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Escapar de la sala Bataclan le convirtió en escritor

Ramón González, superviviente del atentado yihadista de París de 2015, refleja su testimonio en su primer libro: ‘Paz, amor y death metal'

Ramón González, el pasado 8 de octubre en París.
Ramón González, el pasado 8 de octubre en París. REA

Cuando logró salir de un Bataclan bañado en la sangre, Ramón González decidió mentir a sus padres. Durante el atentado estaba en el cine. No se había enterado de nada, les aseguró. Pasaron días hasta que el superviviente de la matanza, oriundo de Daimiel (Ciudad Real) y asentado en París desde hace ocho años, les confesó la verdad. Su novia argentina, que también se encontraba en la sala de conciertos aquel funesto 13 de noviembre de 2015, en el que el Estado Islámico se cobró a 130 víctimas, tardaría meses en hacerlo. “Fue la única reacción racional que tuve ese día. No hubiera sido sensato. Mi madre es muy sensible y tiene problemas del corazón. Si se lo decía, la que se hubiera muerto sería ella”, afirma el autor, de 34 años, que refleja su testimonio en un debut literario titulado Paz, amor y death metal (Tusquets).

Para González, firmar un libro se convirtió en su única escapatoria para superar lo sucedido durante el concierto de Eagles of Death Metal, un grupo que tampoco le apasionaba (y cuyo cantante le caía tirando a mal). Una psicóloga le recomendó sentarse a escribir, puesto que tenía costumbre de hacer desde su adolescencia. “La escritura era el lugar donde podía ser sincero”, sostiene. Asegura contar con cinco novelas terminadas, pero no las mandó a ninguna editorial. “Eran demasiado malas. Me estaba encontrando a mí mismo. Y, de hecho, todavía estoy ahí…”, reconoce González. “Uno de los personajes de la novela me dijo que creía haberme visto muerto. Esa imagen me perturbó. Me hizo pensar que los muertos no pueden escribir”, relata. Esa frase le hizo sentarse delante del ordenador y escupir varios millares de palabras sobre los que después trabajaría durante dos años, antes de mandar su manuscrito “a seis o siete editores”.

Su intención era dejar un testimonio de lo sucedido y alcanzar una catarsis personal, pero también exponer qué le sucede a una víctima cuando se apagan los focos mediáticos. Parte del libro recoge lo hirientes que resultan las reacciones ajenas, incluso cuando parten de la mejor intención. “La gente que te da apoyo no siempre está acertada. Por ejemplo, que te digan que vuelvas al trabajo cuanto antes es no entender el proceso por el que uno pasa”, señala González. “También me molestaba que se utilizara políticamente el atentado, con la intención de atacar a la comunidad musulmana o a la clase política, y el tratamiento en caliente de muchos medios de comunicación. No me gustó que un periodista español de renombre [Carlos Herrera] se hiciese un selfie delante del Bataclan. Y que un académico de la lengua [Arturo Pérez-Reverte] aprovechase para tratarnos de blandos en sus redes sociales, sin saber qué había pasado dentro”.

La gente que te da apoyo no siempre está acertada. Por ejemplo, que te digan que vuelvas al trabajo cuanto antes es no entender el proceso por el que uno pasa

El autor llama novela a su libro, porque lo es. “He intentado tomar distancia respecto a lo que relataba, aunque todo lo que cuente es verídico”, afirma. Por ejemplo, cambió los nombres de los cuatro protagonistas: González, su novia y dos amigos españoles que también se encontraban en la sala. “Para mí, el 13-N se ha convertido en una ficción. Ahora, cuando recuerdo lo que sucedió, siempre paso por la novela y por el personaje, del que hablo en tercera persona. Siento una frialdad tremenda al respecto. Ha sido un proceso de distanciación gracias al que se ha producido una estabilización”, señala González, usando el término que los psicólogos prefieren a “curación”, porque puede que no haya ninguna.

Paz, amor y death metal también examina cómo reacciona cada cerebro ante una situación límite. Durante el atentado, hay quien se preocupa más por los demás que por sí mismo, quien se pone de cara a la pared y no se mueve durante horas y quien prefiere hacer chistes sobre los terroristas. “Yo tuve un comportamiento un poco cobarde. No tuve los nervios de acero. Por ejemplo, la gente me pedía que no empujara cuando intentábamos salir de la sala, pero yo seguía haciéndolo. Ahí sale la personalidad y los miedos de cada uno”, admite González. Con el tiempo, ha encontrado posibles explicaciones a su reacción. “Siempre he tenido miedo a la violencia. Cuando alguien se pegaba en el colegio, yo huía. Nunca he visto la violencia en mi casa o mi vida. Por eso debí de reaccionar así, alejándome lo máximo posible de todo aquello”, explica. “Mi pregunta es qué hubiera hecho si mi novia se hubiera encontrado a mi lado. ¿Habría echado a correr? ¿Habría escapado solo?”.

No me gustó que un periodista español de renombre [Carlos Herrera] se hiciese un selfie delante del Bataclan

Después del atentado, González decidió cambiar de vida. “En el Bataclan me di cuenta de que tenía mucho miedo a morir. Me dije que, si moría ese día, no lo haría tranquilo, porque habría fracasado en mi vida. No había sido sincero, no había escrito y estaba trabajando en algo que no me gustaba. Por eso quise salir de allí como fuera”. Cuando lo consiguió, se produjo un cambio profundo en su orden de prioridades. Dejó su trabajo de ingeniero informático y se convirtió en profesor de castellano en un instituto de la periferia de París. “Lo que menos me gustaba antes era el poco contacto humano que tenía, por el hecho de pasar ocho horas al día programando delante de un ordenador. Trabajar con jóvenes es más gratificante y me permite ver cómo está el país”, dice. Pese a todo, su diagnóstico no es necesariamente positivo. En el aula, algunos de sus alumnos llegan a defender a los terroristas y a desdramatizar el atentado del que su profesor fue víctima, aunque ellos no tengan ni idea. “No se lo he dicho a nadie para no dar que hablar. Y también porque tenía miedo a que me considerasen demasiado frágil y no me contrataran”.

Si antes del atentado solía ir a varios conciertos al mes, al salir del Bataclan hubo un cambio comprensible. Dejó de tocar en grupos y de escuchar música en vivo. “A mi novia no le afectó, pero a mí sí. Ahora soy mucho más selectivo. Si me pasa algo, prefiero que sea viendo a un grupo al que adoro y no a cuatro tirados”, sonríe el autor. González no ha vuelto a pisar el lugar de los hechos, pero se plantea hacerlo el mes que viene, cuando se cumplirán tres años de la matanza. Seasick Steve, bluesman californiano que empezó su carrera con Janis Joplin, tocará en el Bataclan a finales de noviembre. “Es un tipo que me gusta. Sería un buen momento de volver. Lo tengo apuntado en la agenda”, asegura. Hace un año, un examen médico confirmó que estaba plenamente recuperado. “Me encuentro bien. A veces me emociono un poco, pero no pienso mucho en aquel día. Ahora la distancia ya está puesta y el trabajo psicológico está hecho”. Salir del Bataclan le ha convertido en escritor.

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