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Ferlosio y las palabras

El autor decidió que la palabra sería modo de vida gracias a los artículos que escribía en EL PAÍS el fallecido Premio Cervantes

Rafael Sánchez Ferlosio, en la Fundación Telefónica de Madrid, en 2015.
Rafael Sánchez Ferlosio, en la Fundación Telefónica de Madrid, en 2015.

Fue a finales de los años noventa cuando, siendo aún adolescente, empecé a leerlo en EL PAÍS. Descubrí entonces, sin comprender bien a bien todo lo que Rafael Sánchez Ferlosio escribía, que había encontrado mi ideal de vida: las palabras. No ser escritor, ni dedicarme al estudio de este u otro tema, ni enseñar, ni editar, ni traducir. Todo eso era secundario, una consecuencia mundana, si acaso, de lo que realmente importaba: las palabras. Leía ese caudal embelesador de letras y descubría que yo quería vivir alrededor de eso. No sabía si gracias a eso o a pesar de eso. Pero sí rodeado de eso: las palabras. Y así es como recosí el rostro de Ferlosio en mi imaginación: pálido, demacrado y feliz mientras perseguía el alma de las palabras a su alrededor.

Yo quería, en mi ingenuidad adolescente, lidiar con las palabras como lo hacía Ferlosio. Yo quería poder levantar frases en las que decir “ira” como lo hacía Ferlosio; yo quería engendrar en mi cabeza párrafos que terminaran con “carne de horca”; yo también quería odiar a España, los toros, el folclore, las identidades; poder decir que las drogas que yo tomaba eran lo mejor que se había inventado en química desde Lavoisier; y discutir, como él hizo, de tú a tú con Max Weber. Ahora, habiendo dejado hace ya años la adolescencia, y aún a sabiendas de que el fracaso será implacable, sigo queriendo exactamente las mismas cosas.

Debe de haber pocas cosas que en los últimos tiempos le haya preguntado más veces a Miguel Aguilar, el último editor de Ferlosio, que si este seguía escribiendo. Miguel alimentaba mi esperanza: quizás escribe aún algún pecio, me decía. Y ese “quizás me hacía feliz. Se trataba de la felicidad de saber que Ferlosio seguía escribiendo. Era la felicidad de saber que Ferlosio seguía vivo. Era la felicidad de saber que la pura nata de la que están hechos los héroes seguía rebosando la copa de la vida.

Ahora ya solo queda releer y releer al mejor. No es poca felicidad, pero no es la que yo vampirizaba de las palabras de Miguel. Esa felicidad peculiar y misteriosa ya no volverá. 

 

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