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Alexander Payne, el buen hombre que hace buen cine

El director de 'Nebraska' o 'Entre copas' preside el jurado de la sección Oficial de San Sebastián y realiza un alegato a favor de la humanidad en el séptimo arte

Alexander Payne, en la gala de inauguración del festval de San Sebastián el pasado viernes.
Alexander Payne, en la gala de inauguración del festval de San Sebastián el pasado viernes. Getty Images

Alexander Payne (Omaha, 1961) estudió en la Universidad de Salamanca. Era el único centro europeo con el que tenía acuerdo de intercambio la de Stanford, y aquel chaval de familia de inmigrantes griegos decidió cruzar el Atlántico. Muchos años y un puñado de buenísimas películas más tarde (A propósito de Schmidt, Election, Los descendientes, Entre copas, Nebraska o Citizen Ruth, entre otras), se pasea relajado por San Sebastián, aunque sea el presidente del jurado de la Sección Oficial. Habla español mejor de lo que dice, gesticula y se desvive por el confort de los periodistas, y convierte un encuentro con un grupo de periodistas en una lección de bonhomía.

Cuando alguien califica a Donald Trump de "presidente de mierda", Payne estalla en carcajadas y responde en castellano: "Eso es demasiado cortés". Pero a continuación, cuestionado sobre la importancia del cine en el mundo en que vivimos, dice por primera vez una frase que repetirá en diversas ocasiones a lo largo de la charla: "No puedo aportar mucho más a lo que ustedes están pensando". Miente, porque empieza a demostrar su profundo conocimiento: "Soy bastante pesimista sobre su impacto social. Si acaso puede que sirva para levantar acta para futuras generaciones sobre lo que pensamos de lo que ocurre hoy en día. Nada pudo parar la Segunda Guerra Mundial, aunque a cambio artistas como Chaplin nos legaron El gran dictador o Lubitsch Ser o no ser". Sin embargo, su cine, humanístico, sí parece marcar a sus espectadores. "Es usted muy amable, pero no creo. Aunque Martin Luther King dijo: 'El trazo del universo moral es largo, pero se dobla hacia la justicia', y espero que cada obra de arte ayude en ese trazado". ¿Y no siente que falta humanidad en el cine actual? "No veo el suficiente cine mundial como para emitir un juicio. Sí diré que al estadounidense, que impera en el resto del orbe, le falta. Pueden los presupuestos, los costes exacerbados, y por eso es más importante el resultado comercial".

Y ese humanismo ha marcado toda su carrera, completamente alejada de otros creadores: "Yo nunca me he visto como un rebelde. Pero fui adolescente en los años setenta, y las películas del Nuevo Hollywood de aquella década me marcaron, me impulsaron a convertirme en director. Ahora se consideran películas de arte, pero eran las comerciales entonces. Yo quiero hacer películas sobre gente normal y corriente". Ahora, preguntado sobre su evolución, suelta: "Tengo ideas contradictorias. Por un lado me hago adulto. Eso está bien. Por otro, me gustaría volver a un cine como Election. Un ejemplo pretencioso: el artista cuya carrera más admiro es Chéjov, que empezó con historias cómicas y según envejeció, su trabajo se fue haciendo más profundo sin perder su sentido del humor. No me estoy comparando con Chéjov, ni mucho más, pero es un buen ejemplo".

"En el cine, estamos en una edad de mierda, pero en lo que respecta a la televisión, estamos en una nueva edad de oro"

De aquel Hollywood de los setenta, Payne guarda su pasión por trabajar con actores mayores: "Stacy Keach, Bruce Dern, Jack Nicholson... Me gusta tocar a actores que han tocado a directores que amo. Cuando doy la mano a Bruce Dern se la doy también a Alfred Hitchcock y a Elia Kazan. Bruce hace lo que sea, no tiene vanidad. En una secuencia de Nebraska le dije: 'Bruce, no sé exactamente qué decirte, pero quiero que te conviertas en un bulto superpatético'. Y lo hizo [Payne se arroja sobre su sillón, imitándole]. Su hija Laura también es enorme. Todos ellos desean plasmar la verdad de la vida". ¿Y Clooney? "No, tiene demasiado aspecto de estrella, estilo Clark Gable o Gary Cooper. Los de la década de los setenta parecían personas corrientes. Como Gene Hackman, el dios, o Pacino o George Segal, o Dustin Hoffman".

El cineasta vive en una extraña posición en la industria estadounidense: "Creo que tengo mi público. Y mientras logre mantener bajos los presupuestos de mis películas, seguiré trabajando. Hoy hay espectadores para todo tipo de películas... desgraciadamente". Y estalla en carcajadas. Entonces, ¿qué les decimos a las futuras generaciones de cineastas con un Hollywood como el que hay ahora? "Al mismo tiempo que Dios te cierra una puerta, te abre otra. Así que al mismo tiempo que el cine estadounidense se ha vuelto tan caro y tan simple, los modos de producción son más accesibles. Cualquiera pueda comprar una cámara y puede montar una película en casa. En cuanto al cine, estamos en una edad de mierda, pero en lo que respecta a la televisión, estamos en una nueva edad de oro. Tenemos trabajo maduro, adulto, en las series y la gente casi ve más series que películas, así que la puerta no está totalmente cerrada". Su esposa quiere que dirija series. "Si alguien me presenta una idea interesante, puede que la haga. Yo dirigiría cualquier cosa, pero estoy más preparado para las películas. A mi mujer le gustan las series y las películas de terror. Sería fantástico hacer una. Vi Hereditary, que es casi una buena película, pero al final baja un poco".

"Me gusta tocar a actores que han tocado a directores que amo. Cuando doy la mano a Bruce Dern se la doy también a Alfred Hitchcock y a Elia Kazan"

Payne se muestra igual de comedido hablando de las influencias de sus raíces europeas: "No lo sé. Soy estadounidense, pero de segunda generación, nieto de emigrantes y por tanto con una identidad étnica. Me casé con una mujer griega y tengo un hijo de esa misma procedencia. No quiero sonar pretencioso, pero es un planeta muy pequeño. Es agradable sentirse un ciudadano del mundo, no solo del país en el que naciste".

Un apunte sobre su labor, la de valorar las películas de un festival: "Es absurdo, es ridículo juzgar las artes, sin embargo, hasta los antiguos griegos lo hacían. Sófocles, Eurípides... Sus obras de teatro competían unas contra otras. Al hombre le gusta competir, no sé por qué, no solo en los deportes, sino también en las artes, pero reconozcamos que es ridículo. Y cuando estás en el jurado de un festival de cine vives un proceso subjetivo: lo mejor que puedes hacer es responder emocionalmente".