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CRÍTICA | ÁRTICO CRÍTICA i

Solo ante la muerte

Estimable producción islandesa protagonizada por una estrella global, Mads Mikkelsen, que ahonda en el clasicismo en su narrativa y en su puesta en escena invisible

'Ártico'
Mads Mikkelsen, en 'Ártico'.

Las películas de supervivencia, de aventura en un entorno inhóspito o en los confines del mundo, con la amenaza de acabar en muerte y en la más absoluta soledad, podrían dividirse en dos grupos. Las que acuden a otros elementos narrativos, melodramáticos o formales para acompañar a la odisea de sufrimiento del ser humano: de Walkabout y 127 horas a La vida de Pi pasando por Náufrago, El renacido o la española Solo. Y las que prefieren la austeridad, y evitar tanto los flashbacks informativos del pasado de los personajes como el apoyo en montajes, músicas y detalles de dirección, con los que “introducir” al espectador en las sensaciones del superviviente; las que prefieren quedarse fuera, sin inmersión, y simplemente “mostrar” ese esquinado acontecer.

ÁRTICO

Dirección: Joe Penna.

Intérpretes: Mads Mikkelsen, Maria Thelma Smáradóttir.

Género: aventura. Islandia, 2018.

Duración: 97 minutos.

Entre estas, quizá con Las aventuras de Jeremiah Johnson (Sydney Pollack, 1972) como modelo ejemplar en su parte esencial, hay que incluir Ártico, estimable producción islandesa dirigida por el novel Joe Penna y protagonizada por una estrella global, Mads Mikkelsen, que ahonda en el clasicismo en su narrativa y en su puesta en escena invisible, muy en la línea de otra película reciente de aliento armonioso y equilibrado: Cuando todo está perdido (J. C. Chandor, 2013). De hecho, si cambiamos el agua del océano por la nieve del Polo Norte y el barco por un avión, casi podrían ser primas hermanas en su acercamiento, salvo en un detalle, quizá el más memorable de la película de Chandor: su desenlace.

Con una banda sonora sutil y sin sentimentalismos, abocada a la inmensidad del paisaje, Ártico contiene diversas situaciones que rememoran otras de algunas de las mejores películas del subgénero: la piedra de 27 horas, la tormenta de viento de Dersu Uzala, el oso de El renacido. Pero tiene la virtud de la sinceridad y, sobre todo, la de comenzar con la víctima tiempo después del accidente, lo que provoca que la finura a la hora de ir otorgando información, sin vueltas atrás en el tiempo, sea otra de las virtudes de un trabajo donde, además, reluce la descomunal labor física y gestual de Mikkelsen.

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