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Odio y fuego en la ‘banlieue’

Recuerdo ‘The Wire’ en determinados momentos de esta crónica dura y creíble. El director Ladj Ly sabe de lo que habla. Es su barrio, ha pasado ahí su vida

Desde la izquierda, Damien Bonnard, Alexis Manenti y Djibril Zonga, en 'Los miserables'. En el vídeo, Boyero habla de la película.

En la prodigiosa serie The Wire, ese retrato desolador de la inevitable corrupción de la política, el feroz tráfico de drogas callejero, los trapicheos de un sindicalismo portuario que intenta sobrevivir a su ocaso, la educación de niños negros y problemáticos abocados a un futuro sombrío, la mezcla de profesionales y de pringaos en esa policía tantas veces manipulada o amordazada por el poder, el acceso de los grandes traficantes al turbio mundo de la construcción para lavar su botín, las grandezas y las miserias del periodismo, repleta toda ella de personajes memorables, existe uno aparentemente grisáceo que merece todo mi cariño y mi admiración. Se llama Roland Pryzbylewski. Entró en la policía por la recomendación de su suegro, un comisario polaco que utiliza su cargo para todo tipo de pringues. El enchufado Ronald es inicialmente arrogante y bobo. En una noche pasada de copas hacen una inútil redada en el barrio donde se menudea con el jaco. La tensión estalla. El aterrado Roland le salta un ojo a un chaval. Y el idiota evoluciona. Hace bien su trabajo en las escuchas a los narcos. Posteriormente enviará al infierno a su dominante suegro y se buscará la vida dando clases en un colegio muy complicado. Intentará enseñar, ayudar y proteger a los críos más desvalidos. Y este hombre honesto y solidario se estrellará contra la realidad.

LOS MISERABLES

Dirección: Ladj Ly.

Intérpretes: Damien Bonnard, Alexis Manenti, Djibril Zonga.

Género: thriller. Francia, 2019.

Duración: 102 minutos.

Recuerdo The Wire en determinados momentos de Los miserables, crónica dura y muy creíble de la volcánica relación en la banlieue parisiense entre chavales desocupados y de porvenir incierto, con la violencia latiendo en su entorno y dentro de ellos, y la odiada brigada de policía que intenta mantener una ficticia paz en el barrio, a veces pactando, a veces amenazando o dando caña, sabiendo que su labor es inútil, que todo va a seguir igual porque los de arriba se desentienden del problema o aportan medidas ficticias.

Esta película desprende conocimiento, electricidad y autenticidad. El director Ladj Ly sabe de lo que habla. Es su barrio, ha pasado ahí su vida. Sabe que la hoguera puede estallar en cualquier momento. También que hay imanes barbudos dispuestos a canalizar la ira de los jóvenes, atraerlos hacia las mezquitas, ofrecerles refugio, consejos y las enseñanzas fundamentalistas, conscientes de que pueden ser carne de yihad.

Y entre la policía hay de todo. Desde un tipo que solo cree en el uso indiscriminado de la fuerza y de intimidación para lograr el amedrentamiento, al recién llegado que cree en la ley y en el diálogo, al tibio que en un momento de pánico provocará el infierno disparando a un crío. Vives esa tensión de principio a fin y el amenazador desenlace con una imagen en la que puede explotar el horror, con las fuerzas del orden acorraladas por el odio y por el fuego, te crea una sensación muy incómoda. Es lo que se ha propuesto el muy expresivo director. No es un trabajo de encargo. Su visión del conflicto nace de su compromiso y es compleja. Misión cumplida.

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