Crítica | Los muertos no mueren
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Autocomplacencia zombi

Aunque en principio en la película de Jarmusch encajan todas sus singularidades, como la extrañeza, la morosidad y el choque de culturas, también peca de cierto abandono

Adam Driver y Bill Murray, en 'Los muertos no mueren'.
Adam Driver y Bill Murray, en 'Los muertos no mueren'.

Cuando hace seis años Jim Jarmusch se adentró con Solo los amantes sobreviven en el universo vampírico, no solo estaba incidiendo en su personalísimo modo de acercamiento al cine de género (el wéstern en Dead man, la odisea de samuráis en Ghost Dog, el espionaje en Los límites del control), también estaba ejerciendo el más coherente de los pasos creativos aunando forma y subtextos. El cineasta que en cada película hablaba de lo que ocurre en la vida cuando no ocurre nada, adentrándose en la más aburrida de las existencias. ¿Qué puede haber más tedioso que la eternidad, que el devenir de una sanguijuela condenada a vagar a través de los tiempos y sin fin?

Sin embargo, tras dos películas de gran cohesión con su obra, la formidable Paterson (2016), poesía de la rutina, la monotonía y la cotidianidad alejada del realismo, y el documental sobre los Stooges Gimme danger (2016), con Iggy Pop, sempiterna criatura de su cine, la aproximación de Jarmusch a los muertos vivientes sonaba en principio a redundancia. Y en realidad lo es.

Es muy posible que Los muertos no mueren solo contente a los fanáticos del director de Extraños en el paraíso y Bajo el peso de la ley. Porque, aunque en principio en una película de zombis encajen todas sus singularidades, la extrañeza, la incomunicación, la morosidad y el choque de culturas, también peca de cierta autocomplacencia. E incluso sus admiradores, y este crítico lo es, podrán ir comprobando que, con menos poderío visual que en otras ocasiones, nada sorprende.

Las señeras repeticiones de diálogos y motivos, aquí con esa triple entrada a la cafetería y la misma frase: “Parece obra de un animal salvaje. O de varios”. Un cierto metalenguaje, casi pirandelliano, que no circula por todo el relato salvo en dos momentos puntuales (“Es la canción de la película”, dice el personaje de Adam Driver sobre The Dead Don’t Die, de Sturgill Simpson; o ese fatalismo, también de Driver, causado por haber “leído el guion”). Unos cuantos guiños, tanto a su cine como al del subgénero en el que se ha introducido, quizá demasiado obvios y explícitos: el muerto viviente Iggy Pop, adicto al café; la katana de Ghost Dog; la tumba de Sam Fuller; el Pontiac de George A. Romero; la camiseta de Nosferatu. Bien, todo muy estiloso y medianamente gracioso, pero con una levedad larga y una fascinación corta.

Queda, por tanto, su mensaje político, inevitable en una película de zombis, pero incluso aquí vuelve a la explicitud (el fracking polar mueve los ejes polares y cambian las condiciones solares y de la Tierra), y al mensaje de cierta superficialidad. Si el mal contemporáneo de los seres humanos está en el materialismo (una vez más, recado verbalizado), y todos somos ya muertos vivientes, esclavos cada uno de una droga privada que puede ir del tenis a los cómics, la moraleja quizá pueda incluirlo también a él. Y los que siempre hemos sido incondicionales de su sofisticación y de su exquisita calma podemos estar a un paso de un desapego crítico previo al abandono.

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