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El apostolado de la violencia

Una investigación sobre las intervenciones militares estadounidenses demuestra que la legitimación de las guerras o de la fuerza como garantes de la paz internacional no reduce los conflictos bélicos en el mundo

Donald Trump, acompañado de su esposa, Melania, se dirige a las  tropas estadounidenses de la base de Al Asad (Irak), el pasado 26 de diciembre.
Donald Trump, acompañado de su esposa, Melania, se dirige a las tropas estadounidenses de la base de Al Asad (Irak), el pasado 26 de diciembre. REUTERS

Desde que hiciera fortuna el aforismo atribuido a Julio César de que la mejor forma de buscar la paz es preparar la guerra, la violencia se ha visto legitimada como método a emplear por el poder constituido. Tanto para el mantenimiento de la paz interior como para garantizar el orden internacional, los tratadistas consideran que el empleo de la fuerza es el último recurso aceptable en la resolución de los conflictos y atribuyen a los Estados su monopolio moral. La consecuencia es que el uso de las armas, y su tráfico mundial, está mucho más extendido y amparado por los poderes públicos de lo que habitualmente reconocen. En la mayoría de las ocasiones se emplea burlando los límites y condicionamientos que diferentes reglamentaciones legales establecen.

John Dower, profesor emérito del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), escribió hace un año un interesante ensayo sobre las intervenciones militares norteamericanas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Editada ahora en español, la obra viene a destruir el mito de que el alto número de vidas humanas que se cobró dicho conflicto fue el precio a pagar por un largo periodo de paz internacional, del que habríamos disfrutado desde entonces. Siendo esto verdad en el caso de Europa, y aun reconociendo que la contabilidad de las víctimas arroja números inferiores al impresionante balance de muertos originados por aquella contienda (entre 50 y 80 millones, según diferentes estadísticas), impresiona la magnitud de la violencia desatada desde la Casa Blanca y sus aledaños en los últimos 70 años. No solo en guerras concretas y localizadas, sino en intervenciones ocultas, operaciones especiales y todo tipo de manejos que incluyen el recurso a la tortura, la vulneración de los derechos civiles y, más modernamente, la guerra cibernética.

El belicismo ha seguido protagonizando la política norteamericana en las últimas décadas

Dower estima que después de la derrota del Eje, el belicismo ha seguido protagonizando la política norteamericana, primero en la forma de guerra fría y más tarde como consecuencia de la campaña contra el terror desatada por George W. Bush. Entre los muchos datos que aporta, interesa extraordinariamente el relato de la Operación Cóndor, “una campaña ultrasecreta de terror” en Sudamérica que, bajo la dirección de asesores estadounidenses, implicó “detenciones, secuestros, entregas, interrogatorios, torturas, asesinatos y ejecuciones extrajudiciales” en gran parte del territorio latino­americano. Los objetivos a abatir por esta siniestra red de contrainteligencia, además de los comunistas o marxistas revolucionarios, eran los discrepantes de los regímenes militares de ultraderecha y los líderes sindicales que destacaban en la defensa de los derechos sociales. Gobiernos democráticos elegidos en Guatemala, Brasil o Chile fueron derrocados mediante golpes de Estado y conspiraciones amparadas por un terrorismo de Estado transfronterizo que hemos visto después reproducirse en Oriente Próximo y que paradójicamente se ejerce en nombre de la lucha contra el terror.

El apostolado de la violencia

La guerra convencional ha dado paso a otro tipo de confrontaciones, aunque el ataque a las Torres Gemelas generó una respuesta clásica con las represalias sobre Afganistán, primero, y la invasión de Irak, más tarde. Ninguno de esos dos países estaban involucrados en las acciones del 11 de septiembre, que fueron utilizadas por el Pentágono como pretexto para emprender la intervención, con el apoyo, entre otros, de los Gobiernos de Tony Blair y José María Aznar. Todavía padece el mundo las funestas consecuencias de aquella decisión.

También los arsenales nucleares, pese a los esfuerzos que en su día tanto Estados Unidos como la Unión Soviética hicieron por limitarlos, siguen extendiendo su amenaza, con una potencia destructiva infinitamente superior a la de la explosión en Hiroshima y una preocupante ampliación del número de Estados poseedores de la bomba o capaces de fabricarla y dispuestos a hacerlo.

Entre las aportaciones de Dower destaca el relato de la Operación Cóndor en Sudamérica

Merece la pena leer esta investigación a la luz de las reflexiones que en su día hiciera José Lázaro, profesor de Humanidades Médicas en la Universidad Autónoma de Madrid. En su libro La violencia de los fanáticos, que tildó con ambigüedad calculada como “un ensayo de novela”, señala que son sobre todo las creencias ideológicas, por encima de los intereses, las responsables de los peores actos de violencia que la humanidad ha padecido. Aunque insiste en que no todos los creyentes son fanáticos, asegura que “no es infundada la sospecha de que en las creencias de Marx está la raíz de los crímenes de Stalin, como en las creencias de san Francisco está el germen de las hogueras de Torquemada”. Ese tipo de creencias son en gran medida responsables también de El violento siglo americano, título que parodia el de un ensayo de Henry Luce, fundador de la revista Life, sobre el papel de América en el mundo. Hijo de un misionero presbiteriano en China, Luce era representante de lo que Dower llama “el excepcionalismo estadounidense”, según cuyo evangelio “los estadounidenses superan a todos los demás en la virtud y en la práctica, pero esto se puede y se debe compartir”. “El mensaje”, añade, “era y sigue siendo idealista generoso, moralista, paternalista, condescendiente, lleno de dobles raseros e hipocresía”. Sus apóstoles nos condujeron a la Guerra Fría y la guerra contra el terror, y nos han legado un mundo inseguro y frágil, en el que la fuerza bruta ocupa un puesto privilegiado entre los atributos del poder.

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Autor: John W. Dower (traducción de Carme Castells Auleda).

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