Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Tina Vallès: “Me sulfura tanta educación emocional”

La escritora catalana, admiradora de Gonçalo M. Tavares, quiso ser escritora gracias a Mercè Rodoreda

Tina Vallès, vista por Setanta. Ampliar foto
Tina Vallès, vista por Setanta.

Tina Vallès (Barcelona, 1976) ganó en 2017 el Premio Llibres Anagrama de narrativa en catalán con La memoria del árbol, una novela contada por la voz de un niño. Poco después Gonzalo Torné tradujo los relatos de El paréntesis más largo (Godall). Este año ha publicado los cuentos infantiles  Erra (Comanegra), ilustrado por Jaume Marco y Crec (Kireei), ilustrado por Alicia Baladan.

¿Qué libro le hizo querer ser escritora? Aloma, de Mercè Rodoreda. Lo leí a los 12 años en la escuela y me di cuenta de que había más cosas ahí de las que había leído, que me había perdido algo importante, así que me acerqué a la profesora y le pregunté qué había que hacer para aprender a leer bien un libro como ese. Fue la primera vez que oí la palabra filología. Seis años después empecé a estudiar esa carrera.

¿Y el último que le ha gustado? Cara de pan, de Sara Mesa. Controla las sensaciones y reacciones del lector de una manera como hace tiempo que no veía.

¿Qué libro no pudo terminar? Muchos! Hay tantos por leer que no se trata de perder el tiempo leyendo algo que no te interesa.

¿Qué libro ajeno le habría gustado escribir? Un viaje a la India, de Gonçalo M. Tavares. Un libro inmenso sobre la Europa de entre siglos. Lo tengo siempre cerca. Tavares escribe un mundo cada frase.

De no ser escritora le habría gustado ser... Ilustradora, es mi vocación frustrada.

La gente del teatro dice que los niños son un peligro sobre un escenario, ¿cuál es su mayor peligro como narradores de una novela? Caer en el sentimentalismo, para mí ese es el mayor peligro, y también mi mayor obsesión.

¿Qué recuerdo le gustaría repetir (si se pudiera)? Alguno con mis abuelos, para fijarme más en todos los detalles, en sus gestos, el tono de la voz, su vocabulario, cosas en las que no me fijaba cuando era niña y que ahora me faltan cuando los recuerdo.

¿Qué ha aprendido como escritora de su oficio de traductora? A dominar la lengua. Traducir es la lectura más profunda que se puede hacer de un texto. La traducción es mi gimnasio, mi entreno, para después salir a jugar en plena forma cuando escribo.

¿Qué tres libros en catalán publicados en el siglo XXI recomendaría? Neu, óssos blancs i alguns homes més valents que els altres, de Mònica Batet. La vida vertical, de Yannick Garcia. Eren ells, de Carles Rebassa.

¿Cuál es la película que más veces ha visto? La que más veces he visto, con mis hijas, es James y el melocotón gigante, basada en una novela de Roald Dahl, pero mi película preferida es De repente, el último verano, basada en una obra de Tennessee Williams.

Si tuviese que usar una pieza musical como autorretrato, ¿cuál sería? Podría decir una de Sisa, o algo de Bach (mi banda sonora más habitual cuando trabajo), pero hay una canción, Tranquillizer, del grupo Geneva, que cada vez que la escucho siento que me eleva.

¿Qué encargo no aceptaría jamás? ¿De escritura? No escribiría nunca en contra, en contra de alguien, de algo, no escribiría nunca para perjudicar a alguien o a algo.

¿Qué está socialmente sobrevalorado? La educación emocional. Su sobrevaloración me sulfura. Mi generación no habló casi nunca de emociones ni en clase ni con sus padres, y eso nos marcó, sí. Pero que desde pequeño los libros ya te digan que la alegría es amarilla y la rabia roja y que tienes que saber identificar qué sientes en cada momento de tu vida…, ya veremos cómo influye toda esa simplificación, esa manía de etiquetarlo todo.