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Las que (no) logran salir

Muestra el proceso de adicción y degradación de una chica de clase media, brillante estudiante, desde los 15 años hasta la madurez

Fotograma de 'Déjame caer'.
Fotograma de 'Déjame caer'.

Dos interesantes películas del año 2018 sobre la drogadicción, radicalmente opuestas en estilo y tono, han coincidido sin embargo en la huida del orden cronológico. Como si las adicciones acabaran con el antes y con el después, con el devenir natural, y se entrara en un estado donde todo se entrecorta y nada fluye, una temporalidad flotante donde la vida no es un discurrir sino un continuo estrellarse.

DÉJAME CAER

Dirección: Baldvin Zophoniasson.

Intérpretes: Lára Jóhanna Jónsdóttir, Álfrún Laufeyjardóttir, Gary Anthony Stennette.

Género: drama. Islandia, 2018.

Duración: 136 minutos.

La melodramática y notabilísima Beautiful boy, de Felix Van Groeningen, acudía a las rupturas del continuo secuencial mediante insertos del pasado (escuela Nicolas Roeg), que nunca llegaban a configurarse como flashbacks al uso. La seca, terrible, estimable y algo ardua Déjame caer que hoy se estrena, dirigida por el islandés Baldvin Zophoniasson, prefiere el hachazo elíptico (escuela hermanos Dardenne), ese que durante algunos minutos es incluso complicado de seguir y de entender, pues se hace por corte, sin encadenados, fundidos ni subrayado narrativo alguno.

El proceso de adicción y degradación de una chica de clase media, brillante estudiante, desde los 15 años hasta la madurez, a golpe de jeringuilla, violencia y prostitución. Donde cada salto en el tiempo es una prueba para el espectador. Donde nunca hay una narración en paralelo entre el presente y el pasado. Donde todo es intermitente. De hecho, como con cualquier flash forward, los primeros adelantos de la madurez despistan porque solo está el dato del nombre de la chica, y no hay asideros de vestuario, de complementos de época o, ya se ha dicho, de puro lenguaje cinematográfico tradicional.

La película, en su primera hora, se hace un tanto cuesta arriba. Aunque no tanto por la narrativa, ciertamente sugestiva, como por su acumulación de desastres. Se supone que entre lo elidido por el director hay momentos de luz, de esperanza. Pero no se empiezan a mostrar hasta la hora y 35 minutos. Para entonces, algún espectador puede sentirse ya abandonado. Aunque si se ha resistido, al final hay recompensa porque Déjame caer, basada en una historia real, se va fortaleciendo en su relato y en su narrativa con un último trecho donde se redondea su dicotomía básica: las que lograron salir del agujero, y las que no.

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