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Metallica hermana a todas las Españas en Madrid

El cuarteto californiano consigue que 68.000 personas se olviden de sus diferencias por una causa común: liberar adrenalina

Desde la izquierda, Kirk Hammett, Lars Ulrich y James Hetfield, durante el concierto. En vídeo, imágenes de la actuación.

Ahí estaban, los de "con Rivera sí" y los de "con Rivera no"; los feministas y los que quieren derogar la ley de violencia de género; los dialogantes y los que imploran por el 155... Todos haciendo un bloque por una causa común: una gloriosa descarga de adrenalina, dos horas olvidándose del freno de mano, dispuestos a ser aplastados por una apisonadora. Porque por las vísceras todos somos iguales. Y la mayoría, claro, vestidos de negro.

Lo de anoche de Metallica en el madrileño recinto de Ifema tiene mérito. Es un grupo que descarga un rock quincallero sin sutilezas, una propuesta radical y unidireccional de complicada digestión para todos los públicos. Pero de eso nada. Anoche estaba la sociedad polarizada celebrando junta y sin insultos cruzados. Si alguien busca un día un pacto de Estado entre gente irreconciliable, que monte un concierto de Metallica.

El primer rostro que vieron los 68.000 espectadores que llenaron (todo vendido desde hace meses) el recinto fue el de Eli Wallach. ¿Perdón? Una cara ruda, de mirada turbia, ansiona, un tipo desesperado buscando entre los ataúdes de un cementerio un puñado de monedas de oro escondidas. Nadie más heavy que Wallach nos encontraremos en toda la noche. Como siempre desde hace muchas giras, Metallica abrió su espectáculo con la música que Ennio Morricone compuso para esa joya del spaghetti western que es El bueno, el feo y el malo. Se trata del pasaje El éxtasis del oro (coreado por todo el recinto y eso resultó estremecedor). La composición del maestro Morricone fue acompañada por las imágenes de la película. Y ahí estaba El Feo, Eli Wallach, anunciando que la noche solo era para valientes.

La pasión por Metallica se ha desbordado en España. No existe en la actualidad ninguna banda capaz de igualar sus números, ni siquiera valores tan seguros como los Rolling Stones o AC/DC. Hace un año el cuarteto reventaba dos días el WiZink Center capitalino con 30.000 personas. Anoche otras 68.000 entradas despachadas.

El grupo californiano demostró que es hoy tan transversal como Queen. Y eso escuece a algunos, a esos que estuvieron allí desde el principio, a los que ya eran heavies en 1983, cuando el grupo publicó su primer disco, Kill 'em all. Anoche había muchos de esos, deambulando por el inmenso recinto con gesto ceñudo y con la certeza de que compartían aquelarre metalero con consejeros delegados de empresas. Y estos últimos les aguantaban el gesto con media sonrisa y con el objetivo cumplido: llenar sus vidas con un poco de autenticidad. Porque es peligroso y emocionante cantar esto aunque sea una vez en la vida: "Estamos recorriendo la ciudad esta noche/ Te estamos buscando para pelear... Busca y destruye" (de la canción Seek and destroy, que sonó en el tramo final del concierto).

Ahí estaban, los de "con Rivera sí" y los de "con Rivera no"; los feministas y los que quieres derogar la ley de la violencia de género; los dialogantes y los que imploran por el 155... Todos haciendo un bloque por una causa común

Los cuatro vestidos de negro, estos millonarios cincuentones aún estilizados que acumulan diez hijos entre todos, ofrecieron un concierto demoledor. La escenografía consistía en cinco enormes paneles colocados en forma de biombo a las espaldas de los músicos. Fue en esas megapantallas donde vimos las caras esforzadas de los cuatro rockeros tocando sus instrumentos y berreando, además de imágenes grabadas inspiradas en las letras de las canciones, a modo de videoclip. Las ya habituales pirotécnicas explotaron sin avisar.

Uno de los potenciales de la banda es que crea un ambiente brumoso y decibélico que si logras colarte en las primeras filas la experiencia resulta absolutamente salvaje. A Metallica se les disfruta bien cerquita del escenario, cuando su obús te alcanza de lleno en la cabeza y sientes las sienes palpitar. Este viernes, sin embargo, había gente a cientos de metros. En un recinto más pequeño la experiencia hubiera sido mucho mejor.

James Hetfield (con un ojo morado "por la picadura de una avispa", dijo: algo ciertamente poco heavy) fue acumulando canciones (Sad but true, The unforgiven, Master of puppets, One...) pegado siempre a su guitarra. Otra particularidad del cuarteto: no tiene un líder en el escenario, un cantante sin instrumento que pueda capitalizar el escenario y dirigirse al público con libertad, como sí lo tienen otras bandas capaces de llenar estadios, como Iron Maiden, U2 o Coldplay. Y tampoco es que el discurso de Hetfield cuando se dirige al público tenga mucho calado ("¡somos la familia Metallica!" "¿lo estáis pasando bien?", y esas cosas).

Hubo un momento especialmente patético. Cuando el bajista Robert Trujillo y el guitarrista Kirk Hammett interpretaron 'Brutus', de los madrileños Los Nikis. Si llega a ser una gracieta hubiera sido breve, pero no: la tocaron enterita

Hubo un momento especialmente patético. Cuando el bajista Robert Trujillo (a la voz) y el guitarrista Kirk Hammett interpretaron el tema Brutus, de los madrileños Los Nikis. Si llega a ser una gracieta hubiera sido breve, pero no: la tocaron enterita. El público se quedó estupefacto con este supuesto guiño malote. Pero demostrando una vez más que esto es transversal, al lado de este cronista había una mujer que se sabía Brutus y la cantó a voz en cuello. Al menos no eligieron El imperio contraataca.

En el tramo final sonaron Nothing else matters y Enter sandman. ¿Alguien se acordaba de la canción de Los Nikis por entonces? Bah, una gamberrada en un concierto que dejó a todo el mundo como quería cuando compró la entrada: para el arrastre. Mañana ya, a discutir sobre lo del 155 y tal...

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