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Te querré siempre

Es una de las obras más precisas y dolorosas que ha dado el cine reciente sobre algo tan duro de atrapar como la fractura del amor

Scarlett Johansson y Adam Driver, en 'Historias de un matrimonio'. En vídeo, el tráiler de la película. Vídeo: Netflix

Historia de un matrimonio no es solo la mejor película de Noah Baumbach, es una de las obras más precisas y dolorosas que ha dado el cine reciente sobre algo tan duro de atrapar como la fractura del amor. Una película generosa en su planteamiento —desde el mismo arranque se respira el esfuerzo de Baumbach por intentar un equilibrio en el punto de vista de sus dos personajes, aunque por pura lógica comprenda mejor el masculino— pero implacable en su devastadora cronología del proceso de descomposición de una pareja. Un viaje sin tregua en el que sus dos intérpretes, unos descomunales Adam Driver y Scarlett Johansson, se entregan con la sutileza de los grandes a una película que por su exigencia, su sentido del humor y su sentido común resulta infinitamente más desgarradora. Se llora viendo Historia de un matrimonio, pero se llora muchísimo más cuando encendidas las luces se vuelve a pisar la calle.

HISTORIA DE UN MATRIMONIO

Dirección: Noah Baumbach.

Intérpretes: Adam Driver, Scarlett Johansson, Laura Dern, Ray Liotta, Alan Alda.

Género: drama. EE UU, 2019.

Duración: 136 minutos.

Baumbach es muy hábil dejando que sean los abogados implicados en este divorcio quienes se lancen al circo del odio y el resentimiento. Entrega los guantes de boxeo y por tanto de la guerra de sexos (resuenan clásicos de este subgénero como La guerra de los RoseCrueldad intolerable) a los fabulosos Laura Dern, Ray Liotta y Alan Aldan y así protege a sus exenamorados del delirio legal y moral que subyace en toda ruptura. Tampoco abusa (como tantos melodramas tramposos a lo Kramer contra Kramer) del sufrimiento del hijo de la pareja. El niño está, es medular en el conflicto, pero sin caer en un sentimentalismo obsceno y barato.

De alguna forma Historia de un matrimonio es lo que nunca vimos en Una historia de Brooklyn, película de 2005 en la que Baumbach también hablaba de una separación, la de sus padres, los escritores y críticos de cine Jonathan Baumbach y Georgia Brown. Si aquí la pareja la conforman un director de teatro y una actriz (con las obvias referencias al Papa del desamor, Bergman) allí eran una pareja de escritores que en lugar de tirarse los trastos a la cabeza se tiraban sus petulantes citas literarias. Aquellos personajes resultaban demasiado antipáticos y la mirada al sexo era turbia porque la historia se contaba a través de los ojos del hijo adolescente. La intención era notable pero el resultado hermético y contradictorio: ningún hijo pisa el resbaladizo terreno de la separación de sus padres sin embarrarse. Acompasado por los intensos violines del Street Hassle de Lou Reed, la mirada final del personaje interpretado por Jesse Eisenberg (trasunto en aquella película del director) solo era una viciada huida hacia delante. Un laberinto emocional donde una insoportable mezcla de amor e instinto de supervivencia nos recordaba que para un hijo sencillamente es imposible digerir la carnicería entre el hombre y la mujer que lo engendraron.

Pero Baumbach ha crecido y el naufragio ya no es el del sus padres sino el suyo propio. Atrás quedan sus colaboraciones con su amigo Wes Anderson, sus neurosis neoyorquinas como un nuevo Woody Allen y su maravilloso ciclo de películas (Frances Ha, Mistress America) realizadas junto a su actual compañera, la actriz y cineasta Greta Gerwig. Es su propia voz, esa que tanto reclama el personaje de Scarlett Johansson, la que surge en una tierra de nadie entre Nueva York y Los Ángeles, entre Broadway y Hollywood. Y allí, como Adam Driver en una de las secuencias más hermosas de este genial filme, Baumbach nos susurra el Being Alive de Stephen Sondheim, su impagable canto al amor eterno.

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