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Roman Zadorov, un condenado pese a todas las dudas

El juicio a un inmigrante ucranio por el asesinato de una adolescente en 2006 aumentó la desconfianza hacia la Justicia, que le encarceló sin pruebas concluyentes

Roman Zadorov, en el centro, en el Tribunal Supremo, en Jerusalén en diciembre de 2015. En vídeo, un repaso del caso.

Roman Zadorov, inmigrante de Ucrania en Israel, se ganaba la vida con trabajos ocasionales de mantenimiento. Tenía dificultades con el hebreo y un permiso de residencia temporal. De su relación sentimental con una mujer judía había nacido un niño apenas un mes antes. A la una y media de la tarde del 6 de diciembre de 2006 estaba comiendo en la cantina del colegio Nofei de la localidad de Katsrin, en los Altos del Golán, territorio sirio ocupado desde 1967. A nadie le extrañó su presencia: llevaba varios días reacondicionando el refugio antibombardeos del centro. A esa misma hora, la estudiante Tair Rada, de 13 años, fue vista por última vez con vida en las escaleras que conducen a los aseos para niñas.

Ella no volvió a casa a la hora habitual, al término de las clases, y sus padres dieron la voz de alarma. Los vecinos de la desolada Katsrin —8.500 habitantes, la mayor colonia judía de la meseta del Golán— se movilizaron de inmediato en su búsqueda. El cadáver fue localizado a las 18.50 en uno de los retretes del colegio. La puerta estaba cerrada por dentro. Su cuerpo presentaba un profundo corte en el cuello. Las paredes tenían salpicaduras con su sangre, que formaba un charco en el suelo. Tres huellas de zapatos teñidas de rojo mostraban que el asesino había huido saltando por la cabina adyacente de los servicios.

La policía investigó a Zadorov por primera vez cuatro días después del crimen, tras haber peinado sin éxito el territorio ocupado, habitado también por drusos de origen sirio. El operario ucranio, único forastero en Katsrin, fue detenido 48 horas más tarde como principal sospechoso. Le interrogaron en ruso, la lengua que hablan un millón de israelíes de familias emigradas desde la Unión Soviética. Su abogado, Yarom Halevy, sostiene que le tendieron una trampa.

Un supuesto detenido con el que compartía celda resultó ser un agente que le indujo a reconocer su culpabilidad. Le aseguró que la policía científica había hallado restos de su ADN en el cuerpo de la chica —pese a que aún no había resultados de las pruebas— y que si admitía ser el asesino podría librarse de una condena a perpetuidad. No tardó en confesar.

La sociedad israelí se encontraba conmocionada por el asesinato de una alumna adolescente en los lavabos de un colegio en pleno horario escolar y en una zona de máxima seguridad del Golán. Tras haber obtenido la declaración formal del sospechoso, los mandos policiales decidieron que no merecía la pena tener en consideración los resultados de los análisis de ADN, que no se ajustaban al perfil genético del detenido. Se trataba de restos de pelo localizados en el cadáver de Tair que habían sido enviados a Estados Unidos. En aquella época no había laboratorios cualificados en el Estado hebreo.

Tair Rada, la alumna asesinada.
Tair Rada, la alumna asesinada.

La policía presentó cargos formales contra Zadorov a comienzos de 2007, a pesar de que muchos detalles reflejados en su confesión no cuadraban con el escenario del crimen. Los agentes guiaron aparentemente sus pasos hacia los servicios de niñas durante la reconstrucción de los hechos, desoyeron que había declarado que cerró la puerta del retrete por fuera e ignoraron que la suela de las botas de trabajo del operario de mantenimiento no se correspondía con las huellas ensangrentadas.

Cuando el inmigrante se retractó de su autoinculpación ya era demasiado tarde. El tribunal de Nazaret (norte de Israel) que le condenó en 2010 a pasar el resto de su vida en prisión se atuvo rigurosamente a la confesión original firmada ante la policía que, según rezaba la sentencia, “incluía detalles del crimen que solo podía conocer el asesino”.

En 2012, el Tribunal Supremo devolvió el caso a los jueces de distrito para que tuvieran en cuenta las huellas de calzado halladas en el servicio, pero el tribunal de Nazaret acabó reiterando en 2014 la sentencia a cadena perpetua. Llegado el último recurso, la más alta instancia judicial de Israel ratificó el fallo en diciembre de 2015. Uno de los tres magistrados del Supremo emitió, sin embargo, un voto particular discrepante con la condena de cárcel de por vida y pidió la absolución de Zadorov. Invocó el principio in dubio pro reo, que favorece al procesado si no es posible probar los hechos más allá de toda duda razonable.

El abogado del condenado emprendió entonces una batalla legal para conseguirle un nuevo juicio. Era un reto sin apenas precedentes: a lo largo de los 72 años de historia del Estado de Israel solo se han reabierto cinco casos con sentencia firme por asesinato. En octubre del año pasado el letrado Halevy solicitó nuevas pruebas de ADN, esta vez en los modernos laboratorios del Instituto de Medicina Forense de Israel, para verificar si los restos de pelo hallados se correspondían con los de una mujer —identificada por las iniciales A. K.—, que había sido interrogada durante la investigación policial.

Serie de investigación

Considerado durante años un monstruo sanguinario, la sociedad israelí parece haber cambiado de opinión sobre Zadorov —cuya confesión venía a sellar las grietas que cuarteaban la consistencia del caso— tras la emisión en televisión de la serie La sombra de la verdad en 2016. El documental de investigación reabrió antiguas incógnitas y puso de relieve brechas y lagunas en las pesquisas policiales y la instrucción judicial.

En el último de los cuatro capítulos, un hombre a quien solo se nombra con las iniciales A. H. afirma haber declarado ante la policía en 2012 que su exnovia —precisamente la sospechosa A. K.— había reconocido ser la autora del crimen y le mostró ropas y un cuchillo ensangrentados. Los agentes la mantuvieron en arresto domiciliario, pero A. K. escapó de su casa e intentó matar a una persona en su huida. Detenida de nuevo, fue enviada a un psiquiátrico sin que volviera a prestar declaración por la muerte de Tair Rada a causa de su inestabilidad mental. La mujer sospechosa se halla ahora fuera de Israel. La policía considera que el testimonio de su exnovio obedeció al despecho de una ruptura sentimental.

“La condena de Zadorov ha acrecentado la desconfianza de los ciudadanos israelíes hacia el sistema legal”, argumentaba Ari Pines, coguionista del serial en declaraciones al diario Haaretz poco después de su estreno. El documental fue galardonado por la Academia de la Televisión de Israel en 2017.

El impacto de la serie fue tan hondo que el fiscal del Estado, Shai Nitzan, llegó a calificarla de “peligro para la democracia”. “Lo que de verdad pone en peligro la democracia son las trabas a la libertad de expresión”, replicaron entonces los productores. En un mundo globalizado, ahora es posible seguir a través de Netflix la trama de La sombra de la verdad, que se interroga con luces y sombras sobre si el beneficio de la duda ampara o no al convicto Roman Zadorov.

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