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Crítica | La sombra de la ley
Crítica

Historieta sobre nuestra historia

Un cómic sobre la Barcelona de los asombros, la de 1921, con las torres de la Sagrada Familia alzándose, con una sociedad en combustión y un poder corrupto

Luis Tosar, en el centro, y detrás Vicente Romero y Ernesto Alterio, en 'La sombra de la ley'.

Un cómic sobre la Barcelona de los asombros, la de 1921, con las torres de la Sagrada Familia alzándose hacia el cielo y Gaudí aún en vida, con una sociedad en combustión y un poder corrupto y violento. La ciudad de las reivindicaciones laborales en forma de huelga y la de los atentados anarquistas, la de los barrios obreros hambrientos y la burguesía del cava y el prostíbulo de lujo, la Barcelona de los prodigios y del caso Savolta, que tan magistralmente retrató Eduardo Mendoza en sendas novelas, la del progreso de unos pocos y el aplastamiento de otros muchos, la de los infiltrados y las palizas, la del puño cerrado de todos agrupados en la lucha final, y la del puño cerrado hacia la mandíbula de los opositores.

LA SOMBRA DE LA LEY

Dirección: Dani de la Torre.

Intérpretes: Luis Tosar, Michelle Jenner, Vicente Romero, Ernesto Alterio.

Género: thriller. España, 2018.

Duración: 126 minutos.

Suena bien, pero también a oportunidad perdida. O ganada, dirán algunos: los apóstoles de la pura comercialidad. La sombra de la ley es un relato al estilo penny dreadful, con todo lo que ello conlleva: superficialidad en la narración, en la composición, en el retrato, en el análisis. Una producción de lujo. Una película popular, a la manera de ciertas novelas gráficas, de ciertas series de televisión. La ha escrito Patxi Amezcua y la ha dirigido Dani de la Torre, revelación del thriller de entretenimiento con poso social en El desconocido (2015).

De la Torre busca una expresividad que quizá quiera ser artística pero solo es técnica, con una puesta en escena de apariencia espectacular que esconde un refrito de referencias obvias y nada originales. Un conjunto que apabulla, pero donde hay poco que rascar. Por momentos virtuoso, aunque (casi) nunca trascendente, pese a la época que describe, con apuntes del Desastre de Annual, de las guerras que enriquecen a los poderosos, de los golpes de estado provocados, de la información privilegiada. Incluso con posibles paralelismos con la Cataluña contemporánea. Sin embargo, todo queda un tanto empequeñecido por la falta de solidez. Aparecen las alcantarillas del poder, pero los personajes no pasan del esquema. No hay reflexión (ni lo pretende, lo que es una opción tan válida como otra cualquiera), solo apuntes históricos y sociales que ofrecen un marco para el espectáculo. Incluso con secuencias de peleas más cerca de las artes marciales que de la tosca turbamulta de toda la vida.

Una historieta de gran factura, pero historieta al fin, no historia. Y queda además el entretenimiento cinéfilo de ir descubriendo planos calcados de otras películas: la oficina de El padrino, la fila en pandilla de Los intocables, el atraco de Heat, el cenital de los sombreros de Camino a la perdición... Por homenajear, copiar, calcar, rememorar, incluso el mítico travelling por las mesas del restaurante de Alas, compuesto por William Wellman ¡en 1927! Entonces sí, de un modo insólito y con una expresividad artística.

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