Fútbol y poder, el partido del siglo

Un ensayo del periodista Mickaël Correia rastrea las tensiones históricas que han rodeado este deporte, usado con fines políticos desde el anticolonialismo hasta la Primavera Árabe, tanto por las élites como por el pueblo

Fotografía publicada en 'Crónica' sobre el partido del Valencia CF y el España CF, celebrado en Barcelona en 1931.
Fotografía publicada en 'Crónica' sobre el partido del Valencia CF y el España CF, celebrado en Barcelona en 1931.GASPAR (BIBLIOTECA NACIONAL)

Cuando los hombres marcharon al frente de la Primera Guerra Mundial, las mujeres se pusieron a jugar al fútbol. Especialmente a partir de 1916, las trabajadoras que fabricaban armamento fundaron equipos en las factorías: unos 50 en Francia y más de 150 en Inglaterra. En España, neutral, también surgieron un puñado. Mientras avanzaba la contienda, dio tiempo incluso a la creación de las primeras estrellas inglesas, una evolución que desembocó en un acontecimiento que tardó casi un siglo en repetirse. Ya después del armisticio, en el boxing dayde 1920 (26 de diciembre), 53.000 espectadores abarrotaron Goodison Park, en Liverpool, para ver un partido entre el Dick Kerr’s Ladies y el St Helen’s Ladies. Un año después de esa exhibición, la federación inglesa prohibió el fútbol femenino.

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Se apoyaron en presuntos informes médicos que aseguraban que el deporte dañaba el aparato reproductor de las mujeres. Con la guerra finiquitada y los supervivientes de vuelta, se requería repoblar el país. “Ya no había que hacer el papel del hombre en la fábrica, sino que había que esforzarse en casa y tener hijos”, explica el periodista francés Mickaël Correia (Tourcoing, 1983), que en Una historia popular del fútbol (Hoja de Lata) traza una panorámica de las relaciones entre este deporte, el poder y diversos movimientos de emancipación y resistencia del último siglo y medio, del anticolonialismo a la Primavera Árabe. Correia relaciona aquel primer estallido fugaz del fútbol jugado por mujeres con la lucha de las sufragistas, que en esos años eran encarceladas por cientos en Inglaterra: “Fue también la primera oleada de feminismo. Las fundadoras de esos primeros equipos ya decían: ‘Somos feministas”, recuerda.

La prohibición se levantó en 1971, al calor de la que podría considerarse segunda ola, la derivada de Mayo del 68. La última explosión del fútbol femenino —más de 60.000 espectadores en el Wanda Metropolitano y casi 50.000 en San Mamés hace pocos meses— va pareja a la tercera ola, impulsada por el movimiento Me Too.

Creación aristocrática

Al fútbol se le ha encontrado siempre utilidad política, tanto desde arriba como desde abajo. “Cuando nace, a mediados del siglo XIX, es porque la aristocracia codifica el juego. Para ellos el fútbol era un modelo con el que aprender los valores de la Revolución Industrial. Quisieron inculcar el fútbol a los obreros como herramienta de control social, para enseñarles la división del trabajo: cada uno tiene su puesto en el campo, como en la empresa. Y eso luego se volvió en contra de la patronal, porque el fútbol ayudó a esa gente, que procedía de un éxodo rural, a nutrir la conciencia del pueblo”, explica Correia. Sucedió con aquellas primeras mujeres: las empresas les propusieron hacer deporte para distraerlas de posibles quejas y aquello terminó alimentando un feminismo embrionario. La relación entre el momento político y el auge del fútbol femenino también se apreció en España durante la Segunda República, cuando no era extraño leer crónicas deportivas sobre partidos de mujeres.

Hay muchos más casos. Sucedió, por ejemplo, en la URSS, donde en un panorama de clubes creados por distintas ramas de la policía y el Ejército, el Spartak de Moscú se convirtió en “el equipo del pueblo” y alojó cierto grado de resistencia, amparado en sus frecuentes victorias ante el sistema. Odiado por las autoridades estatales, Nikolái Stárostin, el mayor de los cuatro hermanos que impulsaron el club, pasó años en un gulag. El Spartak tenía desesperado a Lavrenti Beria, jefe de la policía secreta y presidente del Dynamo, perdedor habitual.

El franquismo también supo reconocer la potencia propagandística del deporte de masas, al tiempo que toleró en los estadios lo que no permitía fuera. “En Barcelona, el Camp Nou fue un sitio donde la resistencia cultural siguió hablando catalán y donde circularon senyeras y folletos políticos”, dice Correia.

Y antes que Franco, Benito Mussolini, que consiguió que Italia organizara, y ganara, la segunda edición del Mundial, en 1934. Según Correia, el dictador “ve en el estadio y en el fútbol un medio perfecto para poner sobre el escenario al hombre como algo nuevo, y para inculcar esos mensajes y galvanizar a las masas. Pero en esos países donde la reunión de tres personas se convertía en algo sospechoso, el estadio permitía el anonimato. Cuando uno grita contra ciertos equipos lo hace también contra el poder”.

Ha sucedido asimismo de manera más reciente, como en la revolución egipcia de 2011, donde la vanguardia de las protestas procedía de las gradas de los estadios. “Los aficionados al fútbol eran el único grupo que había escapado al poder y habían tenido encontronazos con la policía. Cantaron, crearon lemas contra el poder y organizaron a la juventud. La ocupación de la plaza Tahrir fue posible gracias a los hinchas, que sabían defenderse contra la policía y enseñaron a los manifestantes a actuar contra ella”, explica Correia.

Esquemas similares se vieron durante la Primavera Árabe en Túnez, y estos días en Argelia: los cánticos de las protestas proceden de los coros de los campos, donde la grada lleva más de 10 años enfrentándose al poder en un ámbito en el que el poder decidió tolerarlo, como si se tratara de una explosión controlada por un artificiero.

La violencia y el paro

Algunas de las batallas maduradas al calor del fútbol no se han librado tan lejos de los estadios. Los sesenta se cierran en Inglaterra con la desindustrialización, que arroja a miles de jóvenes de los muelles clausurados al desempleo. “Esos jóvenes proletarios, hijos de obreros, quieren volver a ser una comunidad, como sus padres. Llegan a rescatar la antigua vestimenta de los obreros: las Doc Martens, que eran las botas de los muelles. La grada se convierte en su nuevo territorio, un territorio que defender, algo que llega al extremo con la aparición de los skinheads. Y cuando se habla de identidad y territorio, eso da lugar a violencia”.

Los hooligans marcan durante décadas el relato del fútbol inglés, castigado a no salir de las islas tras la tragedia de Heysel en 1985 [39 muertos antes de la final de la Copa de Europa entre Liverpool y Juventus]. Cuando regresaron a Europa, cinco años después, el fútbol apretaba ya el acelerador de la mercantilización. Pero ese movimiento desde arriba también tiene su contrapeso desde abajo. Las grandes marcas se han abrazado al juego callejero para sus promociones. “La industria tiene que ir a la calle o estar en la calle para volverse a legitimar. La calle es el campo de batalla actual”, añade Correia.

Sobre la firma

Redactor que cubre la información del Real Madrid en EL PAÍS, donde ha sido redactor jefe de la sección de Deportes. Ha cubierto los Juegos Olímpicos y la Eurocopa. Antes trabajó en ABC, El Español, ADN, Telemadrid, y La Gaceta de los Negocios. Es licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra.

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