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CRÍTICA i

El nuevo pop es lóbrego

En el concierto en Barcelona, Eilish dejó las palabras tenuemente pero sin indolencia, como una estrella, que recordaba a una suerte de Pipi Calzaslargas más turbia y atormentada

Eilish en un concierto en agosto en Dublín. En video, imágenes del concierto en Barcelona. FOTO: REDFERNS | VIDEO: ATLAS

Necesitó solo cuatro canciones para enseñar buena parte de sus argumentos, muchos. Comenzó tenebrosa con Bad Guy, pero apenas podía escucharse su voz musitada porque todo el Sant Jordi, lleno, cantaba desaforadamente y la enterraba. Siguió con My Strange Addiction, una pieza pop más colorista que congeniaba tanto con el color de su cabello, verde y negro ceñido por dos coletas, como el de su holgado vestuario, un estampado informal sobre base naranja. Continuó con otra pieza sombría, ilustrada con arañas en las pantallas y en la base del escenario, pero este You Should See Me In A Crown era recibido como otra canción pegadiza más, como si las arañas ya sólo diesen miedo a los adultos que allí no estaban. La cuarta pieza fue una balada, Idontwannabeyouanymore, con una letra impropia de las baladas, en las antípodas del romanticismo, para Billie Eilish algo tan inútil como ser una estrella más. Y no lo es. En la noche de ayer, en el primero de sus dos conciertos en España, la adolescente estadounidense mostró la otra cara del pop, probablemente la que pide paso de la mano de una nueva generación cuyo sentir ha sabido captar.

Su aspecto, ropa amplia que desdibuja sus formas y aleja el icono sexual; su manera de moverse por escena, directa, sin apelar a la elegancia, simplemente saltando o braceando para acentuar el ritmo; sus letras, transmisoras de un cierto desasosiego, mucha inconformidad y quintales de personalidad y su estilo como vocalista, susurrando las letras, dejando ir las palabras tenuemente pero sin indolencia, dibujaron el patrón de una nueva estrella del pop, que recordaba con su peinado y ropa a una suerte de Pipi Calzaslargas mucho más turbia y atormentada. Porque así sonaban buena parte de las canciones que la han hecho popular, canciones lóbregas, teñidas con la melancolía que se siente por lo que nunca se ha conseguido y que no mueve a protestar gritando, sino retorciendo el pop con bases influidas por el hip-hop y la electrónica y cantando bajito porque en tiempos de ruido gritar más solo te convierte en una más. Cantando quedo solo te escucha quien debe.

Pero a pesar del retrato parcialmente sombrío de la estrella, su concierto fue una jovial celebración pop. Todas las canciones fueron celebradas por el público con el convencimiento de quien ha encontrado a una igual que allí, sobre el escenario, parecía una chica normal con los problemas de las chicas normales. Pero no normal tipo Ed Sheeran, plano, normal porque Eilish ha sufrido y lo cuenta, ha padecido dolencias y está cansada de ser considerada nada más que una cría de 17 años. Sí, los más jóvenes lo tienen todo, nada les falta y las oportunidades, dicen, se abren ante ellos, pero algo debe chirriar cuando el nuevo pop es lóbrego y su sacerdotisa mira aviesamente, desasosegando.

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