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Política en el cine brasileño

Que una película de un amaneramiento tan convencional y tan añejo dejara esquinada una apuesta cinematográfica y social como 'Doña Clara' en los Oscar duele

pequeño secreto
Imagen de 'Pequeño secreto'.

El hecho de que la notable Doña Clara, de Kléber Mendonça Filho, que había pasado con éxito por la sección oficial del Festival de Cannes y obtenido posteriormente una gran repercusión internacional, quedara hace dos años relegada en la carrera hacia el Oscar a la mejor película de habla extranjera por un lacrimógeno telefilme basado en hechos reales, demuestra que en la elección anual de las academias nacionales de cine el componente de la calidad no es siempre el único en entrar en las valoraciones.

PEQUEÑO SECRETO

Dirección: David Schurmann.

Intérpretes: Errol Shand, Fionulla Flanagan, Júlia Lemmertz, Maria Flor.

Género: drama. Brasil, 2016.

Duración: 105 minutos.

De modo que el estreno comercial en nuestro país, con dos años de retraso, de aquella injustamente beneficiada, Pequeño secreto, de David Schurmann, no hace sino corroborar lo que variados medios brasileños habían proclamado en su momento: que aquella era una decisión insólita, quizá provocada por temas políticos, ya que Mendonça Filho y sus intérpretes habían mostrado en Cannes carteles con la leyenda “Brasil experimenta un golpe de estado”, tras la destitución de Dilma Rousseff.

Unas jornadas de polémica, apenas unos días después del triunfo del ultra Jair Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas, que resuenan ahora con infinita más fuerza que la película en cuestión: una coproducción entre el país americano y Nueva Zelanda, inspirada en la historia de la hermana adoptiva del director, afectada por el VIH.

Melodrama sentimental a la caza y captura de la lágrima, tanto en su fondo como, sobre todo, en sus formas, Pequeño secreto se articula a través de tres líneas dramáticas, en torno a la enfermedad, el racismo y la intolerancia, que cuando logran encontrarse ya es demasiado tarde: por su farragosa narrativa, y por el empeño de Schurmann, formado cinematográficamente en Nueva Zelanda, en la práctica de la cámara lenta, la música melosa y el reforzado sentimental con métodos de telefilme para la siesta.

Que una película de un amaneramiento tan convencional y tan añejo dejara esquinada una apuesta cinematográfica y social como Doña Clara simplemente duele.

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