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OPINIÓN i

Y ahora, ¿a quién le pregunto?

Paco Calvo era Calvo Serraller. Siempre había sido Calvo Serraller, hasta que empecé como becaria en este periódico

Francisco Calvo Serraller, en la Academia de la Historia en 2001.
Francisco Calvo Serraller, en la Academia de la Historia en 2001.

Paco Calvo era Calvo Serraller. Siempre había sido Calvo Serraller, hasta que empecé como becaria en este periódico. Aquí era Paco Calvo: no es para menos, formaba parte de estas páginas desde el principio, desde hace 42 años.

Para mí era el profesor de Impresionismo y de otras tantas asignaturas, ese catedrático, profesor de clases interesantes para una alumna entusiasmada por los Van Gogh, Monet, Sisley... y que nunca comprendió sus exámenes: un minuto o menos por diapositiva. Las ponía y solo pedía autor y fecha, ¿de obras datadas y firmadas? La mayoría de las de este periodo lo están, únicamente había que afinar la vista. Lo que importaba eran sus clases; el examen, no tanto.

A él también parecía importarle el pincho de tortilla y el tomate picado que se pasó un curso comiendo cada día. Hace bastantes años ya, la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense tuvo la cafetería cerrada una temporada por obras. Algunas barras portátiles ocuparon los pasillos para sustituirla. Tengo la sensación de que ese curso comió todos los días lo mismo en el mismo sitio: la barra situada junto a la oficina de las becas Erasmus, cada día a eso de las dos y algo. Me llamaba la atención, nunca hablamos.

Tuve otra sensación, el año pasado mientras paseaba por la Courtauld Gallery, en Londres. Un lunes, rodeada de impresionistas, esta vez de verdad y no en diapositivas. Sonó el teléfono. Era él. Era trabajo. Nadie había ido a por sus Extravíos (Los lunes cada 15 días, un motorista iba a su casa a recoger su texto mecanografiado. No, no tenía email, mandaba los textos a través de un mensajero). Lo solucioné revirada porque estaba de vacaciones. Al momento me llamó para darme las gracias y me sentí volver a tercero de carrera, con su voz y los impresionistas a la vez. Me duró poco el enfado. Tampoco me gustaba cuando sus columnas eran demasiado enrevesadas, para un público especializado. “Paco, hagamos que todo el mundo entienda el arte”, pensaba. En clase, él lo hacía.

Nunca pensé que compartiría charlas con él sobre Antonio López y los realistas de Madrid. Sobre su hija Marina cuando murió y le dedicó un texto precioso; sobre Antigua (Guatemala), donde me encontraba a los pocos días de estallar el Volcán de Fuego el pasado junio. Sobre Velázquez y Jonathan Brown. Sobre Eduardo Arroyo. Los dos habían quedado el 14 de octubre, pero ese día murió el pintor. La última vez que hablé con Paco me lo contaba y me entró un escalofrío. También comentamos el año frenético que había tenido Arroyo, como si no fuera a agotarse nunca a pesar de la enfermedad. Y era lo que le estaba pasando a él. Quedamos en hablar, como siempre, porque le llamaba para consultarle mil cosas de arte. Y ahora, Paco, ¿a quién le pregunto?

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