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COLUMNA i

Suicidio

¿Dónde hay que firmar, incluso con sangre o si existe el riesgo de que me multen o me entrullen, para exigir el sagrado derecho a la eutanasia?

Ángel Hernández y María José Carrasco.
Ángel Hernández y María José Carrasco. Europa Press

Creo escuchar en Espejo público esta contundente expresión de un hombre que aparenta cierta entereza, aunque debe de sentirse devastado: "Las campañas electorales me la traen al pairo". Ha pasado una noche en un calabozo y le puede caer pena de cárcel. Porque ayudó a su mujer a suicidarse. La esclerosis múltiple se había ensañado con ella, la morfina ya no suponía un alivio, anhelaba morir, le pidió ayuda a su marido y grabó ante una cámara su deseo, imagino que para evitar que la ley le masacrara. Y me conmuevo. También me entra una mala hostia sanguinaria contra los que creen que solo Dios puede acabar con la existencia de esos enfermos que suplican que los ayuden a largarse al otro barrio.

¿Dónde hay que firmar, incluso con sangre o si existe el riesgo de que me multen o me entrullen, para exigir el sagrado derecho a la eutanasia? En nombre de algo tan devaluado llamado humanidad, de la compasión activa, del derecho. Pero iría más lejos. No solo podrían acceder a la eutanasia los que están corroídos por el dolor físico, insoportablemente enfermos. También aquella gente que tiene irremediablemente rota el alma, aquellos cuyo único deseo es dormir y que ese sueño fuera eterno, pero se despiertan aterrorizados al amanecer y los ojos se les empapan de lágrimas, los que no pueden esperar ya nada de nadie, los acorralados permanentemente por el monstruo de la soledad, la desesperanza, la ruina, el abandono, el sufrimiento crónico, el hastío, la inconsolable sensación de que todo está perdido.

Y vale, que se suiciden los aquejados de cáncer de espíritu. Pero igual les falta coraje y necesitan ayuda, que su tránsito a la nada sea dulce y que haya compañía. A lo peor no saben cómo matarse. Todo requiere conocimiento.

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