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Muere el dibujante argentino Guillermo Mordillo a los 86 años

El viñetista, concido por sus tiras de humor mudo, fallece en Mallorca, donde pasaba largas temporadas

Guillermo Mordillo
Guillermo Mordillo, en 2015 en Palma. EFE

Es posible que la única necrológica coherente para la muerte de Guillermo Mordillo Menéndez, sucedida a los 86 años en Mallorca, donde tenía una casa y pasaba largas temporadas, fuera una colorida ilustración a toda página, barroca en composición, llena de plantas y animalillos redondeados (y alguna jirafa, claro), con una muda lápida en blanco. Sería la mejor forma de recordar a un humorista que consiguió hacer universal su manera de ver el mundo, a través del dibujo, pero el apremio de escribir esta necrológica nos obligará a recurrir a la palabra, precisamente la que evitó desde sus primeras colaboraciones de humor en Francia en los años sesenta, según él mismo reconocía, porque era la única manera de ocultar que no sabía francés.

De padre extremeño y madre asturiana, fue un viajero impenitente hasta recalar en Mallorca este argentino del bonaerense barrio del Caballito, nacido el 4 de agosto de 1932, que hizo gala desde muy joven de su gran dotación para el dibujo, colaborando en revistas de la editorial Codex, a la par que desarrollaba una pasión por el fútbol que de niño le llevó del River Plate al Ferro Carril Oeste (dicen que porque su madre quería aficionarse también al fútbol y sus ojos verde oliva eran los colores de ese club), el equipo cuyos colores pudo llevar, literalmente, después por todo el mundo.

Con poco más de 20 años, su inquietud le llevó a dejar Argentina y viajar en busca de trabajo, primero a Perú, donde se dedicó a la ilustración publicitaria, y luego a Estados Unidos, donde quería dedicarse a la animación por su admiración rendida a Walt Disney. Tras varios años dedicado a la producción de cortos y películas animadas en la Paramount, a principios de los años sesenta decide trasladarse a Madrid, pero la España franquista no le agrada y se dirige pronto a París, donde consigue trabajar como ilustrador hasta que, en 1966, le convencen para hacer humor gráfico. Un punto de inflexión decisivo para su carrera, que se proyecta desde ese momento gracias a sus colaboraciones en Paris-Match, Lui o Marie Claire, que le abrirán la puerta de los magazines más importantes del mundo.

Su particular y reconocible estilo gráfico, de formas redondeadas y exuberante cromatismo, en el que las figuras humanas siempre destacaban en inmaculado e intencionado blanco, fue su tarjeta de visita, junto a un humor tan sencillo como universal. Mordillo no hacía actualidad política ni editorialismo: sus dibujos tocaban de forma recurrente temáticas como el sexo y las relaciones humanas, representados con esos personajes narigudos y esas jirafas omnipresentes en toda su obra, perfectos protagonistas de un humor que se basaba en el gag de una coreografía con reminiscencias de los grandes del cine mudo, siempre mirando al gran Buster Keaton. Pero, también, gags que había aprendido, y mucho, del gran Eduardo Ferro, de Patoruzú, del que tomó influencia en su estilo gráfico y, sobre todo, del ritmo y la composición de la página.

Esa cadencia compositiva forma la parte fundamental del humor de Mordillo, mucho más que su trazo y su paleta de colores: el magisterio narrativo que le llevaba a hacer chistes gloriosos. Quizás por ese dominio del tempo, Mordillo encontró en el deporte una temática donde se movía como pez en el agua. Con el fútbol casi siempre como protagonista, siempre con los colores del Ferro, eso sí, el dibujante argentino consiguió convertirse en el referente del humorismo gráfico en el deporte.  Con él éxito internacional, deja París para instalarse entre Mallorca y Mónaco, mientras sus dibujos se publican en las grandes revistas del mundo. Aunque no volvería a vivir en Argentina, la revista del diario La Nación publicó puntualmente todas las semanas durante décadas sus dibujos, ya convertidos en iconos de merchandising que se podían encontrar en tazas, peluches, tarjetas de felicitación o puzles.

A lo largo de su carrera, solo realizó tres exposiciones: una en París a finales de los sesenta, otra en Barcelona y la última en Palma de Mallorca en noviembre de 1989, cuyos fondos se destinaron al tratamiento de niños autistas en la isla mallorquina. Casado con Amparo Camarasa y con dos hijos, Sebastién y Cécile, su muerte es una triste noticia para el humor gráfico, se va uno de los referentes absolutos de una forma personalísima de hacer un humor que da pleno sentido al adjetivo de “universal”.

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