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Entre la brillantez y la frustración

Su relato carece de los preciosos subtextos que acompañaban a los mejores productos de la productora Laika

'Mr. Link, el origen perdido'
Imagen de 'Mr. Link, el origen perdido'.

Del mismo modo que el protagonista de la película es un eslabón perdido entre el hombre y el mono, sus creadores parecen el enlace imposible entre la paciente artesanía de los pioneros de la animación cinematográfica y el casi completo monopolio de la animación digital en 3D contemporánea. La encomiable labor del estudio estadounidense Laika, el único que sigue trabajando exclusivamente en stop motion, la animación fotograma a fotograma a partir de maquetas, tiene un nuevo producto: Mr. Link, el origen perdido, una vez más con maravillosos diseños, pero esta vez un tanto frustrante en cuando a su relato, aventura y desarrollo.

Tras las formidables Los mundos de Coraline (2009), El alucinante mundo de Norman (2012) y Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016), además de la notable Los Boxtrolls (2014), el estudio Laika ha pergeñado con Mr. Link, el origen perdido un más difícil todavía en la representación de ambientes con un viaje de sus protagonistas alrededor del mundo, con todo lo que ello implica en cuanto a diseños de infinidad de personajes, escenarios y esfuerzo animado paso a paso, como es el stop-motion, pero quizá se ha quedado corto en cuanto al trabajo del guion: mejor en los diálogos, con brillantes apariciones del humor negro y de la ironía, que en la configuración de las situaciones, algo tópicas, y aún mejor que en el poco (o nada) fascinante argumento.

De variados paralelismos con La vuelta al mundo en 80 días y el universo de Julio Verne (la apuesta inicial en el club de caballeros, la arrogante personalidad de sir Lionel Frost, su coprotagonista, tan semejante a la de Phileas Fogg…), Mr. Link, el origen perdido parece más espléndida si se toma por partes que en su conjunto. Así, sus guiños a películas clásicas hoy no demasiado conocidas por la nueva cinefilia son muy de agradecer: la búsqueda del Sangri-La de Horizontes perdidos (Frank Capra, 1937); el homenaje al realismo poético francés con el sonido conjunto de la bocina del barco y el grito de la mujer, a la manera del clímax de Pépé Le Moko (Julien Duvivier, 1937).

Pero se echan de menos ciertos acompañamientos formales de brillantez (incluso la banda sonora creada por el casi siempre infalible Carter Burwell parece una obra menor) y, sobre todo, su relato carece de los preciosos subtextos que acompañaban a los mejores productos de Laika, pese a la loable, y ya no tan extraña, explosividad feminista en el desenlace.

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