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Una ‘influencer’ novohispana

El retrato de María Luisa de Toledo y Carreto, arrumbado en los almacenes del Museo del Prado, se expone en el Museo de América tras ser restaurado y atribuido a Antonio Rodríguez

El retrato de María Luisa de Toledo y Carreto atribuido a Antonio Rodríguez, quien lo pintó en México hacia 1670.
El retrato de María Luisa de Toledo y Carreto atribuido a Antonio Rodríguez, quien lo pintó en México hacia 1670.

Al entrar en la sala el visitante se da de bruces con el espectacular retrato: es una joven aderezada con joyas deslumbrantes y un traje de bordados riquísimos, incluso demasiado ostentoso para una dama española del siglo XVII. La mirada avezada, que conoce los arcángeles arcabuceros del Perú virreinal, descubre una inesperada huella americana, aquella que fabula con la tactilidad de los tejidos, el oro y la plata; las perlas y los sentidos. La que flirtea con las transparencias y los brocados sin un ápice de miedo al lujo y sus excesos.

La joven dama se ha quitado el guante y toca la cabeza de una mujer a su izquierda, baja en estatura, de rasgos marcados, tatuado el rostro al modo de los chichimecas mexicanos y vestida con ropa local, refrendo del origen ultramarino de la escena. El gesto de familiaridad de esa mano desnuda subraya el contraste y la cercanía entre ambas y a partir de ese trueque y ese contrapunto se inicia una narración fabulosa en el Museo de América de Madrid, que desdobla los dos mundos atrapados en el lienzo y que conviven azarosos en la América Virreinal: el peninsular y el local.

Es la historia que habla de los viajes ultramarinos en los cuales -y pese a las dificultades del transporte- se acarreaba la casa entera hacia el Nuevo Mundo para preservar la clase. Relatos de ajuares y devociones antitéticos; diferentes costumbres que el imperio español reunía y reescribía en los biombos o los productos filipinos y japoneses, el lujo “oriental”. Son los sabores y las fragancias de la colonia y sus precios desorbitados, prueba de un altísimo poder adquisitivo en un juego de modas importadas primero de la península, si bien traducidas y exportadas luego para recalcar de vuelta en casa el cosmopolitismo adquirido. Y es la infinita nostalgia de la Nueva España, del mundo paralelo de la sirvienta chichimeca y sus tejidos, sus dioses, los tocados de plumas.

El retrato de María Luisa de Toledo y Carreto -única hija de Antonio Sebastián de Toledo, virrey en la Nueva España entre 1664 y 1673 y que acabó su vida en un convento madrileño- resume esa diversidad. El cuadro, por diferentes avatares históricos arrumbado en los almacenes del Museo del Prado, tras ser restaurado y atribuido a Antonio Rodríguez -quien lo pintó en México hacia 1670-, se ha depositado en el Museo de América. El retrato de esta influencer novohispana es, así, el hilo argumental de una historia increíble, una investigación necesaria sobre historia cultural y una exposición que no se limita a desvelar ciertas costumbres importadas a la península que revestirían de aire mundano a algunas familias poderosas. Es, sobre todo, la excusa perfecta para poner en evidencia las colecciones maravillosas del Museo de América y un hecho que tendemos a olvidar: hay museos estupendos fuera del circuito de los más visitados. ¿Por qué no van hoy mismo?

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