EL INMADUROColumna
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Cervantes

Todos jurarían o prometerían haber leído el Quijote y sería este asunto de gran concordia entre la clase política. Y el que de verdad lo hubiera leído, más placer hallaría que aquel que mintiera

Estatua de Don Quijote se protege contra el coronavirus frente a la casa natal de Cervantes en Alcalá de Henares.
Estatua de Don Quijote se protege contra el coronavirus frente a la casa natal de Cervantes en Alcalá de Henares.EFE / Fernando Villar

Tuve un sueño inspirado por el mismísimo Miguel de Cervantes, en el que me era dado contemplar un cambio misterioso en la liturgia con que se adorna el acto de posesión de diputado a cortes. En vez de jurar o prometer la constitución española de 1978, se juraba o se prometía haber leído el Quijote. En ese instante me desperté. Eran las seis de la madrugada y pensé “el confinamiento me está volviendo loco”. Noche cerrada y carretera vacía en el balcón de mi dormitorio. Y mi edición del Quijote abierta encima de la cama.

Dormir al lado de semejante libro no puede ser bueno. Cinco años se tiró Cervantes preso en Argel, sin wifi y sin café con leche. Cinco semanas llevo yo en arresto domiciliario. Vino la frase que estaba temiendo que viniera “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”. Todos jurarían o prometerían haber leído el Quijote y sería este asunto de gran concordia entre la clase política. Y el que de verdad lo hubiera leído, más placer hallaría que aquel que mintiera. Pero aquel que mintiera, y prometiera o jurara en falso, no dormiría en paz, como yo ahora mismo, que no duermo en paz, porque me persigue la lengua de Cervantes. Horror de la noche del confinado. Un viaje al supermercado de vez en cuando en donde me repito como letanía “don Miguel, durante cinco años, ni este menester le fue concedido por sus custodios malos”.

Cervantes es un estado venenoso de la lengua castellana. Ya lo dijo la poeta Luisa Castro hace pocos días en este periódico. Y aquellos diputados que prometieran o juraran en falso, sin duda pensarían que la reparación de la mentira sería sencilla. Con lo cual, en noches como esta, veríamos a un noble batallón de diputados de la izquierda y la derecha y aún del independentismo pernoctando en la amable selva cervantina. El independentismo con buenos ojos viera mudanza de jurar la constitución por la ejemplar novela de Cervantes.

Ay, que todos los diputados del parlamento entonces se convertirían en lectores de Cervantes, hecho que cambiaría sus vidas, y serían éstas entregadas a la prudencia, a la duda, a un sentido de la libertad que no termina ni con el buen gobierno de la república y ni siquiera con la muerte, tristeza que a todos nos ha de acontecer, si bien a aquellos que en Cervantes nos hicimos seres humanos con más auxilios en el último momento habremos de vernos. Puro veneno del castellano antiguo.

Noche compleja del confinamiento donde la libertad se ha marchado, y con ella la vida también. Doy la luz y allí está la inmortal novela cervantina. Y apago la luz, y el libro aún queda un rato iluminando la oscuridad, y con su brillo viejo mantiene viva la libertad del mundo, y si no la del mundo, al menos la de mi corazón, aún enamorado de la vida que se fue.

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