también en Ginebra, Copenhague, Centroamérica, EE UU, Oriente Medio y Europa del Este, como reportero volante.

Reivindicó el derecho a contradecirse. De ese ejercicio salían, creía, grandes construcciones y logros que han cambiado la historia de la humanidad. Aseguraba que su vida había sido una paradoja salvaje y un cúmulo de otras contras: “Contrapuesta, contraviniente, controvertida y contraproducente”. En ese aspecto, dijo, llegó a ser uno y su contrario: “Señorito y proletario; fascistón y demócrata; supersticioso y agnóstico; pagano y creyente; gurú y payaso”.

Regresó en los setenta a Madrid y entró en el Grupo 16. Fundó Historia 16, pero quiso regresar a Efe y jubilarse ahí. Se consagró a la literatura y la traducción —con más de 200 títulos en distintos idiomas—, se encerró entre libros y no frecuentó apenas ferias ni farándulas. Se aplicó al estudio para escribir y se convirtió en un auténtico francotirador discreto de las letras españolas.

El Autorretrato sin retoques logró varias ediciones y se convirtió en un clásico al que pocos se acercan por su franqueza, altura literaria y honestidad. Pardo se desmonta a sí mismo, para después hallar la libertad suficiente con que retratar lo que le rodea. Imparte una lección magistral e impulsa una corriente que tres décadas después del manotazo de Pardo ha dado tanto de sí. En su caso, rotundamente libre, descarnadamente humano y, ya, inmortal.

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