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CRÍTICA | TOLKIEN CRÍTICA i

Retrato sin sustancia

Si lo que querían los responsables del filme era presentar al protagonista como un sin sustancia alérgico a la pasión, igual han hecho una buena representación del escritor

'Tolkien'
Nicholas Hoult, en 'Tolkien'.

Que hayan escogido para hacer de J. R. R. Tolkien al mismo actor que hace dos años interpretó a J. D. Salinger no ayuda. Pero quizá en la elección de Nicholas Hoult, experimentado a pesar de su juventud desde su primer coprotagonista en Un niño grande (2002), con apenas 13 años, esté la clave de lo que depara Tolkien, plúmbea biografía cinematográfica del escritor de El Señor de los Anillos.

TOLKIEN

Dirección: Dome Karukoski.

Intérpretes: Nicholas Hoult, Lily Collins, Colm Meaney, Derek Jacobi.

Género: biografía. EE UU, 2019.

Duración: 112 minutos.

A Hoult lo hemos visto ya en al menos una decena de interpretaciones, de Un hombre soltero a la saga X-Men pasando por Mad Max: furia en la carretera y Rebelde entre el centeno, sin que se le adivine una gran variedad de registros, siempre con su pinta de chico bueno pero soso, medianamente guapo pero no lo suficiente para resultar seductor, aires de inteligencia aunque sin el menor sentido del humor, de la chispa y de la vitalidad. Así que, si lo que querían los responsables de Tolkien, encabezados por el director Dome Karukoski, chipriota afincado y forjado en Finlandia, en su primer trabajo en Estados Unidos, era presentarlo como un sin sustancia alérgico a la pasión, indolente entre una pandilla de amigos con infinita mayor efervescencia, vida e incluso interés dramático, igual han hecho una buena representación del escritor. Pero si son el tipo físico de Hoult y su trabajo en la actuación, unidos a un guion a ratos soporífero y casi siempre tópico, los que acaban provocando esa tenue sensación, puede que la hayan fastidiado.

Hay un instante, ¡un beso, por fin!, ya en el último acto de la historia, que ejerce de único soplo de aire fresco en un relato bien ambientado pero mortecino en las variadas épocas que representa: la infancia del escritor al lado de su fabuladora madre; la adolescencia en Birmingham y la juventud en Oxford junto a sus amigos; la batalla del Somne, durante la I Guerra Mundial, y un epílogo familiar en su época adulta. Lugares donde, según Karukoski y sus guionistas, diversos episodios vitales van prefigurando su obra posterior: los monstruos de la guerra como dragones que expulsan fuego; una representación de la ópera El anillo del Nibelungo como referente mitológico, y la hermandad con sus amigos como antecedente de su famosa comunidad.

Con unos diálogos que rara vez alcanzan la profundidad en su dimensión más humana, y que a veces son incluso espantosos, en Tolkien se unen así los guiños para conocedores y admiradores y el retrato de un joven con inmensas dudas para todo, que se acerca mucho más a la inseguridad patológica que a la atractiva complejidad de, por ejemplo, el C. S. Lewis de Tierras de penumbra. Y en ese sentido, el de la tentativa de integración de una labor intelectual en la cotidianidad del relato, hay dos momentos paradigmáticos: dos conversaciones alrededor de la belleza de las palabras y en términos filológicos, una con su (medio) novia y otra con el profesor que interpreta Derek Jacobi, que deben durar cada una tres o cuatro minutos pero que pueden dar la sensación de ser tres o cuatro horas.

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