También fueron valientes: italianos audaces de la II Guerra Mundial

Por tierra, mar y aire un puñado de oficiales vivieron grandes aventuras en la contienda

Reconstrucción de un ataque a Gibraltar con torpedos humanos.
Reconstrucción de un ataque a Gibraltar con torpedos humanos.

Uno de los mitos de la II Guerra Mundial es el de que los soldados italianos eran unos cobardes, poco proclives al combate. Ese estereotipo negativo, muy conveniente políticamente para disculpar el que Italia, luego aliada, luchara en el bando del Eje hasta 1943 (pelearon en el lado de los malos, sí, se admitía, pero a desgana), ha sido desmontado por los historiadores militares. Cierto, los italianos podían estar a menudo mal mandados y mal equipados, e importarles una higa la mística imperial fascista y la faccetta nera, bell’Abissina, pero hay muchos episodios que demuestran que sabían luchar y que podían ser tan fieros y marciales -y brutales- como cualesquiera otros combatientes. Unidades como la división blindada Ariete, que le salvó los muebles más de una vez a Rommel en África, despertaron la admiración de amigos y enemigos.

En el terreno de lo individual, cuando uno piensa en la segunda contienda, le vienen de entrada a la cabeza aviadores como Adolf Galland, Bader o Closterman, marinos como Prien, Rogge o Hunt, soldados como Stirling, Wingate, Wittman, Záitsev, Skorzeny… Pero entre los más aventureros militares de aquella guerra brillan con nombre propio también unos cuantos italianos. Entre ellos, el as de la aviación Mario Visintini -Il Falco Tricolore y también Il Pilota Solitario-, el jinete Amedeo Guillet -el comandante Diavolo-, y el muy fascista marino Valerio Borghese -Il Principe Nero-, jefe de la legendaria unidad de comandos Decima Mas. Con gente así nadie te dice a la cara que tienes un ejército de Commedia dell’arte o unas fuerzas agapó, amorosas, que de esa forma les llamaban los griegos (cuando no les llamaban otras cosas) por su propensión a ligarse a las mujeres locales en plan el capitán de la mandolina.

Visintini (véase Italiani nelle guerre D’Africa, de Orazio Ferrara, IBN, 2012) es uno de mis aviadores favoritos, de manera especial por inspirar a Hugo Pratt (En un cielo lejano, Norma, 2000), que ya es destino. Luchó en las filas de la Aviazione Legionaria en España -en el grupo La Cucaracha-, y logró un derribo de un Polikarpov I-16, un Mosca. Pero fue en África del Este, en los cielos eritreos, etíopes y sudaneses de Asmara, de Massawa, de Gura, de Metemma, de Jartum, donde se convirtió en un mito abatiendo aviones de la RAF (Blenheims, Wellesleys, Gloster Gladiators y hasta un Hurricane) en ese escenario tan exótico de la II Guerra Mundial. A los mandos de su Fiat CR 42 fue el as de los biplanos en la contienda, con 16 victorias y el apodo -otro más- de Il cacciatore scientifico. Se mató a los 27 años estrellándose contra el monte Bizèn, en Nefasit, mientras buscaba con mal tiempo a un compañero caído.

Si el capitán Visintini volaba con la insignia del cavallino rampante del as de la I Guerra Mundial Francesco Baracca (el emblema de Ferrari), Amedeo Guillet, el Lawrence de Arabia italiano, vivió sus aventuras bélicas a lomos de caballos de verdad, especialmente un semental blanco llamado Sandor. Guillet (Amedeo, Sebastian O’Kelly, Harper Collins, 2002) comandó una fuerza de caballería nativa amhara y con sus épicas cargas sable en mano tuvo en jaque en 1941-42 a los británicos que invadieron la Eritrea italiana desde Sudán. Con Amedeo estamos en los predios de Salgari: un auténtico espahí de Libia de bella figura que aprendió a montar con los húsares húngaros en Orkenyi -además de enamorarse de una de las hijas gemelas de un ministro de Horthy y conocer a Lászlo Almásy, el personaje de El paciente inglés (era amigo de su hermano Janos) -, y tiene entre sus aventuras -no sé dónde lo he leído- haberse empeñado en la búsqueda de la corona perdida del Negus, tomada (tras llevársela de Etiopía Mussolini) por los partisanos comunistas de la Brigada Garibaldi. Como se ve hay episodios en la II Guerra Mundial más allá de la Blitzkrieg, Stalingrado o la batalla del Mar del Coral.

Guillet, que se enorgullecía más que de sus medallas (ha sido el italiano más condecorado de la historia) de no haber sido nunca traicionado por sus tropas nativas, vivió hasta los 101 años, lo que tiene especial mérito si te has dedicado a atacar a caballo fuerzas blindadas como él hizo en Keru en 1941. Tras la derrota italiana en África Oriental, nuestro hombre -que también había luchado en la Guerra Civil en España, integrado en la división Fiamme Nere- se caracterizó de árabe y logró llegar al Yemen donde formó a la caballería del sultán. Aristócrata fiel toda la vida a la casa de Saboya, Guillet se dedicó tras la guerra a la antropología y ocupó cargos diplomáticos.

