obituario

Muere Antonio Bonet Correa, el hombre que se inventó la moderna historia del arte en España

Erudito luminoso e innovador, el exdirector de la Academia de San Fernando deja un profundo legado de estudios, libros, clases magistrales y discípulos

Antonio Bonet Correa, en 2009 en una imagen en la Academia de Bellas Artes.
Antonio Bonet Correa, en 2009 en una imagen en la Academia de Bellas Artes.Cristóbal Manuel

La imagen que me viene hoy a la mente de Antonio Bonet Correa (La Coruña 1925-Madrid 2020), una de las más insignes figuras en la conformación de la historia del arte en España si no su inventor, es la primera vez que entró en mi clase de la Universidad Complutense. Era un hombre guapo, de aspecto distinguido, un poco francés en gustos y formas; con un sentido del humor sagaz y una capacidad para el relato que cautivaba a aquellos dispuestos a ir más allá de lo esperado en segundo de carrera. Nunca olvidaré nuestra lectura obligatoria ese año: Tres horas en el museo del Prado de Eugenio d’Ors.

El profesor Bonet, don Antonio ―como le llamábamos cariñosamente los profesores y profesoras de su seminario―, tenía la extraña cualidad de contagiar su enorme entusiasmo por el conocimiento, una erudición tan profunda y tan versátil que no era necesario hacer gala de ella; cierto placer genuino hacia la vida que no perdió jamás, que mantuvo vivo a lo largo de su larga y prolífera carrera que comenzaría en Francia, donde estudió en el Institut d’Historie de l’Art de la Universidad de París y se diplomó en Museología por la Escuela del Louvre, siendo profesor ayudante en la Sorbona de París entre 1952 y 1957. Allí conocería a su esposa Monique, con la cual tendría tres hijos: Isabel, el flautista y musicólogo Pierre Bonet y el escritor e investigador Juan Manuel Bonet.

Se doctoró en España en 1959 y tras un breve paso por la Universidad Complutense y la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, obtuvo una cátedra primero en Murcia y luego en Sevilla ―en esta última ciudad fue nombrado Doctor Honoris Causa hace tres años. En 1973 ganaba la cátedra de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid, en la cual asumió el cargo de vicerrector entre 1981 y 1983. En esta ciudad pasó buena parte de su vida y de este modo la describe en el discurso con motivo del Premio Internacional Geocrítica en 2013: “La ciudad moderna y la ciudad castiza convivían sin encontrar la armonía que un urbanista hubiese deseado. Más tarde, pasados muchos años, conocería la transformación de una ciudad en la que he pasado la mayor parte de mi vida y en la cual, en la actualidad, habito en su parte central.”

Así era su forma de acercarse a las cosas: generosa pero inquisitiva, innovadora pero erudita; curiosa hasta el final

Así era su forma de acercarse a las cosas: generosa pero inquisitiva, innovadora pero erudita; curiosa hasta el final, perdiendo la paciencia estos últimos meses por no tener a mano todo el material para su gran libro sobre Vitrubio, que alternaba con un proyecto del pintor Pérez Villalta. Bonet Correa fue, de hecho, mucho más que una de las máximas autoridades en el periodo barroco con libros imprescindibles- Arquitectura en Galicia en el siglo XVII (su tesis doctoral), Andalucía barroca o sus estudios sobre la Plaza Mayor. Fue un innovador con sus trabajos pioneros sobre las fiestas o sobre el barroco en América Latina que le hizo viajar por ese continente cuando pocos lo tenían siquiera en cuenta. Fue más que el Director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando y miembro de otras tantas; más que vocal insigne del Patronato de la Academia de España en Roma o del Museo del Prado desde 2002 y Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2012.

Bonet Correa fue, sobre todo, un viajero incansable, un cosmopolita que aspiraba a conocer la realidad hasta al fondo; un escritor lúcido y extraordinario prosista: queda demostrado en uno de sus últimos trabajos, el delicioso libro Los cafés históricos (Cátedra). En esta dirigió en los años setenta y ochenta su colección de arte, una de las más rompedoras. Fue, además, un agitador cultural antes de que se codificara siquiera el término en ese Madrid pazguato, pero ansioso de cambios en los primeros años ochenta. Desde sus ojos avispados, atento a lo que ocurría, contribuyó al desarrollo del arte contemporáneo en España antes de que el país supiera siquiera que tal cosa existía. A menudo en la sombra ―no por falsa modestia sino por apego a su libertad― apoyó ARCO, los balbuceos de la crítica en EL PAÍS o los cursos en la Universidad Menéndez Pelayo. En uno de los más míticos sobre Surrealismo, Bonet, con su capacidad asombrosa para el ars combinatoria mezcló la vanguardia ―Maruja Mallo y Pepe Caballero― con algunos de sus discípulos más notables: Juan Antonio Ramírez, Ángel González y Francisco Calvo Serraller. Luego, llegado el momento, cuando los tres últimos nos dejaron prematuramente, los despidió con esa sobriedad suya de patricio romano. Como maestro fue entusiasta y desprendido, capaz de apoyar, contra las opiniones de otros, temas a veces considerados poco académicos, listo para correr el riesgo con los jóvenes investigadores. Va a dejar un hueco inmenso en el corazón de tantos. La historia del arte ―el mundo― se quedan mucho más oscuros sin él.

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