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DESDE EL PUENTE COLUMNA i

Max Beckmann, el exorcista

El expresionismo de este artista cobra actualidad en los cuerpos mutilados de cada telediario

'Los argonautas', la obra que Max Beckmann terminó el mismo día de su muerte de un ataque al corazón, el 27 de diciembre de 1950, en el Thyssen.
'Los argonautas', la obra que Max Beckmann terminó el mismo día de su muerte de un ataque al corazón, el 27 de diciembre de 1950, en el Thyssen.

A principios del siglo XX, en los balnearios de Europa los burgueses alegres y confiados tomaban las aguas propicias y bailaban al son de orquestas de violines y trombones, sin saber que fuera de su preservada felicidad el mundo estaba a punto de saltar en pedazos. Algunos artistas fueron los primeros en presagiar esta tragedia. Pablo Picasso había sentenciado: “Cuando una figura no cabe en el cuadro se le cortan las piernas y se colocan a uno y otro lado de la cabeza”. El 28 de junio de 1914, en Baden Baden sonaba un vals bajo los perfumados tilos del parque y en medio de una perfecta armonía, de repente, la orquesta dejó de tocar. Algunos oyentes rodearon a un guardia que en ese momento estaba fijando en un tablón visible un cartel con la noticia de que el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del imperio austrohúngaro, y su mujer habían sido asesinados en Sarajevo.

Nadie dio demasiada importancia a ese hecho, de modo que el vals comenzó a sonar de nuevo desde el mismo compás en que se había interrumpido y aquellos felices burgueses siguieron ejerciendo su exquisita cortesía en los blancos sillones. Nadie supo explicar cómo sobrevino la guerra, pero de pronto aquel espejo de felicidad evanescente se llenó de sangre. La mayoría de pintores expresionistas alemanes, entre otros, George Grosz, Otto Dix, Erich Heckel, Ludwig Kichner y Max Beckmann ya habían presagiado en su obra este descuartizamiento de las figuras de carne y hueso que se avecinaba.

El pintor y escultor alemán Max Beckmann era reacio a que le encasillaran como expresionista. Rechazaba cualquier etiqueta. De hecho, después de la Primera Guerra Mundial, durante la República de Weimar, fue académico de las Artes, gozaba de reconocimiento y prestigio, exponía con éxito en las mejores galerías, impartía clases en centros oficiales y era agasajado por la crítica y por los representantes de la cultura establecida. Pero pasó el tiempo y, en abril de 1936, Beckmann se encontraba en Baden Baden, donde se celebraba también una fiesta y los acordes del vals sonaban bajo los mismos tilos en flor de 1914. Desde allí escribió a su segunda mujer, Matilde von Kaulbach, más conocida por Quappi, una carta llena de amarga ironía en la que describía el tenso ambiente que se respiraba entre los huéspedes del balneario: “Hoy vuelve a ser un radiante día de primavera en honor del Führer, con muchas esvásticas ondeando. Qué fantástico poder vivir este momento”. En poco tiempo, Beckmann pasó de recibir toda la veneración a ser acusado de bolchevique cultural por el Gobierno.

En 1937, comenzó el ataque sistemático del ministro de Propaganda del Tercer Reich, Joseph Goebbels, contra el arte moderno. Muchos cuadros de Beckmann fueron descolgados de los museos alemanes y sirvieron de tope en las puertas de los despachos de los burócratas del nacionalsocialismo, mientras se preparaba la gran exposición del arte degenerado en Múnich, donde los cuadros de los expresionistas se presentaron mal colgados, torcidos y arrumbados, de forma que el público pudiera someterlos a burla y desprecio. A partir de ese momento, Beckmann decidió abandonar Alemania y expresó ese propósito a algunos amigos exiliados. Hedda, una de las hermanas de Quappi, residente en Ámsterdam, a la sazón de paso por Baviera, simuló un viaje familiar y se los llevó a Holanda. El pintor ya no volvería más a su país. Murió en Nueva York en 1950.

La exposición Beckmann. Figuras del exilio, en el Museo Thyssen-Bornemisza, comisariada por Tomás Llorens, recoge 50 óleos, dos esculturas y una carpeta con 11 serigrafías, realizados por el pintor durante ambos exilios, el interior y el exterior. A la inauguración oficial asistió ayer el presidente de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, de visita oficial en Madrid, lo que significa que Beckmann, en su día denostado por los nazis, recobró enseguida con creces la bendición oficial y ha sido exaltado por precios exorbitantes en las subastas, sin perder el efecto corrosivo que tiene de alegoría frente a la danza macabra del mundo de hoy.

La ciudad convierte al ser humano en un ente anónimo sin identidad. De hecho, cada ciudadano camina por la calle con el rostro convertido en un espectro. En esta nueva Babilonia electrónica se agitan los mismos payasos de entonces, las escenas de cabaret político se suceden hoy en los Parlamentos y el circo mediático acrecienta un interminable baile de máscaras.

En la etapa anterior a la Gran Guerra, Beckmann expresó su mundo con figuras redondeadas y con una serie de autorretratos. Luego, bajo el espejo evanescente de los felices años veinte, los burgueses decidieron olvidar la pasada carnicería y volvieron a bailar el vals y, mientras esta alegre fiesta sucedía, las criaturas de Beckmann comenzaron a adquirir una contorsión corporal casi diabólica, que no era sino la premonición de otra inminente tragedia que llegaba con la ascensión de Hitler al poder. Poco después, las imágenes de los campos de concentración convirtieron a Beckmann en un exorcista. El carnaval de violencia continúa, de forma que hoy el expresionismo de Max Beckmann se hace actualidad en cada telediario con la sucesión grotesca de cuerpos mutilados.

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