El tercer italiano es un tipo más controvertido que los otros dos, un pedazo de fascista impenitente y contumaz, héroe de la extrema derecha, al que cuesta acercarse sin taparse la nariz, pero al que, sin embargo, no se le puede negar haber vivido aventuras sin cuento y ser valiente. Junio Valerio Borghese es el hombre que vino a simbolizar durante la II Guerra Mundial los grandes éxitos de la famosa unidad naval de la X Flottiglia MAS, la Decima Mas, de la que formaban parte los arrojados hombres rana que atacaron los puertos británicos en el Mediterráneo a lomos de sus maiale, los torpedos tripulados. Esa fuerza, que incluía también submarinos, buzos de combate y lanchas explosivas (Motoscafo turismo silurante marino, MTSM, y que viva la capacidad semántica de los italianos) que iban a empotrarse en los barcos enemigos, escribió algunas de las páginas más asombrosas de la contienda y sirvió de inspiración a otros ejércitos: los Navy Seals, nada menos, le deben mucho.

Borghese, el príncipe negro de los comandos de la marina (véase The black prince and the sea devils, de Greene y Massignani, Da Capo, 2004), era de verdad un príncipe que tenía entre sus antecesores a Camillo Borghese -el papa Pablo V-, y al marido de Paulina Bonaparte. Casado con una condesa, Daria Wassiliewria Olsonfieff, tan facha como él, el tipo empezó su carrera en submarinos, a bordo de los cuales luchó en la Guerra Civil española. Ya en la II Guerra Mundial, se unió con su submarino Scirè a la Decima MAS (el acrónimo de las lanchas rápidas italianas Motoscafi anti sommergibile) cuyo motto (que no moto) era Memento audere semper, recuerda siempre atreverte. En el grupo, con un conglomerado de armas y técnicas secretas, estaba gente audaz como Teseo Tesei, Luigi Durand de la Penne, Luigi Ferraro, Spartaco Schergat (sería por nombre), Girolamo Marisco (!) o el hermano del aviador Visintini, Lisio, que también palmó durante la guerra (apúntense todos esos nombres los que duden del valor de los italianos en la guerra mundial). Había desde luego que tener coraje para subirse a un torpedo y meterse con él entre los barcos enemigos para hundirlos con su cabeza explosiva de 230 kilos.

Los nuotatori d‘assalto atacaron Gibraltar varias veces y lograron un éxito sin precedentes en Alejandría, adonde los condujo Borghese a bordo del Scirè. El propio Churchill les rindió tributo a los italianos, preguntando a sus subordinados cómo era posible que les hubieran pasado por delante. Lo de Decima Fottiglia MAS lo conservaron un poco como hizo el SAS (el servicio especial aéreo) británico para despistar y esconder su actividad real de comandos. Borghese se fue haciendo con el control de la unidad hasta convertirla casi en un ejército privado. Llegó a discutir con el almirante Doenitz un plan ¡para atacar Nueva York! Cuando Italia se pasó en 1943 al bando de los Aliados, Borghese y la Decima Mas permanecieron al lado de los alemanes y la unidad, a la que nunca faltaron voluntarios con ganas de marcha, se diversificó para acometer tareas sucias de contrainsurgencia y lucha contra los partisanos. Tras la liberación de Mussolini por Otto Skorzeny -con el que Borghese guarda muchos parecidos- el grupo se puso en la órbita de la República de Saló, aunque no prestaron juramento de lealtad, izaron su propia bandera y el nuevo gobierno de Mussolini llegó a arrestar a su jefe.

En medio de lo que fue una verdadera guerra civil italiana, la unidad, además de luchar en Anzio y contra los yugoeslavos, se involucró en varias atrocidades (Borgo y Castelletto Ticino) ganándose, fuera del agua, una fama siniestra. Cercada por los Aliados fue una de las últimas fuerzas de la república fascista en rendirse y disolverse. Cómo consiguió librarse Borghese de que lo ejecutaran al final de la guerra es un misterio. Se dice que por el interés de los servicios secretos Aliados en sus técnicas de combate marino y también por la amistad personal con Pablo VI. No se le consideró criminal de guerra.

Las aventuras de Borghese no acaban ahí. Se puso a la cabeza de varios partidos neofascistas y se le relaciona con el hundimiento en 1955 del acorazado Giulio Cesare llevado a Sebastopol como reparación de guerra y rebautizado Novorossiyks. Vinculado a la red Gladio, y relacionado según algunas fuentes con la CIA y la Ndrangheta, en 1970 participó en el golpe de Estado de extrema derecha de la Noche de la Madonna y hubo de salir por piernas hacia la España de Franco, donde encontró asilo. Murió en Cádiz en 1974, al parecer -a mí me suena demasiado bonito para ser verdad- en brazos de una mujer, una princesa romana, y habiendo tenido tiempo de vaciar dos copas de Dom Perignon, una muerte húmeda digna, sin duda, del jefe de los buceadores.